El progreso tecnológico y el (miedo al) fin del trabajo

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Por Cristina Noble y Jorge Raventos*.  Como advertía el físico danés Niels Bohr, “hacer predicciones es muy difícil, sobre todo si trata del futuro”.  Sobre todo si se trata de la tecnología.

Cuando Bohr obtuvo su Premio Nobel -1922- el mundo estaba aún extendiendo los efectos de la  segunda revolución industrial, menos de 100 años después vivimos una situación de aceleración, acumulación y recombinación tecnológica constante que nos sorprende y nos conmueve.

En la década de 1980 recién irrumpían las computadoras personales, no había teléfonos celulares, no existía internet. Hoy hay vehículos autónomos, impresoras 3D, nanotecnología, robots.

Como en los albores de la revolución industrial -pero a un ritmo más sobrecogedor- las innovaciones son observadas con  expectativas y esperanzas pero también con miedo: se observa a las máquinas como potenciales (y actuales) competidoras en el terreno del trabajo.

En su libro recién editado en Buenos Aires, La Segunda era de las máquinas, Erik Brykjolfsson y Andrew McAfee, observan las dos caras de ese temor: “Nunca ha habido un peor momento para ser un trabajador con sólo conocimientos y capacidades ‘comunes’ para ofrecer, porque las computadoras, los robots y otras tecnologías digitales están adquiriendo esos conocimientos y habilidades a un ritmo extraordinario”, pero “nunca ha habido un mejor momento para ser un trabajador con habilidades especiales o la educación correcta, porque esas personas pueden usar la tecnología para crear y captar valor”. McAfee afirma, por ejemplo, que para los ingenieros el futuro es brillante.

¿Un mundo sin empleo?

Predicciones. Hace más de tres décadas –en 1984- André Gorz, un intelectual franco-belga que supo ser secretario de redacción de Les Temps Modernes, la revista fundada y dirigida por Jean Paul Sartre, publicaba un libro de título sugestivo: Adieux au proletariat (Adiós al proletariado). Allí presagiaba –o, más bien, constataba- que aquella clase social que el marxismo y la izquierda elevaron al papel de redentor de la comunidad humana, se extinguía. Gorz  no hacía más que describir una tendencia que muy pronto empezó a hacerse evidente en el mundo desarrollado y, con el tiempo, en  el planeta entero.

A principios de la misma década del ’80, los estadounidenses Alvin y y Heidi Toffler habían vaticinado los rasgos más marcados de esa transformación.  Afirmaban que después de las dos olas productivas atravesadas por la humanidad (la agrícola, que duró 9.000 años y transformó a nómades cazadores y pescadores en sedentarios agricultores y ganaderos; y la industrial, que se inició en Europa tres siglos atrás), el mundo estaba ingresando en una tercera etapa, en la que lo característico sería la tecnología, más que la industria, el trabajo intelectual antes que el músculo. Probablemente ni el mismo Toffler supuso que esa tercera ola avanzaría sobre el planeta con tanta velocidad.

Ese paso acelerado de la tecnología ha dado lugar a miradas que ponen el acento en los grandes incrementos de productividad y en la satisfacción de necesidades humanas y también a vaticinios que observan la posibilidad  creciente de  un desplazamiento y desvalorización del trabajo humano.

Ya en la década de 1930 John Maynard Keynes había entrevisto la  amenaza de una “nueva enfermedad”, que  denominó “desempleo tecnológico”, que podría ser ocasionada por  “nuestro descubrimiento  de formas de economizar trabajo humano a un ritmo que supere nuestra capacidad de encontrar nuevos usos de ese trabajo humano”.

Esa preocupación de Keynes -mencionada lateralmente- evocaba, si se quiere, los miedos de los llamados ludditas, aquellos trabajadores activistas que en el siglo XIX destruían los telares mecánico afirmando que les robaban empleos.

Hasta las últimas décadas del siglo XX la mayoría de los economistas se inclinaba por la mirada optimista: si el avance tecnológico volvía obsoletos algunos empleos, generaba demanda de otros que a su vez generarían nuevas oportunidades de trabajo. No habría pérdida de empleos, sino, más bien,  “destrucción creativa”: desplazamiento de la actividad y la ocupación hacia sectores más productivos.

Cuando en  1995 el académico e investigador estadounidense Jeremy Rifkin publicó su obra El fin del trabajo su diagnóstico sobre el tema sonaba  más dramático. Para él, la nueva etapa en la que la humanidad estaba ingresando traía consigo  “una permanente e inevitable decadencia de lo que hasta ahora entendíamos por trabajo”.  Para Rifkin las computadoras, la robótica, las comunicaciones, las redes y otras formas de la alta tecnología (que aún no existían pero podían predecirse) reemplazarían masivamente el trabajo humano en la mayoría de los sectores de la economía.  .

