Macronismo: el fin de los partidos

> at Elysee Palace on May 14, 2017 in Paris, France.

Por Manuel Castells (La Vanguardia).    Pareciera que Macron hubiese obtenido, con un partido improvisado en unas semanas, una aplastante victoria en la primera vuelta de las elecciones legislativas francesas, posicionándose para ganar dos tercios de los escaños en un Parlamento que será el más sumiso de Europa. Pero, en realidad, lo único que ha aplastado son los partidos tradicionales franceses, Los Republicanos del centroderecha y los socialistas del centroizquierda. Otro país más en donde el sistema político tradicional, carcomido por la corrupción y la estafa programática, se hunde ante la desconfianza generalizada de los ciudadanos que buscan algo distinto. Pero sin gran entusiasmo. Porque el dato más importante es un nivel de abstención histórico: el 51,2%. De modo que la aplastante victoria se basa en el voto favorable del 15,7% de los electores. Un sistema electoral hecho no para representar sino para gobernar sin controles traduce una ínfima minoría de la sociedad en mayoría absoluta parlamentaria. Si el reparto de escaños hubiese seguido una fórmula directamente proporcional al voto, la proyección para el macronismo sería de 186 escaños en lugar de los más de 400 previsibles, mientras que las izquierdas alcanzarían 164 y el Frente Nacional, 85. Macron estaría en minoría en el Parlamento.

Pero ¿qué más da?, dicen cínicos y politólogos, lo que cuenta son los escaños según el sistema establecido. Ese pragmatismo ciego separa la política de la sociedad. Porque al sesgar decisivamente la voluntad popular (o el rechazo a aceptar cualquier opción) parece difícil abordar reformas como las que pretende Macron sin el apoyo de un 84% de los ciudadanos (el 24% de votantes con el que ganó las presidenciales se traduce en un 16% de los electores). Seguir sin rectificar el proceso de integración europea, tras unas elecciones presidenciales en las que el 49,7% ha votado por partidos que cuestionan la Unión Europea, profundiza en la línea autodestructiva del europeísmo de élites que huye hacia adelante confiando en su capacidad ins-
titucional de acallar el descontento popular. No hubo Frexit porque Le Pen es demasiado fascista para cualquier sociedad democrática y la Francia Insumisa aún demasiado inmadura. Farage no ganó el Brexit, fueron los conservadores euroescépticos. Pero la nueva izquierda francesa ya hizo su sorpasso a los restos del PS y el ex primer ministro Manuel Valls está empatado en su circunscripción de Évry con el representante de la izquierda. Una y otra vez en la última década, en parte porque la crisis económica acentuó la crisis de legitimidad política, los partidos tradicionales retroceden espectacularmente o se hunden. Con dos excepciones: una, el laborismo de Corbyn, que resurge a partir del regreso a sus raíces históricas; la otra, la democracia cristiana de Merkel, cuya erosión se ralentiza por el apoyo suicida de los socialdemócratas. Veremos en septiembre.

Macron es casi el arquetipo de lo que las élites financieras y tecnocráticas están buscando en Europa como respuesta a la crisis política. Un líder joven, brillante, formado a la vez en la tecnocracia del Estado (Escuela Nacional de Administración) y en la finanza global (Rothschild), con energía y ambición, honesto, con una historia romántica en su vida personal, y que no tiene reparos en arremeter contra el Partido Socialista que le inició en la política y contra los gastados políticos de derechas que hasta ahora gestionaban los intereses de la gran finanza. Y claramente antipartidos políticos, aunque tuviera que crear uno propio para entrar en las reglas del juego. Pero se cuidó de darle como nombre sus propias iniciales, EM, En Marcha, que es lo primero que se les ocurrió a sus publicistas. Claro que tras las presidenciales le añadió la apostilla de La República, para quitarle a la derecha (Los Republicanos) hasta el nombre.

En cuanto a los socialistas no le hizo falta enterrarlos porque el primer ministro, Valls, ya los había declarado difuntos, haciéndose eco de lo que el presidente Hollande había insinuado un año antes en su famoso libro de autodestrucción política. A partir de ahí, todo fue fácil: escoger a profesionales apolíticos, vírgenes de corrupción, al tiempo que abrió las puertas a todo tránsfuga de los partidos tradicionales que fuera aprovechable, liquidando el poco capital humano que aún les pudiera quedar. ¿Para hacer qué? Neoliberalismo económico y autoritarismo político. Prioridad a la reforma laboral, o sea la precarización del empleo y la congelación de salarios, la cantinela de los medios empresariales para asegurar el crecimiento económico, sin que la evidencia empírica lo demuestre, más bien lo contrario, por contracción de la demanda y pérdida de productividad de trabajadores ocasionales. Y endurecimiento de las medidas autoritarias de mantenimiento del orden so pretexto de la lucha contra el terrorismo. Macron está convencido de que el miedo al terrorismo es el caldo de cultivo del FN. Y que para la mayoría de la población restringir la inmigración, vigilar a la minoría musulmana (cinco millones y medio) y dejar manos libres a la policía son medidas insoslayables que legitimarán a un líder protector del orden. Y, sobre estas bases, quiere relanzar la integración de Europa, superando las reticencias del nacionalismo francés, mediante una alianza estrecha con Merkel. Ambiciosos proyectos para tan escasa base social.

Francia siempre se ha caracterizado por ser una sociedad rebelde frente a un sistema político cerrado sobre sí mismo, con partidos clientelistas y patrimonialistas del Estado. Tras el histórico movimiento social de Mayo de 1968, matriz de cambios ideológicos, un mes después De Gaulle obtuvo la mayoría absoluta en las elecciones. Pero tan sólo un año después se estrelló en un referéndum y tuvo que jubilarse. Macron es demasiado joven para eso. Pero pronto se dará cuenta de que la voz de la calle no puede ahogarse con policía y publicidad.

 

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