La Premio Nobel que no escribe

el-fin-del-homo-sovieticusPor Daniel V. González.  

 Svetlana Aleksiévich es un caso curioso: ha ganado el Premio Nobel de Literatura con apenas unas pocas líneas escritas, por así decirlo. Todo el trabajo duro de sus obras maravillosas lo hacen los personajes, que son seres reales a quienes ella elige, escucha, graba y transcribe.

¿Qué es lo que hace Svetlana? ¿Literatura? ¿Periodismo? ¿Simples reportajes? ¿Acaso tiene importancia? En este sentido, sus textos son inclasificables. Pero intensos. Demoledores. Llenos de matices, de vivencias, de datos, de descripciones minuciosas. Plenos de historias. Y de Historia. Con personajes que aparecen de improviso y cuentan, cada uno, su pequeña parte de la Historia total de la Unión Soviética, o de alguna de las naciones que la componían. Pero esa capítulo insignificante nos revela el ADN del cuerpo entero.
Svetlana es una gran oreja que captura todo y luego lo transcribe haciéndonos creer que todo es casual, exento de edición, una pura yuxtaposición de relatos personales. Pero a medida que uno avanza sobre las 640 páginas de El fin del ‘Homo sovieticus’, va comprendiendo que el modo en el que la escritora nacida en la Ucrania soviética aborda el relato, que aparece circunstancial, anecdótico e incluso azaroso, deviene a la postre en una construcción formidable que nos embebe de los años críticos de las transformaciones soviéticas a partir de Gorbachov. Una sucesión de fotos que terminan armando una película sobre el desplome final y la llegada de nuevos valores y reglas, rechazados por unos, amados por otros.
Las viejas historias de gulags y crímenes desgarradores, de vodka y padecimientos, se cruzan con nuevas esperanzas y recientes decepciones. La libertad llega para asombrar y desconcertar. Los hombres y mujeres cuyas vidas habían transcurrido íntegramente en el sistema soviético -esa inmensa prisión que les brindaba seguridades y carencias, disciplina y sometimiento- se encuentran en un nuevo escenario para el que no estaban preparados.
“Hoy he comprado tres diarios y cada uno cuenta su verdad. ¿Dónde está la verdadera verdad? Antes uno leía el Pravda de buena mañana y ya lo tenía todo claro”, dice un ruso, irritado por la vigencia de la libertad de prensa.
El patriotismo soviético aparece a lo largo de todo el libro. El orgullo por “los logros de la revolución” aún a costa de la miseria individual es una constante en los relatos.
Tras la perestroika y la glasnot, los cambios fueron arrasadores. Para bien y para mal, según la óptica de los testimonios que desfilan en el libro. “Los campos de trabajo de Stalin en Solovki y Magadán se han convertido en destinos turísticos. El anuncio de la empresa que organiza los viajes promete que a cada turista se le proporcionará un uniforme de preso y un pico para garantizarle así una experiencia llena de sensaciones genuinas”, nos cuenta.
Cada familia está atravesada por alguna historia dramática, que incluye exilios, prisión, torturas, asesinatos, trabajos forzados, hambre, borracheras trágicas. Pero aun así, no escasea la añoranza por los viejos tiempos, sobre todo lejos de las grandes ciudades, en la estepa profunda y gélida, donde el tiempo se resiste a transcurrir.
El lector interesado en estos cambios que, al decir de Hobsbawn, acortaron el Siglo XX, encontrará en este libro maravilloso y duro cientos de imágenes reveladoras para armar en su cabeza un panorama colorido y crudo del espíritu ruso, de sus pasiones y también de sus decepciones. Sea crítico o partidario del socialismo, hallará argumentos en una y otra dirección, que ratifiquen sus puntos de vista.
En un reciente reportaje, Svetlana Aleksiévich es interrogada acerca de en qué ha cambiado el alma eslava desde 1917. Y responde: “¡En nada! Permanece inmutable. Su gusto por la servidumbre, la jerarquía, el enemigo externo… A la abolición de la esclavitud la denominaron la desgracia. Es más cómoda una verdad (pravda), un jefe, un camino. Conozco ex militares comunistas ateos ¡que hoy son curas! Necesitaban volver a tener fe, una doctrina. Es el Homo sovieticus, el socialismo doméstico se respira en las vidas corrientes”.
En definitiva, un libro casi sin texto de su autora y, a la vez, un diverso desparramo de historias individuales que nos permiten avanzar en el armado de uno de los rompecabezas más seductores e intrincados que nos ha presentado la historia del Siglo XX.

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