China: los mandarines del siglo XXI

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Por Pascual Albanese.   Las deliberaciones del Tercer Plenario del Comité Central del Partido Comunista Chino, máximo órgano de conducción de la organización política más importante y poderosa del mundo, signaron un nuevo punto de inflexión en la historia del país más poblado de la tierra, que avanza a tambor batiente hacia la construcción de lo que Beijing denomina una “economía socialista de mercado” y Occidente interpreta como un “capitalismo a la china”.

Los sinólogos, una especialización cada vez valorada en las cancillerías y empresas occidentales, estiman que este cónclave tendrá consecuencias tan vastas como el Tercer Plenario realizado en diciembre de 1978, cuando Deng Xiaoping impulsó el giro copernicano hacia una estrategia de modernización económica y apertura internacional, que desencadenó el proceso de crecimiento más espectacular de la historia de la economía mundial.

Pero en tren de analogías históricas, el paralelismo más sugestivo surge de la comparación con el plenario de noviembre de 1993, hace exactamente veinte años, que resolvió el desmantelamiento de la inmensa estructura de empresas estatales, que desde entonces descendió de diez millones a menos de 300.000. En esa oportunidad, quedaron sentadas las bases para la internacionalización de la economía china, cuyo punto culminante fue la incorporación a la Organización Mundial de Comercio (OMC), formalizada en noviembre de 2001.

El comunicado oficial sobre la finalización del plenario hizo hincapié en un término clave: el papel del mercado en la economía ya no será “básico”, como fue hasta ahora, sino “decisivo”. La sutileza del lenguaje, una característica particular de la cultura oriental, encubre un cambio fundamental. Que el mercado sea “básico” supone que las decisiones de política económica tienen que tomarse teniendo en cuenta sus datos como punto de partida, pero pueden supeditarse a otros objetivos. En cambio, que el mercado sea “decisivo” implica que sus tendencias de fondo prevalecerán por sobre cualquier otra consideración.

El sector privado de la economía china representa ya más del 60% del producto bruto interno y esa participación aumenta constantemente. Pero cualitativamente es mucho más importante, por su fuerte incidencia en las exportaciones industriales. China es actualmente la primera potencia exportadora mundial.

 

Un liderazgo innovador

 

Días antes del plenario del Comité Central, el presidente Xi Jinping , en una reunión celebrada con consejeros extranjeros del Consejo Siglo XXI, organismo de asesoría mundial del gobierno de Beijing, había dicho que “cuando más desarrollada esté China, más abierta será. Resulta imposible que China cierre la puerta que ya ha sido abierta. Nunca se pondrá fin a la apertura”.

En diciembre pasado, en un homenaje a Deng Xiaoping, Xi Jinping sintetizó su visión sobre el gran desafío que afronta la China de hoy: no existe salida si nos detenemos o retrocedemos”. Según el presidente, la disyuntiva es inequívoca: avanzar en las reformas económicas o perecer. La razón es sencilla: en China, la estabilidad del régimen político depende directamente de los resultados de su gestión. Si la tasa de crecimiento económico, resulta inferior al 8% anual pueden dispararse el desempleo y las protestas sociales.

Con una formación cosmopolita y la experiencia de haber vivido en Estados Unidos, pertenece a la llamada “quinta generación”, que creció en la China post-maoísta. En el léxico chino, el nuevo líder es un “principito”: su padre, Xi Zhonghun fue un encumbrado dirigente comunista, perseguido durante la Revolución Cultural y rehabilitado luego por Deng Xiaoping, quien lo puso a cargo de la zona especial de Shebnzhen”, uno de los principales laboratorios de la apertura económica.

No extrañó entonces que entre sus primeras medidas figurara la ratificación del titular del Banco Central, Zhou Xianochuan, pese a superar los 65 años que lo forzaban a jubilarse. Alrededor de Zhou se agrupaban los más entusiastas reformistas, incluso el actual primer ministro, Li Kequiang, quien a diferencia del primer mandatario no cuenta con blasones familiares, pero es considerado el abanderado de las nuevas reformas económicas.

 

Un shock de productividad

 

Paradójicamente, el problema chino reside en el éxito. La desaceleración de la economía exige otra oleada de reformas. China ya no tiene una mano de obra barata ilimitada. Los salarios industriales vienen creciendo fuertemente. Las empresas públicas, poderosas pero ineficientes, sofocan la competencia y concentran los recursos financieros administrados por los bancos públicos, lo que coloca en desventaja a las empresas privadas locales, puesto que las compañías extranjeras tienen fuentes propias de financiación.

Uno de las cuestiones de gran impacto social debatidas en este plenario del Comité Central fue la paulatina salida de la política del hijo único. Esa estrategia demográfica, que resultó útil para combatir el flagelo del hambre en el sector rural y disminuir los índices de desempleo, generó una pirámide poblacional que presenta dos serios problemas. El primero es la reducción progresiva de la mano de obra, que fue la base estructural del “milagro chino”. El segundo es el envejecimiento de la población, con el consiguiente impacto sobre los costos del sistema de salud pública y de seguridad social. Con un clásico criterio gradualista, el plenario decidió permitir hasta dos hijos para las parejas en las que uno de sus miembros sea hijo único.

Pero el problema fundamental es que en el último quinquenio, desde el estallido de la crisis financiera internacional de 2008, los costos salariales han subido en términos reales un 20%, bastante por encima de los aumentos de productividad. Este fenómeno facilitó la fuerte expansión del consumo doméstico, que empezó a convertirse en un factor central de la expansión de la economía, un rol que hasta entonces era monopolizado por las exportaciones industriales.

La exigencia ineludible es aumentar los niveles de productividad por encima del alza de costos. En ese camino, el Tercer Plenario recomendó una gradual liberalización del sistema financiero, la desregulación de los grandes monopolios estatales en los sectores protegidos de la economía y el reconocimiento del derecho de propiedad de la tierra a los campesinos, una audaz innovación , tan revolucionaria como lo fue la colectivización forzosa impuesta en la década del 50 por Mao Tse Tung , que desataría una monumental ola de inversiones en las zonas rurales y facilitaría el surgimiento de un nuevo empresariado en el interior de China. Li Xiguang, un destacado catedrático de la Universidad de Beijing, no oculta las incógnitas que no fueron develadas por este Tercer Plenario: “Esto puede ser un capitalismo a la China o también un socialismo a la China. La apertura económica no significa un cambio político al estilo occidental. Hay contradicciones, claro, pero quizás seamos una excepcionalidad. Como Estados Unidos, que podría ser una excepcionalidad…”.

Más allá de esos enigmas teóricos no dilucidados, la realidad impone sus propias reglas: China está a tres años de convertirse en la primera potencia económica mundial.

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