La ley islámica se instala en Suecia

islamismo en suecia

Por Pascual Albanese.   El titular de la Policía Nacional sueca, Dan Eliasson, reveló que el país nórdico, uno de los más ricos del mundo medido en ingreso por habitante, reconocido internacionalmente como paladín del multiculturalismo y la tolerancia étnica, sufre una creciente ola de desestabilización protagonizada por una multitud de refugiados musulmanes que han convertido a Estocolmo en un virtual campo de batalla, donde existen 62 áreas geográficas calificadas oficialmente de “alta peligrosidad” en las que se aplica abiertamente la “Sharia” sin que el Estado pueda impedirlo. En diciembre de 2016 esas áreas fuera de control eran 55.

Pese a que la coalición gobernante, integrada por socialdemócratas y ecologistas, se esfuerza en atenuar los alcances del desafío, las señales de alarma afloran por doquier. El propio Jefe de Policía de Estocolmo, Lars Alvarsj”, reconoció que “hay niveles de violencia como nunca se vieron en el país y hay varias zonas de Estocolmo que están quedando fuera de la esfera del Estado”, y recalcó que “el sistema jurídico, pilar en toda sociedad democrática, está colapsando en Suecia”.

Johan Patrick Engellau, un experto internacional en inmigración y refugiados, envió una carta a la Comisión de Seguridad Migratoria de la Unión Europa sobre la gravedad de la situación: “Me temo que es el final de la Suecia organizada, decente e igualitaria que hemos conocido hasta ahora. Personalmente, no me sorprendería si se produjera un conflicto en forma de guerra civil. En algunos lugares del país, la guerra civil probablemente ya ha comenzado, aunque la coalición de gobierno no se ha enterado”.

Magnus Ranstorp, investigador del Colegio Sueco de Defensa, señaló que “en las zonas más peligrosas de la capital, grupos radicalizados de la comunidad islámica han tomado el poder en las calles y están implantando su propia ley. En esas áreas, el sentido de la justicia y la paz se ve amenazado por el hecho de que la policía se está desmoronando y todo empeoró desde principios de este año. Estocolmo y Suecia se encuentran en una situación desesperante”.

La sombra del Califato

El Servicio de Seguridad Sueco denunció que el país está “infiltrado por cientos de islamistas que comparten la ideología del estado islámico (ISIS)”. Esta amenaza es de ida y vuelta. Los servicios de inteligencia occidentales estiman que Suecia es el país europeo que mayor número de combatientes por habitante han exportado para alistarse en las filas de ISIS: Temen que el inminente colapso del Califato convierta a Suecia en un epicentro del terrorismo islámico en la Unión Europea. Es cada vez más frecuente que funcionarios públicos soliciten protección policial para trasladarse desde sus domicilios a sus oficinas. Los medios periodísticos utilizan el neologismo de “zonas excluidas” para referirse a las zonas peligrosas para los no musulmanes, a quienes se aconseja no transitarlas. Las autoridades admiten que durante el último año alrededor de 15.000 mujeres han sido víctimas de ataques sexuales en esos barrios dominados por pandillas islámicas.

¿Fin de las puertas abiertas?

La tradicional política de “puertas abiertas” a la inmigración ha tenido fuertes consecuencias. Sólo en 2015, Suecia recibió a 160.000 refugiados, un porcentaje por habitante mayor que cualquier otro país europeo. La escasez habitacional ha disparado los precios de las viviendas de “renta controlada”. La mayoría de los refugiados terminan viviendo en “zonas vulnerables”, donde empezó a emerger velozmente una sociedad paralela regida por el Islam.

Gotemburgo, con una población de medio millón de habitantes, es la ciudad sueca donde se llevó adelante la mayor parte del reclutamiento de combatientes para la “yihad”. Esta urbe portuaria, que en el pasado había sido un importante polo industrial, es una de las sociedades más diversas del país: un tercio de la población tiene origen inmigrante. En el suburbio de Angered, ese porcentaje crece al 70%.

Pero este fenómeno tiene profundas raíces culturales. Como sucede en otros países europeos, entre ellos Francia o Gran Bretaña, la segunda generación de “suecos no étnicos”, hijos de inmigrantes musulmanes instalados desde hace muchos años, se queja amargamente de la discriminación social y se siente segregada en el país de sus padres. La fe islámica, en sus versiones políticamente más extremistas, pasó a convertirse en su única fuente de identidad.

“Como te diría un hermano mayor o un padre, deja de tomar drogas, de pegar a la gente. Ven con nosotros. Pelea por Dios. Pelea por Alá. Pelea por la libertad de los musulmanes. Los musulmanes están siendo asesinados y violados. Estás desperdiciando tu vida. No recibas nada de los suecos”, es la síntesis, recogida de múltiples testimonios coincidentes, del mensaje de los militantes fundamentalistas a estos miles de jóvenes desencantados y resentidos.

Este escenario tiene también vastas implicancias económicas. Eva Magdalena Andersson, la socialista Ministra de Finanzas, destacó que “es bastante obvio que tenemos grandes problemas como resultado de los cambios demográficos agravados por la migración masiva”. El gasto público se disparó por el rápido aumento del número de inmigrantes y su elevada tasa de natalidad. De aquellos 163.000 inmigrantes acogidos en 2015, sólo 494 han conseguido trabajo. En cambio, el desempleo de los “suecos étnicos” es del 4,8%.

Reacción xenófoba

Como era de prever, esta situación genera reacciones xenófobas y racistas, que incluyeron numerosos atentados contra mezquitas. Los partidos de derecha ganan fuerza y exigen un drástico cambio de rumbo político. El ultraderechista Demócratas de Suecia exige reducir en un 90% la cifra de solicitantes de asilo, una propuesta a la que se resisten los partidos de la coalición gobernante. Una reciente encuesta indica que el 43% de la población está a favor de acabar con la ayuda económica a los inmigrantes.

Suecia, ejemplo mundial de multiculturalismo, amenaza erigirse en el espejo imaginario en que la ultraderecha europea pretende reflejar el futuro del viejo continente, en una suerte de cristalización de las fantasías literarias acuñadas por la periodista italiana Oriana Fallaci en su ensayo sobre “Eurabia” y el escritor francés Michel Houellebecq en su best seller “Sumisión”, que pronostican la dominación islámica de Europa.

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