El eje Irán – Irak patea el tablero de Medio Oriente

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Por Pascual Albanese.   La alianza militar firmada por el ministro de Defensa de Irán, Hosein Dehqán, y su colega de Irak, Erfan al- Hiyali, es un acontecimiento que modifica las condiciones de la geopolítica de Medio Oriente, la región más conflictiva del planeta. Este flamante eje Teherán-Bagdad, expresión de la creciente gravitación de la comunidad chiita dentro del mundo islámico, amenaza también con provocar un cambio cualitativo en el conflicto entre Israel y los palestinos, que dejaría de ser una reivindicación territorial contrapuesta entre ambos pueblos para transformarse en un teatro de la “guerra santa”. El acuerdo culminó un proceso en el que Irán desplazó a EEUU de la hegemonía en Irak, establecida a partir de la invasión que en 2003 provocó el derrocamiento del régimen de Sadam Hussein, apoyado por la minoría sunita de la población, que era hegemónica en el Ejército iraquí y era la base de sustentación del gobernante Partido Baath, enfrentada con la mayoría de confesión chiita y, por lo tanto, más permeable a la influencia política de Teherán. El primer paso del avance iraní en Irak fue la conformación de un gobierno de coalición con predominio de la mayoría chiita. La segunda fase fue el retiro de las tropas norteamericanas, ordenado por el presidente Barack Obama en 2011. Irán empezó entonces a desempeñar el rol que cumplía Estados Unidos antes de la invasión. Pero el punto de inflexión fue la irrupción del fundamentalismo sunita encarnado por el ISIS, a mediados de 2014, cuando las tropas de la Guardia Republicana iraní acudieron en auxilio del desmembrado Ejército iraquí, cumplieron un papel decisivo en la guerra contra el Califato y con ese pretexto comenzaron a ocupar militarmente el territorio. La recuperación de Mosul, la segunda ciudad de Irak y asiento de sus codiciados yacimientos petroleros, erigida en baluarte de ISIS en el país, encontró a las milicias iraníes instaladas a lo largo de un corredor que permite el traslado de armas y pertrechos a los efectivos militares enviados por Irán a combatir en Siria y a los guerrilleros chiitas de Hezbollah en El Líbano. Esa presencia militar fue acompañada por un aumento de la influencia económica, cultural y política. El comercio bilateral se ha multiplicado, los negocios de Bagdad están abarrotados de productos iraníes y en los canales iraquíes pueden verse los programas de la televisión de Teherán. Según el Gobierno iraquí, la ayuda de Irán para combatir a ISIS fue más efectiva que los bombardeos norteamericanos. En una inédita visita a Teherán, el presidente iraquí, Fuad Masum, expresó su gratitud a sus anfitriones: “La presencia iraní en Irak, positiva y oportuna, es para proteger sus intereses, puesto que ISIS es una amenaza para toda la región. Teherán no interfiere en nuestros asuntos internos”.

Entre Gutemala y guatepeor

No hay forma de exagerar la trascendencia geopolítica de esta alianza entre los dos países que entre 1980 y 1988 libraron la contienda más sangrienta desde la segunda guerra mundial, con un saldo de 800.000 muertos. Washington alentó a Sadam Hussein a desatar ese cruento enfrentamiento con el régimen del ayatollah Khomeini. La prolongación de esa guerra, que terminó en empate, neutralizó a ambos contendientes durante ocho años.

Hoy aquel escenario parece haberse invertido: si aquella guerra inhibió el protagonismo regional de Irán e Irak, el acuerdo Teherán – Bagdad implica la aparición de un bloque político de enorme poderío militar. Irán coronó así con éxito una estrategia que lo llevó a erigirse en un actor fundamental en Siria, aliado al régimen de Bashar al Assad, y también en El Líbano, a través de la guerrilla chiita de Hezbollah. En Siria, los iraníes fueron un tradicional aliado del régimen de Al Assad. Esa asociación tiene raíces históricas. El clan gobernante en Damasco pertenece a la minoría alawita, enfrentada con la mayoría sunita de la población, cuya rebelión creó el caldo de cultivo para el surgimiento de ISIS. Tal cual sucedió en Irak, el desafío planteado por el Califato forzó a Al Assad a requerir la intervención de Irán. El resultado fue que Siria sea hoy un estado “irano-dependiente”, donde el gobierno llegó a transferir a sus protectores iraníes el entrenamiento y la financiación de las milicias progubernamentales que operan con la Guardia Republicana en su territorio.

Esa presencia iraní tiene implicancias demográficas. El estallido de la guerra civil siria, un coletazo de la “primavera árabe” que promovió un vacío de poder propicio para la implantación del Califato, provocó la emigración de millones de musulmanes suníes. Esto hizo que el porcentaje sunita en el total de la población descienda dramáticamente. Yaron Friedman, especialista israelí de la Universidad de Haifa, advirtió que la antigua mayoría sunita “en un futuro próximo se convertirá en minoría por primera vez en siglos”. En El Líbano, Hezbollah ya no es más una fuerza irregular sino un factor de poder incorporado al sistema político. Las Fuerzas Armadas libanesas, que históricamente habían sido su barrera de contención, tienen ahora relaciones sugestivamente amistosas con la guerrilla chiita, cuyo armamento ha mejorado sensiblemente. Irán, que respalda activamente a Hamas, la organización terrorista palestina que ocupa la franja de Gaza, está ahora en las fronteras del estado judío. Los israelíes temen haber pasado de Guatemala a guatepeor. Perciben que el colapso de ISIS, lejos de constituir un alivio para su seguridad, es el prólogo de una amenaza mayor para su supervivencia. Frente a esa amenaza, no cabe desestimar una hipótesis hasta hoy descabellada: un acuerdo entre Israel y las monarquías petroleras árabes para frenar al eje Teherán-Bagdad. Benjamín Disraeli, legendario primer ministro de la reina Victoria, decía que “las naciones no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes”. Más pragmático, Getulio Vargas, el principal caudillo brasileño del siglo XX, afirmaba que “en política nadie es suficientemente amigo como para no ser alguna vez enemigo, ni nadie suficientemente enemigo como para no ser alguna vez amigo”.

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