Macri, el peronismo y “los mejores 20 años”

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Por Jorge Raventos.   Las PASO, que se extendieron monótonamente durante una campaña sin ideas ni mayores sobresaltos, tuvieron sin embargo un final interesante. El Pro, encarnado en su avatar multicolor –Cambiemos- se convirtió en un partido político de escala nacional, arraigó territorialmente en todo el país y obtuvo el primer puesto en la mitad de los distritos.  Ahora deberá  ratificar títulos en la elección “de verdad”, en octubre.

En la provincia de Buenos Aires el oficialismo se adjudicó seis de las ocho secciones electorales, perdió (pero creció) en la primera y la tercera, que albergan el conurbano y amplió la diferencia que había sacado en las elecciones primarias de 2015.

Allí el Pro también se recibió de partido político. Si le faltaba mostrarlo con contundencia,  lo hizo ahora no sólo por esa notoria performance, sino también por el uso astuto  de la información electoral, que le permitió festejar  anticipadamente una victoria de improbable confirmación  y clausurar  el recuento provisional  de votos con un empate técnico que todavía (durante dos semanas, hasta que se consume el escrutinio definitivo incorporando el 5 por ciento de boletas enmudecidas)  permite que la fotografía  de Esteban Bullrich aparezca encabezando la competencia. “Picardía criolla”, caracterizaría peyorativamente  un purista.

Como queda claro cuando se observan los antecedentes, el uso arbitrario de la información electoral es un recurso que ha sido empleado por todos los  oficialismos durante tres décadas y media de democracia. Si supieran disimular su envidia, más que denunciar  al Pro, los partidos  experimentados  deberían  saludarlo con un: “Bienvenidos al club”.

Aunque pueda  perturbar las rigideces morales con las que la nueva fuerza pretende distinguirse (“No somos iguales”), es una buena noticia que la Argentina sume ahora  un partido político joven que viene a llenar el vacío creado por  la crisis de la UCR que nació con la bandera de la pureza del sufragio (un plano inclinado que quizás comenzó con el Pacto de Olivos, se profundizó con el gobierno de la Alianza y se coronó en la elección presidencial de 2003, cuando el candidato presidencial de la UCR, Leopoldo Moreau, obtuvo el 2,4 por ciento de los votos).

A través de Cambiemos, el Pro asimila al conjunto de fuerzas del no- peronismo y les ofrece, si no un programa (algo que todavía no termina de formularse),  sí una  perspectiva optimista que abona con éxitos.

Si es bueno que se recomponga una fuerza de reemplazo del radicalismo, lo que las PASO también muestran es la dificultad actual del peronismo  para unificar una personería con proyecciones que puedan dar sustentación y equilibrio al sistema político.

Parece obvio que la señora de Kirchner, aún siendo la probable ganadora de la primaria bonaerense, no puede encarnar el liderazgo competitivo que el peronismo necesita.

Como ella misma reconoció durante la campaña, sólo ha sido un vehículo que, a falta de un instrumento mejor, han empleado los sectores más postergados  para  que se recuerden su existencia y su capacidad  de respuesta colectiva que no se deja intimidar por  el menosprecio.

Sin  una fuerza de balance que comparta  un proyecto y objetivos de Estado y represente  digna y eficazmente a todos los que hoy no  entran en la foto ni  se benefician de brote verde alguno, los “ mejores veinte años” que invocó el Presidente  quedarán en una bella quimera.

 

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