El caso Maldonado, las elecciones y lo políticamente correcto

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Por Jorge Raventos.    Desde principios de agosto, cuando algunas organizaciones que invocan la defensa de los derechos humanos caracterizaron el hecho como una “desaparición forzada”, el enigma sobre el paradero desconocido de Santiago Maldonado, un joven artesano bonaerense radicado en Esquel, se ha transformado  en  tema dominante en los medios y las redes sociales.

No hay dudas de que el caso de Maldonado es inquietante y perturbador, pero la  altísima repercusión  que lo distingue no parece depender tanto de esos rasgos (que comparte con muchísimos acontecimientos análogos  en una Argentina en la que la inseguridad  no es una mera sensación), sino de  otro factor que  fue develado por  la  siempre rotunda Hebe de Bonafini:  “Maldonado era un militante”.   

La frase de Bonafini no sólo dice. También insinúa. Afirma, en principio,  una condición  que avalaría la resonancia privilegiada: ser “militante” supondría un rango especial, por encima de los de mero ciudadano o de ser humano (Bonafini  lo subraya al justificar las diferencias entre la actual movilización por Maldonado y la ínfima atención que el gobierno anterior dedicó a la aún  inexplicada desaparición de Julio López).

Pero además, al conjugar el verbo en  tiempo pasado (“era”), Bonafini sugiere  que  la ausencia de Maldonado es definitiva.  Para ella, como para una extensa red de  personas y organizaciones  que comparten su pensamiento, el caso Maldonado no es  enigmático ya que -ella  (y ellos)  dan por sentado -sostenidos  hasta ahora por su  íntima convicción antes que por pruebas concretas-   que el joven artesano fue víctima de una desaparición  forzada, responsabilizan por ella a la Gendarmería  y al gobierno de Macri  y  evocan la muerte  tanto en sus consignas (“Con vida lo queremos”) como en  las comparaciones que trazan entre este hecho y  los  de la represión en tiempos de la tiranía procesista. No piden que se investigue intensamente el caso, se desentrañe lo ocurrido y se juzguen las culpas una vez  comprobadas: ellos ya  han  definido culpas y culpables.

Obvio: la señora de Kirchner ha tomado  esa misma bandera para agitarla en la campaña que lleva a la elección de octubre. Cautelosa, ella sólo necesita mostrar la foto de Maldonado y emplear la palabra “desaparición”: su discurso se completa con  el que  despliegan sus  epígonos voluntarios e involuntarios  y se nutre en el terreno cultivado por el pensamiento políticamente correcto.

Conviene  no juzgar el  caso Maldonado  ni exclusiva ni centralmente por el  uso  político-electoral  que se le  está dando. Hay dimensiones más trascendentes para analizarlo.

 Por un lado está el ángulo de la  inseguridad y de las dificultades que afronta el Estado para  garantizar desde la vida de las personas al orden público, así como para investigar y resolver  delitos o siniestros.  La suerte de individuos, familias, aviones o mercancías puede  convertirse durante plazos indefinidos  en un agujero negro inescrutable.

En otro plano, la desaparición de Maldonado  ha estimulado  una prédica ambigua e irresponsable  que se cubre con la bandera de los “pueblos originarios”.  Al parecer, Maldonado  acompañaba ( o “era militante”, como explicó Bonafini) las acciones de un grupo  minoritario y radicalizado, que responde al nombre de Resistencia Ancestral  Mapuche (RAM), tiene  existencia tanto en la Patagonia argentina como en la chilena y desafía a ambos estados nacionales reivindicando  como objetivo una suerte de  separatismo autonómico para cuya concreción “todos los medios son buenos” (incluyendo los violentos, que ya ha practicado a ambos lados de la Cordillera).

Es preciso señalar que la mayoría de la comunidad de origen mapuche del país, más allá de sus propias  reivindicaciones, ha tomado distancia de  las prácticas radicalizadas y de las ideas separatistas de RAM, y se considera parte de la sociedad argentina.

También hay que  apuntar que los mapuches no son  un “pueblo originario” en la Patagonia argentina: penetraron en  ella  desde Chile  poco tiempo antes de la creación del Virreinato  del Río de la Plata y desalojaron a los habitantes allí preexistentes, los tehuelches.

Una organización gremial docente ha planteado un plan difusión en las escuelas que, con la desaparición de Maldonado como carátula,  mezcla y combina  ingredientes de  confusión y adoctrinamiento: prejuzga sobre la situación, reitera slogans del pasado, incurre en  lugares comunes sobre los pueblos originarios y omite todo comentario sobre las propuestas secesionistas  de las organizaciones violentas que invocan el irredentismo mapuche así como del hecho de que ese  irredentismo  aparece  sostenido por organizaciones  asentadas en Gran Bretaña. Se trata de una  propaganda  ideologizada  cubierta bajo el manto de las buenas intenciones y  va más allá de lo político electoral: expresa  métodos  y  líneas de pensamiento y acción que el país debe  dejar atrás.

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