Alemania enfrenta un nuevo populismo. Entrevista con Paul Nolte*

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--Un Partido populista de derecha ha irrumpido en Alemania. El panorama político está cambiando de una manera que no se veía desde la fundación de los Verdes en la década de 1980. ¿Qué está pasando?

–Es acertada la referencia a los Verdes. Lo que estamos experimentando ahora es un desarrollo que comenzó hace tres décadas y media, y no sólo en Alemania, sino en toda Europa. El sistema de partidos está erosionando y está siendo reinventado, pero con menos estabilidad. Hasta hace poco Alemania ocupaba una posición media relativamente estable en este proceso. Pero esa situación ya pasó.

–¿Donde comenzaron estos cambios?

–En los Países Bajos e Italia los sistemas de partidos clásicos de la posguerra se derrumbaron hace mucho tiempo. Por el contrario, en Gran Bretaña y España los sistemas biparidarios fueron más estables que en Alemania. Pero todo eso se fue diluyendo en los últimos años.

–La ​​velocidad y la fuerza de estos recientes cambios son especialmente sorprendentes.

–Sí. Especialmente en contraste con los desarrollos anteriores. En Alemania, los Verdes necesitaron décadas para llegar al centro político. Comenzaron como un partido de protesta de izquierdas, con mucha agitación; pero con trabajo duro y con muchos pasos pequeños fueron capaces de entrar en el parlamento, las comisiones, y la coalición de gobierno. El avance de la Alternativa populista de derecha para Alemania (AFD), que pasó de cero a 15% o más de reprente el verano pasado, se vive, comparativamente, como un golpe de Estado.

 

–¿Hay paralelos en la historia alemana?

–En lo que se refiere a la vertiginosidad del,  proceso a la irrupción dramática, uno tiene que mirar en el pasado mucho más atrás de la década de 1980, a la República de Weimar (década de 1920 y principios de 1930). Independientemente del contenido del programa de un partido, para la mirada de un historiador es  preocupante cuando una nueva formación partidaria alcanza de inmediato un 24%, algo que el AfD hizo en Sachsen-Anhalt, en marzo. Eso indica un malestar cuasi-revolucionario.

–Algunos políticos nos advierten contra la nueva derecha hablando de “condiciones de Weimar.” ¿No es exagerada la comparación con la era pre-Hitler?

–No en lo que se refiere a la dinámica del ataque por sorpresa. Alguien, de hecho, recordó la velocidad con la que el partido Nacional Socialista ganó terreno político en la República de Weimar. Primero tenía 18%, y de repente el 30%, y pronto en gobernante se tornó prácticamente imposible gobernar sinél. Seamos honestos: Hoy en día nadie sabe dónde está el límite de AfD. En Austria, el candidato del FPÖ populista de derecha obtuvo la mitad de los votos. No hace mucho tiempo, ¿quién habría pensado que esto fuera posible?

–¿Hay otras similitudes además de estos cambios?

–Ciertamente, las estructurales. Estamos viendo que las democracias en toda Europa que se vuelven inestables, como a mediados de la década de 1920. Pero la gran diferencia es que esta inestabilidad no ha conducido, sin embargo, a un colapso definitivo, ni siquiera en países como Hungría o Polonia, sino más bien a un vaciamiento del sistema desde el interior. Pero al igual que en la “gran crisis de la democracia”, que es como yo describo a Europa en los años veinte, la auto-evidencia de la democracia está en peligro y se vuelve una incógnita.

–En lo que respecta a su programa, ¿es fascista AfD?

–No. El partido es multifacético, cambiante, e internamente contradictorio, pero yo no lo llamaría fascista. No obstante, sí incluye a políticos que sueñan con una revolución “folkish”. Por otra parte,  los nacionalsocialistas también eran contradictorios y multifacéticos en sus comienzos. A pesar de todas las diferencias, hay una similitud en tanto que, en cierto sentido, encarnan un extremismo de centro que no encaja bien en el esquema clásico de izquierda y derecha.

–¿Cuál es la fuente del enorme dinamismo político al que estamos asistiendo?