Hoy se presentan muchas evidencias de que las tecnologías digitales suponen una amenaza para el empleo. Los robots y la automatización avanzada están instalados en muchos tipos de fabricación desde hace décadas. En Estados Unidos y China, ha caído el número de ocupados en la industria  (China anuncia una gran reestructuración de su siderurgia que desempleará a 400.000  personas). Las plantas automotrices se transformaron con la llegada de la robótica industrial en la década de 1980 y hoy hay máquinas que sueldan y pintan chasis de forma autónoma, reemplazando trabajo humano. En fin: el coche sin conductor que desarrolla Google es una metáfora del cambio en marcha.

Sin embargo, el paisaje no es monocromático. La prestigiosa consultora Forrester indica en su informe  Forrester 2025: Trabajando junto a los robots  que “en realidad, la automatización hará que surjan y que crezcan nuevas categorías de empleo. El mayor efecto va a ser la transformación del trabajo. Las empresas han de ir negociando ya una nueva relación entre humanos y robots, en la que los dos trabajen juntos, en vez de convertirse en meros sustitutos del otro”.

J.P. Gownder, en analista principal de Forrester culpa a los medios por “enfocarse en la forma en que la tecnología destruye empleos en lugar de centrarse en cómo los genera, ya que las cifras de empleos perdidos llaman más la atención en los titulares”.

Brave new world

No son solo medios. Muchos investigadores detectan una tendencia de largo plazo que parece confirmar los vaticinios de Rifkin: hay niveles de empleo cada vez más bajos. Esta tendencia se incrementa con el avance tecnológico de los países.  Estados Unidos ha visto caer la proporción de adultos en la fuerza de trabajo a los números más bajos desde 1978. Carl Benedikt Frey y  Michael A. Osborne, dos economistas de la universidad de Oxford han señalado, a partir de sus investigaciones, que  hay empleos en riesgo de ser suplantados por sustitutos tecnológicos en el 47 por ciento de las categorías ocupacionales, desde la de contador hasta el trabajo jurídico, la escritura técnica y muchísimas otras actividades de clase media.

Este proceso tiene consecuencias sociales y políticas. “La amenaza para los Estados Unidos es la persistente caída en el standard de vida de la clase media, un problema que está transformando el orden social que se mantuvo en vigor desde la Segunda Guerra Mundial y que, si continúa, representa una amenaza para el poder estadounidense”, señala  George Friedman, un respetado analista, hasta hace poco director del prestigioso centro de informaciones Stratfor (Strategic Forecast).

Friedman señala que, por la vía de los avances tecnológicos “la reestructuración de las empresas ineficientes creó un valor sustancial, pero ese valor no fluyó a los ahora desplazados trabajadores. Algo podía derramarse en beneficio de los trabajadores que quedaban en sus puestos, pero la mayor parte fue para los ingenieros que reestructuraron las empresas y para los inversores que ellos representaban (…) actualmente los beneficios empresariales como porcentaje del producto interno bruto están en su nivel más alto, mientras que los salarios como porcentaje del PIB se encuentran ahora en su nivel más bajo (…) La clase media se dividió en un segmento que ingresó en la clase media-alta, y otro que se hundió en la clase media-baja”.

En términos de ingresos,  “la mediana del ingreso familiar de los estadounidenses a principios de esta década, en 2011, fue de  49.103 dólares.  Ajustado por inflación, ese ingreso es inferior a lo que era en 1989 y es de $ 4,000 menos de lo que era en el año 2000. El ingreso que llega a casa es un poco menos de  40.000 dólares después de pagar el  Seguro Social y los impuestos del estaduales y federales. Esto significa un ingreso mensual por hogar de alrededor de 3.300 dólares. Es indispensable  tener en cuenta que la mitad de los hogares estadounidenses ganan menos que esto”.

Productividad y bienestar

La tensión o competencia entre el trabajo humano y la tecnología no es una novedad. Carlos Marx consideraba que esa tensión era el motor que impulsaba el desarrollo de las fuerzas productivas. El éxito de las organizaciones sindicales en sus conquistas laborales y sociales encarecía el costo del trabajo humano e impulsaba a las empresas a invertir en mejoras tecnológicas para reemplazarlo. Cada ola de ascenso tecnológico mejoraba la  productividad y deprimía los salarios por un período, situación que derivaba en una nueva conveniencia de ocupar mano de obra, habitualmente con mayor exigencia de calificación.

Aunque la automatización destruya algunos de los puestos de trabajo que conocemos en la actualidad, se crearán otros para los trabajadores del futuro. Existe un número sorprendentemente elevado de oportunidades de orden superior que surgen de la automatización. Habrá que desarrollar y también reparar robots .  Las organizaciones de auditoría tendrán que contratar y capacitar a nuevos tipos de analistas para hacer frente a la complejidad de la contabilidad y el análisis de riesgos de las organizaciones que trabajan con robots. Y en otros casos, se podrían contratar más enfermeras para realizar labores con pacientes, liberadas de trabajos que consumen mucho tiempo asociado con el manejo de medicamentos, tarea que puede ser realizada por robots.

