China: un congreso que interesa al mundo

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Unos 2.300 delegados, elegidos por recomendación de 82 millones de afiliados (más que la población de Alemania) pero “filtrados” sus antecedentes por el Departamento de Organización, que depende directamente del secretario general, el presidente Xi Jinping, serán los protagonistas del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, que sesiona cada cinco años, cuyo temario incluye entre otros puntos la renovación de autoridades de la organización política más importante del mundo.

El Comité Central, que sesiona dos veces al año, tiene 205 miembros titulares y 171 suplentes. Estos últimos participan de las deliberaciones del cuerpo con voz pero sin voto. El organismo elige a los 25 integrantes del Politburó, quienes a su vez nominan a los siete miembros de su Comité Permanente, que es el vértice de un poder político piramidal en una nación de 1.350 millones de habitantes.

Renovación a gran escala

En esta oportunidad, se espera una renovación en gran escala. Según trascendió, dejarían sus puestos, por jubilación (68 años), cerca de la mitad de los integrantes del Comité Central, dos quintas partes de los miembros del Politburó y cinco de los siete integrantes del Comité Permanente (todos menos Xi Jinping y el primer ministro Li Keqiang). Puede haber algunas excepciones a esta regla de relevo generacional, en particular para Wang Qishan, quien acaba de cumplir 68 años, encargado de la lucha contra la corrupción y reputado como un hombre de íntima confianza de Xi Jinping.

Todo indica que Xi Jinping, quien será reelecto como secretario general para un segundo (y último) período de cinco años, logrará consolidar a su núcleo de confianza, en especial a Li Keqiang, a cargo de las reformas económicas, a Li Zhanshu, jefe de la estratégica Oficina Central del Partido, clave para el control de los resortes organizativos, y al propio Qishan, quien desde su temida función de “zar anticorrupción” desempeñó un papel relevante en la eliminación de rivales internos del primer mandatario.

De Confucio a Lenín

Para dimensionar la trascendencia de este congreso partidario, conviene resaltar un rasgo peculiar del sistema político chino, consagrado en su propia constitución: el Partido Comunista está por encima del Estado. Este principio político, estampado por Lenin en la constitución soviética, tiene hoy en China mayor vigencia que las teorías económicas de Marx.

Lenin y no Marx es el último lazo que une a China con la tradición comunista.

La explicación está en la historia: el “leninismo” de los comunistas chinos expresa una continuidad con la el pensamiento de Confucio, que enfatiza la autoridad, el respeto a las jerarquías de la sociedad y la meritocracia para el manejo del Estado.

El imperio chino era administrado por una burocracia profesional altamente eficiente: el mandarinato.

Lucian Pye, uno de los máximos estudiosos del concepto de “confucionismo- leninismo”, afirma que “los chinos no abandonaron su legado confuciano al adoptar el comunismo”.

El Partido Comunista Chino irrumpió como un nuevo mandarinato. No se ingresa por una simple manifestación de voluntad, sino luego de una rigurosa evaluación de antecedentes y un exigente examen de ingreso.

Más que un partido político, es la organización de la “clase dirigente” de la sociedad.

Para sostenerse en ese papel rector, su XVI Congreso, realizado en 2001, bajo el gobierno de Jiang Zemin, modificó los estatutos partidarios para permitir la afiliación de empresarios.

Según Fang Ning, miembro de la Academia de Ciencias Sociales de Beijing, el pluripartidismo de las democracias occidentales se asemeja a un restaurante con menú fijo donde los clientes pueden elegir al chef pero no la comida que desean, mientras que en China los clientes puede elegir distintos platos, pero no al chef, que es el Partido Comunista.

La preeminencia del partido sobre el Estado hace que la consolidación de Xi Jinping en el aparato partidario elimine la influencia de los dirigentes que pertenecen al círculo áulico de sus dos predecesores inmediatos: Jiang Zemin y Hu Jintao.

De esta forma, el actual mandatario se convertirá en el Jefe de Estado que concentre en sus manos más poder después de Deng Xiaoping, sucesor de Mao Tse Tung y arquitecto de la apertura internacional que transformó a China en la segunda potencia económica mundial.

Aparato versus reformas

Xi Jinping pretende utilizar esa acumulación de poder para avanzar en la sustitución del viejo modelo productivo industrial, fundado en la explotación intensiva de la ventaja competitiva derivada de la existencia una mano de obra abundante, barata y medianamente educada, por una estrategia de desarrollo orientada a transformar a China de su condición de “fábrica mundial” en un “centro global de innovación y conocimiento”.

El gobierno chino avanza hacia una reducción de las regulaciones estatales y las trabas al otorgamiento de licencias o permisos a empresas privadas, así como a una mayor competencia en los sectores de electricidad, petróleo y gas natural.

Nikkei Asian Review, una publicación especializada en la economía asiática, consigna que la apuesta de Xi Jinping es “la estimulación de los agentes microeconómicos gracias a la simplificación del Estado, la reducción de impuestos, la disminución de barreras arancelarias y al fomento a las innovación”.

Una de las iniciativas más audaces reside en los recortes impositivos. Las normas fiscales benefician hoy a las pequeñas empresas que tengan ingresos anuales inferiores a 43.470 dólares. La idea es aumentar ese piso a 72.380 dólares. Las empresas medianas dedicadas a la ciencia y a la tecnología, consideradas prioritarias, se beneficiarán también con una deducción adicional del 75% en sus inversiones en investigación y desarrollo, en lugar del actual 50%.

Li Kequiang prometió apoyar a las pequeñas empresas tecnológicas (“startups”) y a las nuevas compañías de distintos sectores de la economía del conocimiento, entre ellos el desarrollo de nuevos materiales, la inteligencia artificial, los circuitos integrados, la biomedicina y las redes 5 G. El objetivo es el surgimiento de una red de “startups” como la que puebla Estados Unidos.

La resistencia que enfrenta estas reformas surge de un sector de la burocracia partidaria, atrincherado en las empresas estatales y asociado a empresarios vinculados con el poder político, que se resiste a perder los privilegios de su posición dominante en la economía china. El XIX Congreso del Partido Comunista Chino es el escenario donde se dirime esta batalla.

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