EEUU y China, en la era de la “paz fría”

U.S. President Trump and China's President Xi  shake hands during walk at the Mar-a-Lago estate after a bilateral meeting in Palm Beach

Por Pascual Albanese.    En el acuerdo de Yalta, celebrado en 1945, las potencias occidentales, lideradas por Estados Unidos y la Unión Soviética, establecieron las áreas de influencia de los vencedores de la segunda guerra mundial. Fijaron así las reglas de juego de la “guerra fría” entre ambas superpotencias, que determinaron la política internacional hasta la disolución de la URSS en 1991.

El colapso de la URSS dio comienzo a un “momento unipolar” de la historia, signado por la hegemonía estadounidense, que se mantuvo hasta la crisis financiera internacional de 2008, cuando se hizo notar el ascenso de China como la superpotencia emergente.

La entrevista entre el presidente estadounidense Donald Trump y su colega chino Xi Jinping protocoliza un “segundo Yalta”. Washington y Beijing fijaron nuevas reglas de juego para que la competencia entre ambos países no derive en un conflicto de mayor envergadura. Descartada la alternativa bélica, el mundo inicia una era que bien podría bautizarse como la “paz fría”.

Durante la guerra fría, la garantía del mantenimiento de la paz mundial fue paradójicamente la existencia de la bomba atómica. El principio de la “destrucción mutua asegurada” hizo que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética acotaran sus espacios de enfrentamiento militar a terceros países, en Asia, África o América Latina. Ese principio de destrucción mutua asegurada guía también la conducta de Washington y Beijing.

La diferencia estriba en que esta vez ese peligro de destrucción es de raíz económica: los lazos de interdependencia forjados por la globalización hacen que la peor catástrofe que podría experimentar Estados Unidos sería el estancamiento de la economía china y, a la inversa, la peor pesadilla para China sería una recesión en la economía estadounidense.

El equipo de Trump estima que el problema más grave de la economía estadounidense es su déficit comercial, concentrado básicamente en tres países: China (347.000 millones de dólares anuales), Alemania (64.900 millones de dólares) y México (63.200 millones de dólares).

En su análisis originario, la disminución de este déficit exigía reducir las importaciones chinas, obligar a Alemania a aumentar su contribución al presupuesto de la OTAN y renegociar con México los acuerdos del Nafta. Esas premisas, agitadas por Trump durante la campaña electoral, generaron la sensación de que la administración norteamericana podía inclinarse por una “guerra comercial” contra China, cuyas imprevisibles consecuencias aumentarían los niveles de incertidumbre sobre la evolución de la economía mundial.

A pesar del hermetismo de ambas partes, si algo quedó en claro de las conversaciones entre Trump y Xi Jinping, en la residencia veraniega del mandatario norteamericano en Palm Beach, es que esa alternativa de guerra comercial está descartada.

La interdependencia en acción

Washington tiene que rendirse ante la evidencia de que la presencia de las corporaciones transnacionales estadounidenses en China, cuyas filiales exportan una parte importante de los productos que engordan ese déficit en el intercambio bilateral, no son a pura pérdida.

Los dividendos que extraen esas firmas de sus operaciones en China, muy superiores a sus ganancias en otros países, benefician a decenas de millones de ciudadanos norteamericanos que, sea directamente o a través de los fondos de pensión, son accionistas de esas compañías.

El formidable aumento del consumo de la población china acentúa ese fenómeno.

China avanza a transformarse en el principal mercado de consumo de cualquier producto o servicio. General Motors vende más automóviles y tiene más ganancias en China que en cualquier otro lugar del mundo. Boeing estima que en los próximos años China comprará 6.000 nuevos aviones, por valor de un billón de dólares, convirtiéndose en el mayor mercado para esa compañía. Starbucks está abriendo nuevos locales en China, a un ritmo de uno por día.

Al mismo tiempo, las importaciones provenientes de China son un insumo indispensable para las cadenas productivas de numerosas industrias estadounidenses. Si las firmas norteamericanas repatriaran sus filiales chinas, los costos de producción de sus plantas industriales en Estados Unidos crecerían sideralmente. Tampoco serían fáciles de reemplazar productos que llenan las tiendas estadounidenses, desde juguetes hasta textiles. Un estudio del banco de inversión Goldman Sachs calcula que el precio de la ropa aumentaría un 46%.

A esto hay que sumar el continuo incremento de las inversiones chinas en la economía norteamericana, con un impacto positivo en el nivel de empleo. Desde 2016, China superó a Estados Unidos como primer exportador mundial de capitales.

En 2015 las inversiones chinas en Estados Unidos fueron de 16.000 millones de dólares, pero en 2016 saltaron a 46.000 millones de dólares, contra 13.000 millones de dólares invertidos ese año en China por las compañías estadounidenses. Empresas chinas adquirieron productoras de Hollywood, autopartistas, fábricas de electrodomésticos y firmas de semiconductores.

Las compañías chinas más innovadoras incursionan en el mercado norteamericano. Tencent, una de las compañías tecnológicas más importantes el país asiático, anunció una inversión de 1.800 millones de dólares para comprar el 5% de las acciones de Tesla, fabricante de autos eléctricos. La china BGI, la mayor firma de secuenciación de genoma en el mundo, se instaló en Seattle, cerca de la Fundación Gates, que es su principal cliente. Lenovo, el mayor fabricante mundial de computadoras personales, está en Carolina del Norte.

Alibaba, segunda plataforma mundial de comercio electrónico después de Amazon, instaló una filial en Silicon Valley.

Su dueño, Jack Ma, el hombre más rico de China, estuvo con Trump antes que Xi Jinping y se comprometió a desarrollar un software gratuito para permitir que las pequeñas y medianas empresas estadounidenses, que el mandatario norteamericano necesita promover, puedan penetrar en el mercado chino.

Tal vez allí resida la clave de lo acordado entre ambos presidentes. Para evitar los perjuicios de la reducción de las importaciones chinas en Estados Unidos, Xi Jinping ofrece a Trump una mayor apertura de la economía asiática para avanzar hacia un equilibrio en la balanza comercial a través de un drástico incremento de las exportaciones estadounidenses a China. En vez de menos globalización, más globalización. Con esta segunda Yalta, sellada en Palm Beach, la “paz fría” ha comenzado.

 

 

 

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