–Proviene de la disolución ya mencionada de los sistemas de partidos de la posguerra, que en la mayoría de los casos se remontan a mucho antes de la guerra; en Alemania, por ejemplo, a la era imperial de la década de 1870. No sólo los partidos toman forma a continuación, también lo hicieron los ambientes que representaban. En otras palabras, la sociedad y la estructura política. En aquel entonces, el que era un socialdemócrata o un católico –es decir, un votante del Partido del Centro- lo era de la cuna a la tumba, y sus hijos seguirían el mismo camino. Esos medios sociales se han disuelto casi en su totalidad, y es por eso que tales lealtades políticas ya no existen. Este es el resultado de la individualización de la sociedad que ha dado lugar a una individualización de las convicciones políticas.

–En la década de 1920, el mundo cayó en una grave crisis económica. ¿Es la crisis de la globalización una razón por la cual las democracias occidentales están hoy bajo presión, debido a que Occidente está perdiendo su posición económica excepcional?

–Tal vez. Pero, en rigor, no es cierto en absoluto que la globalización esté volviéndose en contra de Occidente, es decir, en contra de sus inventores. La reacción tiene más un carácter cultural. Se podría decir que lo que llamamos globalización -el comercio libre pero también la migración en todo el mundo- ha penetrado finalmente en la cabeza y la experiencia diaria del público en general. Muchas personas están confundidas por esta extraña mezcla de nuevas dependencias y nuevas libertades que acompañan la globalización y el neoliberalismo. Y por primera vez, las personas parecen estarse preguntando: ¿realmente quiero esto? ¿Es bueno para mí? Esto también apunta a un paralelo cultural con la crisis de la década de 1920. Muchas personas tienen dificultades para llegar a un acuerdo con la modernidad. Se trata de una verdadera crisis de entender el mundo.

–¿Hay personas inseguras principalmente debido a las preocupaciones económicas? ¿O es un descontento cultural?

–Como historiador creo que uno tiene que considerar ambas dimensiones, socio-económicas y socio-culturales. Por un lado, se puede decir que hoy en día muchas personas ya no reconocen el capitalismo moderno, que está lejos del capitalismo industrial de los Thyssen y los Rockefeller. Por otro lado, muchos no entienden el matrimonio del mismo sexo en la misma forma que, antes, las mujeres con pelo corto o pantalón podrían causar un alboroto. En las últimas dos décadas, la liberalización social ha dado pasos muy grandes. Ahora estamos viendo una amplia resistencia contra esta nueva corriente.

–Alemania se encuentra en una situación económica envidiable. ¿Explica esto por qué la protesta política alemana ha tomado la forma especial de una contrarrevolución cultural a partir de la derecha?

–Ciertamente la protesta alemana es diferente de lo que uno encuentra en Grecia, que se enfrenta a la amenaza de la quiebra del estado, y por lo tanto los griegos votan por una izquierda socialista. En comparación Alemania es, evidentemente, un ganador relativo en la globalización. Si bien la brecha entre ricos y pobres sin duda ha crecido, el sector medio no la pasa mal, de modo  que el populismo económico y el alarmismo que uno oye ahora todas partes -”Ayuda, estamos perdiendo terreno!” – no tiene ninguna base en absoluto desde una consideración objetiva. La teoría de que son los perdedores económicos los que están votando por la populistas de derecha en Alemania, Suiza o los Estados Unidos es, en el mejor de los casos, sólo parcialmente cierta. Las  pérdidas a quese alude a menudo no son verdaderas pérdidas, sino, más bien,  pérdidas emocionales o miedo a la pérdida. Es digno de mención que la protesta de la derecha es más fuerte en el campo y encuentra resistencia en los centros urbanos. El mapa electoral austríaco muestra esta división muy clara: el campo votó fuertemente por el FPÖ, mientras que las ciudades eran pequeñas islas de los Verdes. Sociohistóricamente esta oposición es también familiar a partir de los años veinte y treinta, pero pensábamos que se había convertido en gran parte obsoleta. En aquel entonces había una enorme abismo entre las metrópolis modernas como Berlín, con sus libertades sociales, y las provincias todavía rezagadas. Era como una brecha entre siglos. Desde entonces, las diferencias se han reducido enormemente debido, sobre todo en Alemania, a que las zonas rurales se han convertido en ampliamente urbanizada. No obstante, la contradicción entre metrópolis y provincia, evidentemente, ha vuelto a la escena política. En particular, en el este de Alemania, el resentemiento de la población provincial que se siente abandonada es definitivamente fuerte. Se expresa brutalmente contra los valores multi-étnicos, multi-sexuales de la metrópolis, en contra del conjunto “rojo-verde de la izquierda que envenenó Alemania desde 1968,” como declaró recientemente uno de los líderes de la AfD. Y esos sentimientos encuentran un hogar político en populismo de derecha.

