Por qué Trump es ilegítimo

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Robert D. Kaplan (The Public Interest).   El nacionalismo, la globalización, el conservadorismo, el liberalismo y el neoconservadorismo son todas filosofías legítimas sobre las cuales la gente decente pueden discrepar respetuosamente, incluso porque la política pública inteligente reside a menudo en un compromiso entre todas o algunas de esas posiciones. Pero antes de que un político pueda adoptar en el escenario público cualquiera de esas filosofías, en cualquier forma que sea, él mismo debe ser legítimo. Esa legitimidad implica ser educado, bien hablado, respetuoso con los demás, una persona de un mínimo buen gusto, y por supuesto, alguien que constituya un modelo a seguir, especialmente para los jóvenes. Si  alguien falla en todos esos criterios, como ocurre sin duda con Donald Trump, no tiene derecho a ser considerado legítimo. Esto es cierto incluso si algunas de sus posiciones políticas expresan preocupaciones legítimas de gran parte del electorado.

Una cosa es decir que el mensaje general de Trump encuentra resonancia en el país profundo y, por lo tanto, debe ser abordado de alguna forma. Pero muy otra es decir que por ese motivo el propio Trump  es un candidato serio a quien la gente seria debería apoyar. Si irrefrenable sentido de la dominación, su mezcla de agresión y  narcisismo hacen que cualquier republicano se avergüence de apoyarlo.

Esto se debe a que en nuestro sistema el presidente no sólo es el jefe de gobierno, sino el jefe del Estado. Nosotros no tenemos un primer ministro y un monarca o gobernador general simbólicamente ubicados por encima de él. Nuestro sistema combina en la presidencia todas las funciones. Y, por lo tanto, la función principal de un presidente, pareja a su papel de jefe ejecutivo, es mantener un sentido del honor y la dignidad en todas sus observaciones y, en general,  en su conducta. Hay presidentes que fracasaron en esto. La historia de la presidencia de Estados Unidos contiene muchos ejemplos emponzoñados de  conducta maliciosa y hasta raros ejemplos de delincuencia manifiesta. Pero incluso esos presidentes a menudo sentían vergüenza después, y su comportamiento público general en sus funciones seguía siendo más o menos decente. Trump, en cambio, sea cuando degrada a las mujeres, a los inmigrantes, a las esposas de los candidatos, o a la foja  militar de John McCain o cuando se refiere al tamaño de una parte del cuerpo, constituye un espectáculo sin par de  vulgaridad e incoherencia.

En el último año he recorrido todo el país de una costa a la otra, y escuché las preocupaciones de la gente. Es cierto: Trump da voz, a su manera brutal,  a un buen número de norteamericanos. La gente no quiere más costosas intervenciones militares, no quiere que sus puestos de trabajo se vayan al extranjero, quiere una red de seguridad social en lugar de un sistema económico darwiniano, y también está harta de la llamada corrección política de las élites. Más de un candidato razonable puede hablar de esas preocupaciones. Pero Trump no es un candidato razonable.  Por esa razón es preciso separar con claridad la simpatía por todos o algunos de esos puntos de vista de la simpatía por Trump.

Sin ser un snob, creo que son necesarias normas mínimas de comportamiento: para cualquiera; mucho más para un presidente. Trump no cumple con esas normas.  No está cerca, siquiera. Es por eso que como conservador moderado no voy a tener otra opción que votar por Hillary Clinton.  Creo (y tengo la esperanza) que hay millones de conservadores moderados como yo.

La salud moral de una nación no es sólo una cuestión de legalidad ni se expresa sólo en su nivel de compasión por los demás. Reside también  en su propio estilo público. Y cada vez más, en esta nuestra era mediática, la Casa Blanca es la que da el tono en relación con el estado de ese estilo público. La democracia estadounidense sobrevivió y prosperó en la era de la imprenta y la máquina de escribir.  La candidatura de Donald Trump demuestra que tal vez no le vaya tan bien en esta era de la posmodernidad digital. La declinación a menudo se asocia con la decadencia. Decadencia es lo que define la personalidad de Donald Trump

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