La Gran Dilma

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Por Gonzalo Neidal.    Siempre nos preguntamos acerca de cómo ha sido posible que Argentina y Brasil hayan tenido destinos tan dispares, en muchos aspectos de sus respectivas economías.
Ahora tenemos a la vista una circunstancia que puede echar algo de luz al respecto.
Las economías de Argentina y Brasil (y de toda la región) vivieron un auge inusitado a partir de 2002 gracias a la suba de los precios internacionales de sus productos exportables primarios. Con pico hacia 2008, luego todos los productos comenzaron a caer. Algunos por razones circunstanciales (alimentos) y otros por motivos más permanentes (petróleo). Estas circunstancias afectaron negativamente a todos los países de la región, que antes se habían beneficiado por el alza. Las exportaciones comenzaron a caer, volvieron las dificultades a las cuentas públicas, el dólar comenzó a retrasarse con motivo del fuerte ingreso de divisas en el período previo, la actividad interna entró en un terreno de dificultades.
Los problemas se presentaron en forma parecida en todos los países de la zona pero no todos reaccionaron del mismo modo. En el caso de la Argentina, el gobierno quedó sacudido cuando fue derrotado en el debate parlamentario por la Resolución 125. Eran los comienzos del primer período de Cristina Kirchner. Luego, al año siguiente, sobrevino la derrota electoral en la que Francisco De Narváez les ganó a Néstor, a Scioli y a Massa juntos. Fue entonces que comenzó a desbocarse el gasto público y, en consecuencia, la inflación. El gobierno comenzó a gastar a manos llenas para conservar su caudal electoral. Y lo logró: Cristina fue reelegida por amplio margen de votos.
El segundo período se inauguró con la promesa de una “sintonía fina”, lo que fue entendido como una promesa de enderezar las variables que se habían desbocado en razón del aumento del gasto público, principalmente en subsidios. Incluso el gobierno intentó emprolijar algunos aspectos de su relación con el mercado mundial: pagó al Club de París una antigua deuda, cumplió con los fallos adversos en el CIADI e intentó arreglar el saldo pendiente con los holdouts. Todo ello hubiera permitido regresar al mercado de capitales y lograr los fondos necesarios para llegas al final del segundo período presidencial sin mayores sobresaltos y, sobre todo, sin hacer ninguno de los ajustes que se volvieron inevitables. Pero eso no fue posible y el gobierno nacional prefirió tensar la cuerda a fuerza de mayor gasto, emisión monetaria, aumento de los impuestos, inflación, recesión. Existe terror a la palabra “ajuste”. Se pretende que una política económica “nacional y popular” supone el permanente incentivo “keynesiano” al mercado interno mediante mayor gasto y que esto puede ser sostenido a lo largo del tiempo, sin consecuencias.

El espejo de Brasi

Brasil se encontró con un problema similar al argentino, al menos en los grandes trazos. Pero lo enfrentó de un modo distinto. Hace un año, en la campaña electoral, Aecio Neves y Dilma Rousseff dieron un gran debate acerca de lo que debía hacerse en materia económica.
Neves advertía sobre los problemas y proponía ajustar algunas variables. Dilma se negaba y decía que la economía no requería ningún ajuste. Ganó Dilma, por pocos votos. Pero inmediatamente que accedió al poder, Dilma nombró como ministro de economía a Joaquim Levy, de pensamiento liberal, muy distante de lo que podía esperarse de un gobierno del Partido de los Trabajadores. Es que Dilma decidió enfrentar el problema. Recién comenzaba su segundo mandato y no podía avanzar si no rectificaba claramente el rumbo emprendido.
Por eso Dilma ganó proponiendo un camino de continuidad y, apenas asumió, tomó uno distinto, impregnado de rectificaciones. Dijo que haría una cosa e hizo otra. Propuso un programa pero, cuando asumió, tomó prestado el de su adversario electoral, Aecio Neves.
Probablemente, Dilma entendió que no tenía otro camino o bien, que la opción que tenía, llevaba directamente hacia un destino venezolano. Este respeto por las leyes económicas más elementales es lo que acaba de expresar Lula en un reportaje muy comentado concedido a un diario oficialista en su reciente paso por la Argentina.
Mientras Cristina se empeña en continuar por el camino que nos llevaría hacia una situación como la de Venezuela, Dilma decidió enfrentar la ominosa situación de un ajuste que supone reducción del gasto público, devaluación y sacudón recesivo inicial, padecimientos diversos.
Mientras en Brasil el gobierno sacrifica su posición personal y encara medidas odiosas que le ocasionan la animadversión de una amplia franja de sus propios partidarios, en la Argentina, Cristina se empeña en complicar la economía dejándole una situación inmanejable a quien la suceda.
Probablemente el cálculo sea el asignar la exclusiva responsabilidad de los cimbronazos que se avecinan al cambio de rumbo que necesariamente sobrevendrá tras el cambio de gobierno.
Porque lo único que está claro es que quien asuma en diciembre próximo, deberá hacer La Gran Dilma: cambiar el rumbo aunque previamente haya dicho que no lo hará.

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