–Un politólogo austriaco explica el creciente descontento en el campo señalando que la emigración (la despoblación del campo)] genera respuestas notoriamente peores que la inmigración (que afecta principalmente a las ciudades).

–En cualquier caso, las dos décadas de emigración desde el este de Alemania han llevado a una situación en la que la región está habitada sobre todo por hombres que no se han adaptado completamente a la nueva república.

–Volvamos al tema de la AfD. ¿Qué tipo de partido es en realidad?

–La AfD es un partido curioso y contradictorio, una especie de camaleón que puede cambiar sus colores dependiendo del contexto. Este es un resultado de la ruta tortuosa que ha ido recorriendo. Fue fundado por un grupo de académicos opositores del euro, incrustado en un medio muy burgues. Sin embargo, su atractivo se extendió mucho más allá de la cuestión del euro para aterrizar en un resentimiento general contra la política y el Estado, sorprendentemente generalizado entre los académicos. Esta corriente, a la que le gustaría volver a definir el conservadurismo burgués porque supuestamente ha perdido influencia, sigue resonando dentro del partido.

–¿ Es cierto que Angela Merkel ha llevado a los democristianos tan al centro que ha surgido un vacío a la derecha?

–Esto es menos evidente de lo que muchos creen. Merkel no se limitó a moverse hacia el centro o hacia la izquierda; ella fue acompañando el cambio social. Ella entendió que sus votantes simplemente no eran tan conservadores como sus predecesores. Al mismo tiempo, está claro que hay votantes que ven la necesidad de un nuevo partido nacional conservador de derecha. Una fuerza así tendría un potencial electoral del 5-7%, similar a los liberales.

–Pero en la crisis de refugiados, el partido AfD ha aprovechado un reservorio electoral nuevo y mucho más grande.

–Sí. Después de sus transformaciones año pasado y la salida de su fundador, Bernd Lucke, también se ha convertido en el partido de la revuelta de la clase media baja frustrada y de la clase trabajadora. Se ha convertido en el hogar de aquellos que desprecian el sistema y sus élites, que quieren mantener fuera a los extranjeros y envolverse en el manto del nacionalismo étnico. En esta alianza de la burguesía y el proletariado, la AFD de hoy combina una protesta por las élites y una rebelión contra las élites al mismo tiempo.

– La crisis de los refugiados, ¿fue un “regalo del cielo” para la AfD, como dicen algunos de sus políticos?

–Sin ella el partido no sería lo que hoy es ni estaría donde está hoy. La cuestión funcionó como un acelerador de incendio o un catalizador. Muchos votantes AFD se sienten incómodos en contextos con extranjeros y en medios que ya no son culturalmente homogéneos. Este malestar que no pocas veces se convierte explícitamente en racista es una motivación central para el partido. Es el sentimiento de un orden perturbado, combinado con un gesto de resistencia y voluntad de restablecer ese pasado perdido.

– Muchos de los votantes de AFD creen que Alemania está desmantelándose. La llegada repentina el año pasado de un millón de refugiados ha ampliado dramáticamente sus miedos.

–Efectivamente. Hay muchas fantasías de catástrofe. Por una parte, son fantasías; por otra, sin embargo, son también una expresión de una grave crisis de confianza. Uno querría decirle a la gente: “El mundo es mucho más estable de lo que piensa! La tenacidad de lo que se aferran a él, en cualquier caso es estructuralmente mucho más fuerte que lo que venga desde el exterior. Y si hay tradiciones que se ven amenazadas, por ejemplo, las del Occidente cristiano, probablemente la amenaza viene desde el interior, debido a que la tradición ya no se experimenta como algo vital, y no desde fuera”. Pero el argumento ayuda muy poco debido a que estas personas, envueltas en la burbuja de la teoría conspirativa, no están abiertas a escuchar argumentos.

