Qué supondría (y qué no) que CFK gane en Buenos Aires

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Por Jorge Raventos.   Los movimientos de la señora de Kirchner no logran satisfacer los reclamos de autocrítica que formulan  tantos analistas de los medios principales. Sin embargo, aunque ella no se golpee el pecho confesándolo, debería objetivamente considerárselos  bajo esa lente. La Cristina candidata corrige el comportamiento de la Cristina presidente: prefiere el silencio a las catilinarias en cadena, modifica su elenco. Y esto,  a pesar de que no reside allí el secreto de su actual fortaleza electoral, que consiste en haberse convertido en un instrumento político con el que el conurbano bonaerense se hace oír.

Los analistas de opinión pública coinciden en que su electorado más firme no reacciona ante esos cambios de estilo. Aseguran, asimismo,  que esas novedades tampoco le acercan por ahora votos nuevos, aunque, eso sí, le hacen más difícil   al oficialismo capitalizar a fondo su demonización en el electorado  independiente.

Por detrás de esos transformismos políticos se encuentra la oscura comprensión de que los resultados de la elección presidencial de 2015 – la derrota del Frente para la Victoria- marcaron un punto de inflexión. No hay retorno posible al kirchnerismo que el país conoció y soportó durante doce años. La señora actúa como si percibiera que, si las circunstancias habilitaran algún futuro político para ella, este no podrá basarse en la repetición, sino que deberá reinventarse.

Ante la astuta táctica elusiva de la señora de Kirchner, que asimila  hasta el  momento los mandobles judiciales y evita las batallas frontales en terreno adverso, el gobierno  opta ahora por polarizar con el régimen venezolano y describe al gobierno de Maduro como una suerte de kirchnerismo vicario: “lo que pudo pasar en Argentina si Cambiemos no lo impedía”. Exageración dialéctica, argumento de campaña de un oficialismo que se siente incómodo.

Los pronósticos más serios  anticipan que el gobierno perderá en la provincia de Buenos Aires. El último domingo,  a dos semanas del comicio, los diarios principales optaron por no publicar las encuestas que para estas ocasiones les producen prestigiosas consultorías demoscópicas.  Los grandes empresarios congregados en AEA (la Asociación Empresaria Argentina) recibieron copia de -por lo menos- uno de esos estudios.  El gobierno comienza discretamente a asimilar el diagnóstico: María Eugenia Vidal acaba de reflejar el clima de pesimismo sobre el resultado en las PASO bonaerenses  al señalar que, “trabajaremos para ganar en octubre”; el oficialismo aspira a que la atención no se centre en la provincia de Buenos Aires, sino en los resultados nacionales, donde sus votos se sumarán bajo una sigla única y los de sus contrincantes estarán dispersos.

Una situación en la que la señora de Kirchner recupere protagonismo político apuntalada en el voto del conurbano supone una fuerte modificación del escenario político. Consolarse con el argumento de que ella es un fenómeno “encapsulado” en ese espacio es no entender  la sustancia del fenómeno. Importa comprender el significado de ese voto:  la esperanza de dejar de ser una cápsula, la espera de un programa de integración, de promoción, de integración.

El gobierno perdió la oportunidad de gestar, en mejores condiciones, una política de acuerdos de largo plazo  con aquellos que le facilitaron los instrumentos para gobernar y tomar decisiones en la primera etapa de su gestión. La nueva situación planteará  la necesidad  de avanzar en acuerdos en un contexto más complejo.

La elección de 2015 marcó un viraje que señaló el final del  kirchnerismo como partido del gobierno y liberó al peronismo del yugo centralista que aquel le imponía. De ese paso no hay retorno. Pero la elección de 2017 volverá a demarcar el territorio.

Si hasta ahora el gobierno ha optado por el “gradualismo”  en lugar de por el shock que le recomiendan sus alas más radicalizadas,  el paisaje político que parece insinuarse seguramente reforzará aquella línea.

Ahora bien, gradualismo no significa inmovilismo. Por el contrario, la lógica de encarar reformas para la productividad merece avanzar con rapidez.  El gobierno no podrá hacerlo en soledad: deberá  encontrarse con el peronismo legislativo, con el massismo al que hoy vitupera, con los gobernadores que se reunieron ayer para renovar su liga.

También deberá fortalecer sus acuerdos con  el sindicalismo. El gobierno busca, y tiene  buenos motivos para hacerlo, impulsar una reforma fiscal y una reforma laboral y deberá requerir consensos, como ha ocurrido con los petroleros y los trabajadores rurales.

Una derrota oficial en la provincia de Buenos Aires no sería el fin del mundo. Sólo exigirá lucidez para asimilarla y cambiar.

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