Hay que fortalecer la universidad

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Por Alieto Guadagni (La Nación).     El siglo XIX fue el siglo de la escuela primaria, el XX el de la secundaria y éste es el siglo de la universidad. En el mundo globalizado, caracterizado por rápidos avances científicos y tecnológicos, no hay posibilidades de progreso económico ni social sin el fortalecimiento del nivel superior del ciclo educativo. Sin esto, será difícil que nuestro país enfrente exitosamente los desafíos de la globalización. Señalemos tres situaciones que enfrentamos en el nivel superior de la educación: mejorar los bajos niveles de graduación, incrementar la graduación en las carreras científicas y tecnológicas y aumentar la incorporación a la universidad de alumnos provenientes de familias humildes dispuestos a estudiar.Comencemos por reconocer que son pocos nuestros graduados en el nivel superior. De cada 100 personas mayores de 25 años hay más de 40 graduados terciaros en Canadá, Japón, Corea, Israel , Finlandia, Reino Unido y Estados Unidos, y más de 25 en los demás países industrializados. Entre nosotros, apenas 14 han concluido estos estudios superiores, una pobre graduación que es menor a la de nueve países latinoamericanos. Señalemos que en la mayoría de los países para ingresar a la universidad hay que aprobar un examen general tras finalizar el secundario.La experiencia universal es que cuando se promueve el estudio en la escuela secundaria, crece la graduación final en el nivel terciario. Observemos que en los países industrializados se gradúan nada menos que 70 de cada 100 ingresantes. La explicación es simple: aumenta la dedicación al estudio en el secundario, para así asegurar el ingreso a la universidad.Nuestra falta de estímulo al estudio para ingresar a la universidad asegura que, por ejemplo, en proporción a la población, tengamos más estudiantes universitarios que Brasil, pero menos graduados. La clave es que nuestras universidades estatales gradúan apenas 27de cada 100 ingresantes, mientras que las brasileñas gradúan 65, o sea, más del doble. Por esta razón, Brasil gradúa anualmente ocho universitarios por cada uno de los nuestros.Si queremos incrementar nuestra escasa graduación, lo cual es imprescindible para asegurar el desarrollo futuro, debemos comenzar a prestar atención al régimen vigente en países como Brasil (Examen Nacional de Enseñanza Media), pero también en Cuba(Proceso de Ingreso a la Educación Superior) y Ecuador (Sistema Nacional de Nivelación y Admisión). Estos exámenes generales al finalizar el secundario son fuertes estímulos para elevar la calidad de la enseñanza en la universidad, ya que los principales beneficiarios son los alumnos que ingresan bien preparados y así aumenta la graduación final.El segundo desafío es incrementar la graduación en las carreras científicas y tecnológicas, ya que de cada 100 de nuestros graduados terciarios apenas 14 corresponden a estas carreras. Corea gradúa 31 (lo cual explica su rápido avance productivo) y naciones industrializadas como Francia y Alemania gradúan 26. Pero también gradúan casi el doble que nosotros El Salvador, México, Colombia y Chile. Estamos graduando anualmente 110.000 universitarios, de los cuales casi 50.000 corresponden a Ciencias Sociales, pero la graduación es mínima en carreras esenciales para nuestro futuro. Por ejemplo, graduamos anualmente apenas 57 ingenieros aeronáuticos, 13 ingenieros en minas y 9 ingenieros nucleares. Todos hablamos de Vaca Muerta, pero apenas graduamos 50 ingenieros en petróleo. Tenemos que desarrollar nuestro potencial hidroeléctrico en la Cuenca del Plata y en las áreas andinas para reducir el consumo de energías fósiles contaminantes; además debemos construir obras imprescindibles para protegernos de las inundaciones, pero apenas graduamos 13 ingenieros hidráulicos. Chile gradúa 207 ingenieros cada 100 abogados, nosotros 65. No olvidar que las inversiones en el nuevo mundo globalizado se orientan por la disponibilidad de recursos humanos altamente calificados, factor hoy más relevante que la existencia de recursos naturales, que sí fue predominante en el pasado.

El tercer desafío es aumentar la presencia en la universidad de alumnos provenientes de niveles económicos bajos, ya que la mera gratuidad para todos ha mostrado su ineficacia para aumentar la graduación de alumnos capaces de origen humilde. La gratuidad de la enseñanza pública es altamente progresiva en el nivel primario y secundario, pero no en el universitario, por la simple razón de que son muchos los pobres que no concluyen la escuela secundaria. Además, a ellos no les alcanza con la mera gratuidad, ya que sus familias necesitan que trabajen para sobrevivir. Por eso es necesario no sólo facilitar la incorporación a la universidad de más estudiantes de origen humilde, sino también asegurar que puedan cursar regularmente sus estudios, especialmente en las carreras científicas y tecnológicas. Pero para esto no basta con la gratuidad, redundante para los niveles socioeconómicos altos, pero insuficiente para los pobres.

Necesitamos un nuevo programa de becas que supere los programas actuales, bien orientados pero escasos. El Fondo de Solidaridad Universitaria (FSU) vigente en el Uruguay es un buen ejemplo. Fue implantado hace 20 años con una histórica decisión de política de Estado con amplio apoyo parlamentario. En la actualidad casi el 20% de los graduados de la universidad de la república son becarios de origen humilde, que perciben el equivalente a 250 dólares mensuales; para recibir esta beca hay que avanzar regularmente en los estudios. Los graduados universitarios, que gozaron de la gratuidad estatal durante sus estudios, contribuyen a este FSU a partir del quinto año de su graduación y por 25 años; este año la contribución anual es de 120 dólares.

Este triple desafío que hemos descripto podría ser enfrentado con un mecanismo de financiamiento similar al FSU, con una meta de 100.000 becas a estudiantes de origen humilde que hayan aprobado un examen general al finalizar el ciclo secundario, como el que existe en Brasil, Ecuador o Cuba. Este examen a la finalización del secundario tendría un impacto positivo al aumentar la dedicación al estudio de nuestros adolescentes, al mismo tiempo permitiría identificar a aquellos estudiantes que merecen ser becados para ser universitarios a tiempo completo.Además, si estas becas se concentran en las carreras científicas y tecnológicas, se podría triplicar nuestro nivel de graduación en estas disciplinas.

Es hora de que los partidos políticos definan una nueva estrategia universitaria que apunte a elevar la calidad de la enseñanza y también a una universidad con más inclusión social..

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