–¿Existe realmente la  ruptura cultural de la que se queja la nueva derecha?

–Sí. Pero es más un resultado de tendencias internas de modernización occidentales que de un conflicto de culturas o religiones. No es casualidad que el Islam se experimente como una amenaza particularmente en las sociedades secularizadas como la nuestra. Y los miembros de PEGIDA (la sigla de“Patriotic Europeans Against the Islamization of the West”, patriotas europeos contra la islamización de occidente), que supuestamente luchan por la herencia cristiana, a menudo no saben lo que significa Pascua o Pentecostés. Pero se proyecta esta ruptura cultural desde el interior hacia el exterior. En este sentido, los fanáticos de Occidente son notablemente similares a los fundamentalistas musulmanes que ven el mundo de la misma manera, aunque a la inversa: amenazados por el dinamismo y la libertad de las sociedades occidentales.

–También digno de mención es que el anti-feminismo es un elemento fuerte de la unificación de esta nueva derecha, así como con Donald Trump. ¿Cómo explicas esto?

–Es básicamente la respuesta a la segunda fase del desafío feminista. La primera fase consistió en las demandas por la igualdad de derechos, a partir de 1968, poco a poco, pero sin duda, hasta  convertirse en la corriente principal. Podemos ver los aspectos de este aumento de la emancipación, especialmente en los logros educativos de las mujeres. Sin embargo, al mismo tiempo, muchas promesas no se han cumplido en el sistema económico, por ejemplo, en términos de igualdad de retribución o representación en los niveles más altos de gestión. Eso significa que las mujeres todavía están luchando por la igualdad. Sin embargo, al mismo tiempo, un poderoso contramovimiento ha desarrollado. Muchos hombres no se reconcilian con la emancipación de las mujeres. Ellos mismos tienen miedo de perder terreno. Por esa razón, ahora están atacando el feminismo y tratan de revertir sus logros. En cualquier caso, estoy sorprendido por el alcance de la misoginia en estos nuevos partidos populistas de derecha.

– La justicia social fue el segundo factor más importante para los votantes de AFD en las elecciones regionales alemanas en marzo, justo después de la inmigración. ¿Cómo puede ser que estos votantes busquen una mayor justicia en la nueva derecha antes que con el Partido de Izquierda o con los socialdemócratas?

–Las reformas que en su momento impulsó el Canciller Gerhard Schröder traumatizaron a la socialdemocracia y perjudicaron su credibilidad. El consenso de la élite sigue siendo que las reformas fueron definitivamente exitosas y necesarias, lo que contribuyó a la posición económica más importante de Alemania en Europa. Pero hay muchos votantes que creen que han perdido la seguridad social debido a las reformas. El Partido de la Izquierda se hizo cargo de la apelación de la justicia social. Sin embargo, a los ojos de muchos que han pasado a la derecha, el Partido de la Izquierda también, a su manera, se ha convertido en parte del sistema y demasiado orientado a las élites, de modo  que no pueden confiar en él.

–Es común hablar de la crisis de la socialdemocracia en Europa, pero de hecho, a los democristianos no les está yendo mucho mejor. ¿No la ha dado la crisis en todo el centro de la política?

–La política contemporánea implican cada vez más la oposición entre los defensores del sistema y los escépticos que desprecian el sistema. El primer grupo se reúne en el centro, el otro, en los márgenes. Este es el nuevo eje que define todo. Para los defensores del sistema, de hecho es secundario si proceden de un socialdemócrata, Demócrata Cristiano, o un verde. La carrera de los Verdes es particularmente espectacular en este punto: hay que destacar que son precisamente políticos de la clase media vagamente de izquierda, como Winfried Kretschmann en Baden-Württemberg o Alexander Van der Bellen en Austria, los que conducen el campo de defensores del sistema liberal contra los anti-liberales, del sistema autoritario.

 

*Paul Nolte es historiador de la Universidad Libre de Berlín. La entrevista con Dominique Eigenmann del Tages-Anzeiger de Suiza tuvo lugar a mediados de junio de 2016. Copyright: Tages-Anzeiger, Switzerland.

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