Más poder para Macri y nuevo sistema político

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Por Jorge Raventos.   La lógica del poder kirchnerista era centralista y hegemónica, se basaba en el mando de un círculo doméstico. La era postkirchnerista sólo puede funcionar con un sistema de poder asociativo y colaborativo. El evidente crecimiento de Cambiemos sólo garantiza a esa coalición una situación de primus inter pares, pero no le otorga la libertad de movimientos, el poder y la relativa autonomía de que gozaron los presidentes del ciclo K.

La gobernabilidad y hasta el propio ejercicio efectivo del poder dependen, en rigor, de un sistema político que trasciende al oficialismo y en el que este debe buscar convergencias (principalmente con el conjunto del peronismo no kirchnerista).  Aunque, es cierto, la pronosticable victoria electoral del gobierno acentuará en ese sistema la ley física que otorga un papel central al Poder Ejecutivo en la toma de decisiones. Es este el que orienta el movimiento del conjunto.

Esa orientación se apoya, de fondo, en lo que parece la apertura un nuevo ciclo de crecimiento del país, sostenido en principio por la competitividad de su sector agroalimentario y el financiamiento externo, una fuente que se abrió a partir de la resolución del pleito con los holdouts, cuya aprobación fue una primera manifestación práctica del nuevo sistema político (Poder Ejecutivo, oficialismo, gobernadores, peronismo no kirchnerista, movimiento obrero).

Ya desde antes de la elección presidencial de 2015 se insinuaba un nuevo consenso, notorio a partir de muchas  definiciones de los candidatos de entonces. Las urnas de aquel año (y, por lo que pintan los pronósticos, la de este mes) han puesto en este período a Mauricio Macri al timón de ese consenso nuevo, que se está poniendo en práctica.

En los años kirchneristas la buena noticia de que el país es una potencia agroalimentaria era  juzgada como una suerte de maldición; la soja era considerada “un yuyo” que condenaba a la Argentina a la “reprimarización” económica y no como una ventaja competitiva que nos abría la puerta a ulteriores pasos productivos y de agregado de valor. El crédito internacional se consideraba otra desventura.

Con el conocimiento de que el país no sólo alberga vigor agroalimentario sino también enormes recursos en materia de combustibles no convencionales (los segundos del mundo), minerales tradicionales y litio (esencial para el desarrollo de la nueva generación de vehículos híbridos), hoy parece evidente la necesidad de un proyecto estratégico consensuado que enmarque su explotación y emplee esas ventajas para integrar y desarrollar el país.

El financiamiento internacional es un instrumento de esa estrategia. Mario Blejer, que fuera asesor principal de Daniel Scioli en la campaña presidencial de 2015, acaba de opinar: “Si se hicieron esfuerzos especiales para volver al mercado de capitales y arreglar con los holdouts, hay que usar ese beneficio”. Otra señal del nuevo consenso en marcha.

Exiliada de esa convergencia, la señora de Kirchner, más allá de su actual capital electoral marcha hacia un progresivo aislamiento y, como describió el jefe de los senadores peronistas, Miguel Pichetto, “formó un partido de borde, con gente e ideas de izquierda. El peronismo no tiene nada que ver con el progresismo porteño. El peronismo está en el centro nacional”.  Desde su condición de puntal del sindicalismo clásico, Luis Barrionuevo sentenció esta semana: “Los peronista queremos que Cristina pierda lo más abrumadoramente posible, porque ella es un obstáculo para la reconstrucción del partido”.

Así, el peronismo político y parlamentario, tanto como el movimiento obrero, exhiben la voluntad de trabajar en la lógica del nuevo sistema político como condición para, simultáneamente, reconstruir la identidad del peronismo y reconstruir su identidad. La diferenciación del kirchnerismo es otra evidencia de ese rumbo.

Ese peronismo tiene para aportar al nuevo sistema político la preocupación proverbial del jusicialismo por la problemática social y también el desdén de muchos de sus dirigentes por las concepciones “políticamente correctas” que a veces paralizan a otros actores.

El senador Pichetto, por ejemplo, ha planteado la necesidad de trabajar un nuevo consenso sobre el papel de las Fuerzas Armadas en la realidad actual. Una Argentina que crece y se proyecta internacionalmente no puede seguir atada clichés que la sumen en la impotencia frente  a viejas y nuevas amenazas. Debe en cambio responder las preguntas que plantean el presente y su proyección a mediano y largo plazo: ¿qué fuerzas armadas necesita, con qué tareas, en el marco de qué Estado, con cuál papel en la región y en el mundo?

Nuevo sistema político, nuevos consensos, acuerdos y convergencias en un marco de debate y propuestas en el que las divergencias no provoquen impotencia y parálisis, estancamiento y miseria.

 

 

 

 

 

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