El nacionalismo de Trump

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Por Gonzalo Neidal.   Tradicionalmente, las políticas de protección a sus industrias ha sido una característica de los países débiles. Si bien existen desde tiempos inmemoriales, en los últimos doscientos años han sido las políticas con las quelos países que sentían que se encontraban retrasados en su industrialización impulsaban desarrollar la industria propia. Nos referimos, principalmente, a la restricción del acceso de productos extranjeros a sus mercados y otras medidas convergentes.
Esto fue lo que hizo, por ejemplo, Estados Unidos después de la Guerra de Secesión. Antes había sido Alemania quien había instrumentado políticas similares, inspiradas en el economista y agitador industrial Federico List, quien hacia 1824 había publicado su libro Sistema Nacional de Economía Política en respuesta a la política de libre comercio impulsada por Inglaterra a partir de Adam Smith y su Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones.
En sus primeros pasos, muchos países han adoptado políticas proteccionistas para defender su propio mercado de la invasión de productos industriales provenientes de países con un mayor desarrollo de la industria. Claro que el proteccionismo no se ha limitado sólo a los productos industriales. Los países desarrollados de Europa protegen a sus productores agropecuarios a fuerza de subsidios para evitar la competencia de países que son mucho más eficientes en la producción de granos y alimentos.
Donald Trump-y la mitad de los norteamericanos- entienden que sería muy beneficioso para los Estados Unidos incentivar a las empresas estadounidenses para que no realicen inversiones en el exterior sino que las hagan en su propio país, favoreciendo así la generación de puestos de trabajo en territorio estadounidense. La razón de las inversiones fronteras afuera obedece, claro está, a la sustancial diferencia de los costos laborales entre uno y otro lugar, además de ventajas impositivas y, a veces, de distancia a los mercados consumidores. Estos ahorros suponen mayor competitividad, lo que favorece su acceso al mercado mundial con mejores precios.
De tal modo, la supuesta ventaja de generación de empleos a la que apunta el nacionalismo, se vería compensada con la probable pérdida de mercados como consecuencia de los mayores costos de producción. Ello sin contar, por supuesto, las represalias comerciales que otros países pueden tomar como consecuencia delas políticas que impulsa el presidente Trump.
Tradicionalmente se ha pensado que el proteccionismo beneficia a los países débiles y favorece a los más poderosos. Pero Trump no está obrando conforme a esta creencia generalizada.
En los hechos, Trump está reconociendo la debilidad de los Estados Unidos para competir con otras potencias en ascenso. Se da la paradoja que es China la que aparece ahora promoviendo la libertad comercial con argumentos que en tiempos no tan lejanos utilizaba Estados Unidos.
Este nacionalismo de Trump es el que le granjea simpatías entre algunos sectores del peronismo local que sienten afinidad con este concepto “nacionalista” de defensa de la producción nacional.
Si hay algo que todos estos años han demostrado es que la protección y el aislamiento puede generar beneficios en el corto plazo pero en pocos años esa presunta ventaja se vuelve en contra del país que las impulsa. La reserva del mercado local deriva en falta de competencia, adormecimiento de la iniciativa, falta de estímulo a la creatividad y, en definitiva, pérdida de la competitividad y retroceso.
El proteccionismo es para los débiles. Pero, además, es un espejismo que no soluciona en el largo plazo los problemas que se propone enfrentar sino que termina agravándolos.

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