Pero  el economista de Harvard Larence Katz sostiene que, “a largo plazo no existe una tendencia a eliminar el trabajo de la gente”.

Los avances en la tecnología han sido habitualmente acompañados por cambios en la naturaleza del trabajo y destruyen algunos tipos de trabajo. En 1900, el 41 por ciento de los estadounidenses trabajaban en el sector agrícola; para el año 2000 esa cifra era de solo el 2 por ciento. Igualmente, la proporción de estadounidenses empleados en la producción industrial ha caído del 30 por ciento en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, a alrededor del 10 por ciento en la actualidad, en parte debido a una mayor automatización.

Al mismo tiempo, los empleos en servicios pasaron de representar el 50 por ciento de los puestos de trabajo a cubrir el 70 por ciento.

Los cambios tecnológicos y el futuro del empleo

Para cuando termine e esta década, más de un tercio (35%)  de las habilidades que actualmente se consideran importantes en la fuerza laboral habrán cambiado.

En 2020 una nueva revolución industrial nos habrá traído la robótica avanzada y el transporte autónomo, la inteligencia artificial y aprendizaje automático, los materiales avanzados, la biotecnología y la genómica.

Estos acontecimientos van a transformar la forma en que vivimos, y la forma en que trabajamos. Algunos puestos de trabajo desaparecerán, otros crecerán y puestos de trabajo que ni siquiera existen hoy en día se convertirán en algo común. Lo que es seguro es que la fuerza de trabajo del futuro tendrá que alinear su conjunto de habilidades para mantener el ritmo. Y que  los más  formados y más flexibles tendrán las mayores oportunidades.

La creatividad se convertirá en uno de los tres mayores habilidades que los trabajadores van a necesitar. Con la avalancha de nuevos productos, nuevas tecnologías y nuevas formas de trabajo, los trabajadores van a tener que ser más creativos con el fin de beneficiarse de estos cambios.

Una encuesta realizada por Consejo de la Agenda Global del Foro Económico Mundial sobre el Futuro de Software y  la Sociedad muestra que la gente espera que  máquinas de inteligencia artificial lleguen a formar parte de la junta directiva de una empresa hacia el año 2026.

Algunos avances tecnológicos están por delante de los demás. Internet móvil y la tecnología de  la nube ya están influyendo en la forma en que trabajamos. La inteligencia artificial, la impresión 3D y los materiales avanzados se encuentran todavía en sus primeras etapas de uso, pero el ritmo de cambio será rápido.

 La clara apuesta en un futuro cada vez más automatizado se llama trabajo creativo: aquel que requiere el uso de habilidades cognitivas para producir bienes o servicios que no pueden ser anticipadas plenamente. Una porción potencialmente  muy alta de ocupaciones actuales y venideras puede resguardarse de los riesgos de la automatización participando activamente del progreso tecnológico en todos los sectores de la economía.   

La industrialización destruyó empleo artesanal, pero no  sofocó la necesidad de  emplear trabajo humano.

El escepticismo sobre la marcha paralela (aunque despareja)  de avance técnico y trabajo humano  surge con la aceleración del desarrollo de las tecnologías de la información y sus derivaciones.

Si bien el avance no ocurre de modo homogéneo en todas las ramas ni en todas las especialidades, el reemplazo de trabajo humano se hace sentir particularmente en tareas de carácter rutinario o repetitivo. En cambio es más difícil  en tareas que no suponen pasos estereotipados.

Sin embargo,  en su búsqueda de eficiencia, las empresas procuran seleccionar los procedimientos más eficaces para el desarrollo de esas tareas, de modo de  normatizarlas y generalizarlas, lo que constituye el prólogo de su posible traducción a automatismos tecnológicos. Es posible suponer que, con procedimientos más avanzados de procesamiento de información, las tareas más complicadas podrán subdividirse en pasos pequeños y simples, en una suerte de taylorismo tecnológico que reproduzca la cinta de montaje  de la primera industrialización.

Lo que parece evidente es que las claves del trabajo en la era tecnológica residen en la educación permanente y la preparación para las capacidades más sofisticadas, como la resolución de problemas complejos y la creatividad: las máquinas deben ser conducidas, programadas…e inventadas. Y eso es tarea de humanos.

La carrera entre trabajo humano y tecnología se renueva y se acelera permanentemente. Más allá de  visiones optimistas o pesimistas, lo que resulta evidente es que  el trabajo humano –hoy y mañana-  sólo sobrevivirá adaptándose activamente a sus propios frutos, a  los desarrollos de su propio conocimiento, de su propia creatividad.
* Nota publicada en la edición de octubre de 2016 en la revista AGITBA (de la Asoción de Graduados del Instituto Tecnológico de Buenos Aires).

 

 

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