Los desafíos de Francisco

francisco castro

Por Pascual Albanese.    El Papa Francisco está en el centro de los acontecimientos mundiales. Tras recibir a Raúl Castro y sellar el reconocimiento por el Vaticano del Estado de Palestina, prepara su viaje a EEUU, con escala en Cuba. En este periplo, se convertirá en el primer Papa en exponer en el Capitolio y bendecirá el acercamiento entre Washington y La Habana, en el que ambas partes reconocen su decisiva participación. Después, Francisco se prepara para encarar el mayor desafío estratégico que afronta la Iglesia Católica: China.

Junto al avance hacia la economía de mercado, esta civilización milenaria protagoniza otro fenómeno inédito: la vigorosa expansión de las más variadas confesiones religiosas en la gigantesca población de un país oficialmente ateo. China tiene la mayor tasa de conversiones a cualquiera de los credos religiosos, desde el Cristianismo hasta el Islam. Las estimaciones más cautelosas señalan que en China existen más de 400 millones de creyentes de distintas religiones. Un artículo de la revista Zheng Ming, editada en idioma chino en Hong Kong, consigna que al menos veinte de los ochenta millones de afiliados al Partido Comunista Chino adhiere a alguna confesión religiosa. La causa de esta mutación es la combinación entre la liberalización del régimen y la crisis espiritual en que el estallido del comunismo sumió a centenares de millones de chinos, que están en la búsqueda de un sistema de creencias capaz de orientar el sentido de sus vidas.

El Gobierno chino admite la existencia de cinco religiones: el budismo, el taoísmo, el islamismo, el catolicismo y el protestantismo. Los teóricos del Partido Comunista diferencian entre las denominadas “iglesias nacionales” (budismo y taoísmo), más toleradas, y las “iglesias extranjeras” (islamismo, catolicismo y protestantismo). La relación entre Beijing y el Islam tropieza con el hecho de que la fe musulmana tiene su asiento en la región septentrional de Xinjiang (limítrofe con Afganistán), cuyo afán autonomista preocupa a las autoridades chinas. A esto hay que unir la prevención de Beijing frente a la aparición de cualquier brote de terrorismo islámico.

Entre las “iglesias extranjeras”, las comunidades protestantes gozan de mayor libertad. La Academia de Ciencias Sociales de Beijing estudia la relación entre la religión protestante y el mundo anglosajón, especialmente en EE UU. Un equipo de investigadores examina la célebre tesis de Max Weber, el sociólogo estadounidense autor de “La ética protestante en el origen del capitalismo”. En contraposición, la expansión del catolicismo choca contra el recelo con que Beijing observa la subordinación de la jerarquía eclesiástica a la autoridad del Vaticano. El régimen comunista no reconoce al Papa el poder para designar obispos en su territorio. La Iglesia Patriótica China, creada en 1957 como una “iglesia nacional” de origen católico pero independiente de la Santa Sede, goza del apoyo de las autoridades.

Pero la cooperación entre las diplomacias de la Santa Sede y China posibilita, a veces, consensuar el nombramiento de prelados que son aceptados por ambas partes. Esto explica que el 80% de los obispos designados por la Iglesia Patriótica fueran homologados por la Santa Sede. Mientras, el número de obispos clandestinos (consagrados por Roma sin aprobación de las autoridades comunistas) es incierto.

 

Pasado y futuro

La primera presencia de la Iglesia Católica en China se remonta a fines del siglo XVI, cuando la Compañía de Jesús promovió una misión evangelizadora que tuvo como protagonista principal a Mateo Ricci, un sacerdote italiano que vivió en China desde 1582 hasta su muerte en 1610. Al cumplirse 400 años de su desaparición, la televisión estatal china señaló que “Ricci fue la primera personalidad extranjera en ganarse la confianza del pueblo chino e inspirar su curiosidad sobre el mundo occidental”. Estudioso de Confucio, Ricci impulsó un peculiar sincretismo cultural entre la fe católica y las ancestrales tradicionales chinas. Las resistencias que el carácter heterodoxo de esa prédica despertó en Roma, originó la llamada “querella de los ritos”. La curia vaticana desautorizó a lo que consideraba una apertura excesiva de los misioneros jesuitas y frustró la ambiciosa iniciativa.

El inspirador de Ricci fue San Francisco Javier, uno de los lugartenientes de San Ignacio de Loyola, que murió cuando se preparaba para ingresar en China. El Papa confesó que cuando escogió el nombre de Francisco había pensado en el santo de Asís pero también en el sacerdote jesuita. Un Papa no europeo y jesuita, que sostiene que la Iglesia tiene que salir hacia “las periferias”, encuentra en esa experiencia un ejemplo a retomar. El obispo de Shangai, Jin Luxian, que también es jesuita, decidió impulsar la canonización de un colaborador de Ricci que es reconocido como el primer católico chino. Es probable que para Francisco un santo chino sea una manera de impulsar una apertura en la relación con Beijing. En rigor de verdad, Francisco no pisó todavía suelo chino pero ya surcó su cielo. Las autoridades de Beijing concedieron la autorización para que el avión que lo trasladaba a Corea del Sur transitara el espacio aéreo chino, un permiso que no había sido otorgado en 1989 a Juan Pablo II.

En el diálogo sostenido con los periodistas en ese vuelo que lo devolvía a Roma, Francisco señaló: “¿Que si quiero ir a China? ¬Pero claro, mañana mismo!”. Relató que se había mudado a la cabina de los pilotos cuando requerían la autorización para entrar en el espacio aéreo chino. Agregó: “recé por ese hermoso pueblo chino: un pueblo sabio”. Y acotó: “también nosotros, los jesuitas, tenemos nuestra historia allí, con Mateo Ricci”.

El Secretario de Estado vaticano, monseñor Pietro Parolin, quien como nuncio apostólico en Hanoi cumplió un rol trascendente en el acercamiento entre la Santa Sede y Vietnam, puede aportar experiencia a este nuevo escenario. Roma y Hanoi establecieron un sistema de concertación para el nombramiento de obispos. Algunos sospechan que ese “modelo vietnamita” podría abrir una rendija para destrabar el diferendo con Beijing.

 

 

 

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