La guerra civil islámica

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Por Pascual Albanese.   Los atentados perpetrados por militantes de ISIS en Teherán, la capital política del Islam chiita, contra la sede del Parlamento y el mausoleo del ayatollah Khomeini representan un nuevo punto de inflexión en la escalada bélica del terrorismo transnacional. Sus implicancias amenazan redibujar el cambiante y laberíntico sistema de alianzas regionales, donde los intereses de los estados se superponen con los conflictos religiosos hasta convertirse en un galimatías que extravía la estrategia de las potencias extra regionales, empezando por Estados Unidos.

La única analogía histórica a la que se puede recurrir para aproximarse a este enigma son las guerras de religión que sacudieron a Europa a partir de la Reforma Protestante y que culminaron con el Tratado de Westfalia en 1648, que fue el origen del derecho internacional contemporáneo, fundado en el principio de soberanía de los estados nacionales.

Pero este principio no está enraizado en la cultura islámica, cuyas dos ramas fundamentales (sunitas y chiítas) pugnan entre sí por la hegemonía y tampoco abandonan su pretensión de expandir su dominio sobre el mundo de los infieles. Ese mandato inspiró la ocupación árabe de España y, a la inversa, las cruzadas cristianas para la reconquista de Jerusalén.

La primera cuestión estratégica irresuelta en Occidentes es si el régimen chiita de Irán, que promueve la guerrilla de Hezbollah en El Líbano y es responsabilizado por los atentados en Buenos Aires contra la embajada de Israel y la AMIA, constituye o no un componente estructural del terrorismo islámico. Hay quienes sostienen que ese apoyo a grupos terroristas tiene un carácter táctico, dentro de un plan estratégico cuyo eje reside en la adquisición de capacidad nuclear, un objetivo que sí quita el sueño en Washington y sobre todo en Tel Aviv.

Los chiitas libran desde hace siglos una querella con la mayoría sunita del mundo musulmán, cuyo origen se remonta a la disputa por la sucesión de Mahoma. Ese enfrentamiento trasciende los conflictos políticos de cada época, pero es un factor determinante en cada uno de ellos, otorgándole a veces una impronta incomprensible para los analistas internacionales.

Desde la irrupción de Al Qaeda a fines de la década del 90, seguida por la aparición pública de ISIS en 2014, la evidencia muestra la interrelación entre esas organizaciones y una poderosa corriente fundamentalista del Islam sunita, fuertemente arraigada en el mundo árabe, con epicentro en Arabia Saudita, cuyo territorio alberga a La Meca y su monarca tiene el título de “Guardián de los Sagrados Lugares”, pero también influye en países asiáticos como Pakistán y Afganistán.

El trabajo de los servicios de inteligencia occidentales reveló el desvío de fondos de la amplia red internacional de organizaciones caritativas islámicas, que se financian con el aporte de los fieles y de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, hacia los grupos terroristas, así como la prédica favorable al uso de la violencia desarrollada por clérigos musulmanes en centenares de mezquitas y escuelas religiosas. En ningún caso se puede hablar de patrocinio directo de actividades terroristas, pero es incontrastable que las redes “yihadistas” se mueven en esos ámbitos como pez en el agua.

­Paren a Irán!

En tren de comparaciones que pueden resultar odiosas, corresponde recordar que, antes de convertirse en Benedicto XVI, el cardenal Joseph Ratzinger había tenido la audacia autocrítica de comparar la relación entre el fundamentalismo musulmán y el terrorismo islámico con los vínculos establecidos a fines de la década del 60 entre ciertas corrientes de la Teología de la Liberación, que encontraban en el mensaje evangélico una justificación religiosa para la acción armada contra la injusticia social, con algunos grupos guerrilleros latinoamericanos. La diferencia reside en que, durante el pontificado de Juan Pablo II, la propia Iglesia Católica se ocupó de poner las cosas en su lugar.

Pero el Islam sunita tiene una estructura básicamente horizontal. Carece de una autoridad unificada capaz de dictaminar sobre la interpretación del Corán. Su organización se parece más a las confesiones evangélicas que a la Iglesia Católica. La última expresión de un liderazgo centralizado fue el Califato, una institución abolida en Turquía tras el eclipse del Imperio Otomano. No casualmente la plataforma política de Bin Laden tuvo como consigna la restauración del Califato, un objetivo que ISIS pretende corporizar en una realidad territorial.

Por el contrario, los chiítas tienen una estructura piramidal y, desde la Revolución Islámica de 1979 en Irán, cuentan con una organización estatal que actúa oficialmente como su instrumento político y asume la defensa de sus correligionarios en cualquier parte del mundo. En un sentido estricto, Irán es el primer “estado islámico”. La autoridad temporal está supeditada a la autoridad religiosa, en un sistema de equilibrios que evoca la relación entre el Papado y las monarquías europeas durante la Edad Media.

En términos políticos, la vinculación entre Irán y las comunidades chiítas distribuidas en el mundo, que conforman la mayoría en la población de Irak y son muy importantes en El Líbano, se asemeja a la que existió entre la Unión Soviética y los partidos comunistas. Esta simbiosis entre creencia religiosa y poder estatal hace que, más allá de la disputa teológica con sus rivales sunitas, surja otro punto de conflicto. Israel, la mayoría de los gobiernos árabes y Estados Unidos estiman que los chiítas son una quinta columna de la expansión territorial de Irán en Medio Oriente.

La presencia de Irán en Siria, asociada a Rusia para sostener al régimen de Bashar Al Assad (perteneciente a la secta alawita, aliada a los chiítas en su secular conflicto con la mayoría sunita de la población), acompañada por el afianzamiento en Irak de un gobierno chiíta cercano a Teherán y el fortalecimiento de las milicias chíitas de Hezbollah en El Líbano confluyen en un escenario que enciende simultáneamente las luces de alarma en los tableros de Washington, Tel Aviv y las monarquías árabes.

La percepción de que Irán puede transformarse en una potencia regional inspiró la visita de Donald Trump a Arabia Saudita y la decisión de cinco países árabes, encabezados por Ryad, de imponer sanciones a Quatar, un emirato petrolero cuyo extremo pragmatismo político lo llevaba a buscar un apaciguamiento con Teherán.

En medio de esa intrincada madeja geopolítica, pletórica de juegos cruzados, reapareció el peso de la historia, reflejado dramáticamente en los atentados perpetrados por los sunitas de ISIS en la capital política del mundo chiíta. Más allá de cualquier interpretación conspirativa, la guerra civil islámica inauguró un nuevo capítulo, cuyo desenlace nadie está en condiciones de aventurar.

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