Qatar, entre la OPEP y la FIFA

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Por Pascual Albanese.  Qatar, un pequeño pero próspero emirato petrolero con una superficie semidesértica de apenas 11.586 kilómetros cuadrados y una población de 2.500.000 habitantes, se ha erigido en la “oveja negra” de las monarquías del Golfo Pérsico, lideradas por Arabia Saudita, a raíz de su estrategia orientada a estrechar vínculos con la vecina Irán, metrópoli del Islam chiita, en una muestra de audaz pragmatismo que amenaza con trastocar el frágil equilibrio regional.

El pragmatismo catarí no reconoce límites. Su amistad con Teherán no le impide albergar en su territorio a la base militar más importante que tiene EEUU en Medio Oriente. De allí que, más allá de la retórica incendiaria de Donald Trump, Washington esté obligada a moverse con pies de plomo frente al régimen de Doha, un emirato absolutista perteneciente a una dinastía instaurada en el poder a mediados del siglo XIX. A escasos kilómetros de esas instalaciones militares estadounidenses, el país aloja también a una base militar de Turquía.

Esta audacia diplomática está sustentada en su inmensa riqueza económica, que basa en su condición de gran productor y exportador mundial de gas natural del mundo. Es también el octavo exportador neto de petróleo del planeta. Su ingreso por habitante es de 74.667 dólares, el segundo a nivel global. Tiene otra particularidad, casi única: su población está compuesta por un 20% de nativos y un 80% de trabajadores temporarios inmigrantes, que ganan salarios notoriamente superiores a los otros países de la región.

Los activos del fondo soberano de inversión de Qatar, creado en 2005, ascienden a 335.000 millones de dólares, volcados en una infinita variedad de compañías internacionales, que van desde el banco británico Barclays, la compañía automotriz alemana Volkswagen y la petrolera francesa Total hasta la cadena de joyería norteamericana Tiffany, entre muchas otras.

El emir Tamim bin Hamad Al Thani, quien asumió el cargo en 1996 tras un golpe palaciego en el que desplazó a su padre, pretende transformar esa riqueza económica en influencia política. El gobierno catarí captó la creciente importancia del softpower (“poder blando”) en la arena política mundial. Con ese objetivo, hace más de dos décadas diseñó y puso en marcha una estrategia de largo aliento orientada a rodear a Qatar de una aureola de prestigio que mejorase sus posibilidades de tallar en los asuntos internacionales.

En ese plan de ganar espacio en la opinión pública internacional, en 1996, Qatar lanzó la cadena Al Jazeera, bajo el modelo de la estadounidense CNN y la británica BBC, y consiguió convertirla en el medio de comunicación más influyente de Medio Oriente y en el único medio árabe con penetración en Occidente, a través de oficinas en ochenta países y transmisión en vivo en varios idiomas, entre ellos naturalmente el inglés y español. Al Jazeera fue una activa promotora de la “primavera árabe”.

Para difundir la imagen de Qatar, el emirato impulsó paralelamente una política de atracción del turismo internacional. A tal efecto, en 1993 fundó también Qatar Airways, una línea área de bandera generosamente subsidiada por el Estado, que estableció conexiones con los cinco continentes y en 2015 y 2017 fue galardonada como la mejor del mundo en el ranking anual de la organización Skytrax.

Esa estrategia de “marca país” tuvo su golpe maestro con la controvertida decisión de la FIFA de elegir a Qatar como sede del campeonato mundial de fútbol de 2022. En esa titánica pulseada, Qatar le ganó nada menos que a EEUU, que por supuesto no asimiló deportivamente esa ominosa derrota. No en vano fue la procuradora fiscal estadounidense, Loretta Lynch, quien encabezó la embestida judicial que culminó con el descubrimiento de multimillonarios sobornos y provocó la decapitación de las autoridades de la FIFA.

Con Irán no se juega

El vínculo estructural entre el Qatar sunnita y el Irán chiita reside en la explotación conjunta de los yacimientos de gas natural de South Pars-North Dome, que según la Agencia Internacional de Energía son los más grandes del mundo, situados en el Golfo Pérsico, en aguas territoriales compartidas entre ambos países. Esa producción de gas natural está fuera de la influencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), dominada por Arabia Saudita, y le otorga a Qatar e Irán un amplio margen de autonomía económica.

Las monarquías del Golfo, más allá de su cada vez menos encendida retórica antisraelí, tienen como enemigo geopolítico a Irán. Arabia Saudita, cuyo rey ostenta en la comunidad sunnita el título de “guardián de los lugares santos” por su condición de custodio de La Meca, sitio que tiene para el Islam un significado equivalente al de Jerusalén para cristianos y judíos, teme que Teherán desencadene una “guerra santa” para ocupar ese sitial de honor.

El pico de tensión entre Qatar y el resto de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo fueron unas declaraciones atribuidas al Sheik Tamim bin Hamad Al-Thani, quien habría defendido a la guerrilla chiita de Hezbollah, cada vez más influyente en El Líbano, y advertido también a sus vecinos que no se podía profundizar una confrontación con Irán, al que calificó como “un peso pesado islámico regional que no podemos ignorar”.

Pero Qatar duplicó la apuesta. A la intimación de sus vecinos de interrumpir sus vínculos con Irán, respondió con el anuncio de la decisión de incrementar en un 30% la producción de los yacimientos gasíferos del Golfo Pérsico.

Irán es hoy aliada del régimen de Bashar al-Assad en Siria, del gobierno de la mayoría chiita en Irak y de Hezbollah en El Líbano. Si logra consolidar una asociación estratégica con Qatar, el mapa político de Medio Oriente tendría un giro copernicano que no puede sino preocupar a las monarquías petroleras y también a Israel.

 

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