Estados Unidos ante una nueva revolución industrial

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Por Pascual Albanese.  Los indicadores señalan que, después de la caída originada en la crisis de 2008, la economía norteamericana tiende a recuperar su dinamismo. Con una particularidad: la economía que asoma ahora, después de la crisis, ya no es la misma de antes. Más que de reactivación económica, convendría hablar de transformación. Porque en el medio hubo un “shock de productividad”, de raíz tecnológica, que permitió el despliegue de un nuevo sistema productivo, distinto al anterior y dotado de rasgos originales, que preanuncian grandes cambios en la economía mundial.

En su clásico libro “La Democracia en América”, publicado en 1835, el pensador francés Alexis de Tocqueville,deslumbrado por la pujanza norteamericana, expresó: “no es que los Estados Unidos sean el futuro del mundo. Lo que sucede es que Estados Unidos es el lugar del mundo donde el futuro llega primero”. Esa afirmación adquiere hoy más vigencia que nunca, porque Estados Unidos una nueva revolución industrial que adelanta las tendencias estratégicas globales.

Lo que en los manuales académicos es definido como la “nueva economía”, que es la economía del conocimiento, basada en el desarrollo y la aplicación de las tecnologías de la información, en Estados Unidos no es una parte de la economía, sino simplemente “la” economía. Es el resultado del fenómeno de la “mutua absorción”. La “nueva economía”, esto es la industria de la alta tecnología, dejó de ser un rubro diferenciado dentro del sistema económico para erigirse en la infraestructura de la totalidad de ese sistema.

No es la primera vez en la historia del capitalismo en que una crisis se constituye en el preámbulo de un gran salto adelante, promovido por los cambios tecnológicos surgidos de la necesidad de superar las dificultades existentes. La estampida de los precios del petróleo de 1973, que causó una crisis terminal en el paradigma productivo de la época, obligó a las empresas a multiplicar sus inversiones en investigación y desarrollo, que a su vez generaron los formidables adelantos en las tecnologías de la información, base de la “nueva economía” emergente.

Este nuevo salto tecnológico, acelerado por las repercusiones económicas de la crisis financiera internacional, tiene dos componentes fundamentales, que impulsaron una drástica reducción de costos y, consiguientemente, un incremento en los niveles de productividad. El primero de esos componentes fueron los adelantos cualitativos en el funcionamiento de Internet. El segundo fue la explotación del “shale oil” y el “shale gas”. La convergencia entre ambos factores configura un “círculo virtuoso” que modifica la ecuación de competitividad de la industria estadounidense.

Revolución en internet

El núcleo de Internet está configurado por la confluencia de tres nudos: el de la conectividad, el de los recursos (almacenamiento y procesamiento de datos) y el social (estructuración de la red de cooperación humana). En estos tres nudos estratégicos, la revolución tecnológica, cuyo centro reside en Estados Unidos, trepó un escalón histórico. La conectividad derivó en hiperconectividad. Los recursos son ahora almacenados en una plataforma global (“cloud computing” o computación en la nube), con una potencia de procesamiento infinitamente mayor y casi sin costo. La red social, conformada principalmente por las empresas, también vio enormemente facilitado y potenciado su funcionamiento.

Más de la mitad de la tasa de inversión estadounidense se realiza en capital intangible (innovación tecnológica, científica y organizativa). En la era de crisis, la inversión en capital fijo (tangible) descendió cerca de un 30%, mientras que el gasto en inversión y desarrollo aumentó el 40%. El gobierno norteamericano resolvió incluir al gasto en investigación y desarrollo como parte de la tasa de inversión y ya no más como costo de producción.

Los resultados están a la vista. Está en marcha un proceso signado por el vértigo de la innovación permanente. La caída de la tasa de ganancias estimula la innovación. Porque ese descenso de rentabilidad impulsa la búsqueda obsesiva de un nuevo ciclo de innovación que permita obtener “superganancias” provenientes de un monopolio (siempre y por definición temporario) de esos descubrimientos tecnológicos.

El ciclo de duración de los productos es cada vez más breve. El balance de Apple de 2012 consigna que el 73% de las ganancias de la compañía provienen de productos que ni siquiera existían cinco años atrás.

El capitalismo avanzado, cuya máxima expresión es la economía estadounidense, se convierte cada vez más en un sistema “liviano”, donde la inversión ya no se mide en términos de toneladas, metros cúbicos y maquinaria pesada, para volcarse al dominio de lo nuevo: el conocimiento.

Nuevo paradigma energético

Entre las múltiples aplicaciones prácticas de esta última generación de cambios tecnológicos sobresale, por sus enormes implicancias estratégicas, la revolución del “shale oil” y el “shale gas”, que modifican la ecuación energética global y alteran el escenario geopolítico. Las técnicas de fractura hidráulica para la explotación de los yacimientos eran conocidas hace mucho tiempo. La novedad es que lo que antes era caro ahora está en condiciones de ser explotado comercialmente.

La consecuencia es que el mundo energético se aleja de la escasez y se acerca a la abundancia, con la consiguiente reducción de costos de producción. La Agencia Internacional de Energía (AIE) afirma que la producción mundial de energía crece más velozmente que la demanda. Un 30% de esa “revolución del aprovisionamiento” ocurre en Estados Unidos, que en un plazo de alrededor de diez años alcanzará el autoabastecimiento energético.

Los precios del gas en Estados Unidos ya son alrededor del 60% más bajos que los europeos y un 70% más baratos que los asiáticos. Los costos de producción de la industria manufacturera norteamericana, en particular en las industrias siderúrgica y petroquímica, son actualmente 25% menores a los de sus competidores alemanes, chinos o surcoreanos.

Este fenómeno, unido a los incrementos salariales en China, provocan que el “made in USA”, que casi había desaparecido, haya vuelto a existir. El producto bruto industrial conforma sólo el 11% del producto bruto interno estadounidense. Sin embargo, atrae el 40% de los recursos destinados a la investigación y el desarrollo científico y tecnológico, un porcentaje que se eleva al 72% si se toma en cuenta los originados únicamente en el sector privado.

Esa “reindustrialización” no crea empleo. La industria norteamericana ocupa un 25% menos de trabajadores que antes de la crisis, pero su producto es un 25% mayor. En 1979, la fuerza laboral en la industria estaba constituida por 19 millones de operarios y hoy está en el orden de los 12 millones de trabajadores, entre los que menos de la mitad realizan las clásicas tareas de montaje, mientras que la mayoría de ese personal, en cambio, brinda servicios de alta calificación.

Más allá de su valor intrínseco, conviene estudiar la experiencia norteamericana porque, como profetizó Tocqueville hace casi 180 años, adelanta una tendencia global que, tarde o temprano, se hará sentir en todo el planeta.

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