El muerto del Río Chubut, la grieta y los acuerdos

rio  chubur 

Por Jorge Raventos.   En  las filas del kirchnerismo, resignado  a una derrota en la provincia de Buenos Aires el próximo domingo,  se especulaba con  el albur de un cisne negro, algún suceso inesperado  que pudiera  modificar un destino que  se consideraba ineluctable.

El descubrimiento de  un cadáver en el Río Chubut,  a metros del último escenario en el que fue visto  el desaparecido Santiago Maldonado, ¿serìa ese  ansiado cisne negro?

La suerte del joven artesano  ha estado, en sus últimos capítulos, enigmáticamente conectada con  la circunstancia electoral: su  desaparición  fue noticia días antes  de las PASO y  el cadáver del Río Chubut (que, aunque no  ha sido  inequívocamente identificado, todo el mundo presume que es el  de Maldonado) aparece  en la semana  del comicio del domingo 22.

Desde el  comienzo,  esta  trágica peripecia  quedó aprisionada en la lógica  de la llamada “grieta”. Para  los  sectores más radicalmente enfrentados  con el gobierno,  el artesano, simpatizante del  irredentismo  mapuche,  fue considerado víctima de una “desaparición forzada” comparable con las que se practicaron sistemáticamente durante la tiranía militar. Una manera  de enfatizar  la interpretación que dibuja a Mauricio Macri como  “cría del Proceso” y que  se resume en la consigna: “…vos sos la dictadura”.

El oficialismo no  tuvo reflejos  políticos para comprender  la densidad  y potencia erosionante  de esa acusación.  Siempre  consideró que  ella  era tan descabellada que  se neutralizaba a sí misma y, de tan increíble, resultaba  contraproducente para quienes la esgrimían. No tardó en comprender  que esa actitud  generaba inquietud inclusive en buena parte de su propia base electoral que,  con el paso de los  días, ante la irresolución del caso y la pasividad argumentativa  oficial, se sentía  crecientemente inerme frente al  activismo  de los acusadores.

Es cierto: las encuestas  no reflejaban  motivos acuciantes para la alarma. El tema Maldonado constituìa  un hecho incómodo pero no  un asunto que determinara  cambios de adhesión. Las opiniones favorables sobre el gobierno  no decrecían, sino que se incrementaban pese a  que la investigación  sobre  el desaparecido y  las circunstancias que rodeaban el suceso continuaban  sin dar frutos.

En el seno del oficialismo, en paralelo con la inquietud  que fueron creando  varias incoherencias de la narración de los gendarmes,   se manejaba una tesis  que  la incontinencia de Elisa Carrió  aireó  sin  prudencia: Maldonado estaba oculto, había pasado a Chile con ayuda de los grupos mapuches radicalizados. “Hay un 20 por ciento de probabilidades”, asignó Carrió.

La jefa de la Coalición Cívica no sigue las instrucciones de discreción de Jaime Durán Barba pero, socia prominente del oficialismo como ella es,  sus desbarres verbales  también aportan al conjunto de Cambiemos,  del mismo modo que sus  filípicas y absoluciones morales. En este caso, y a la luz de la aparición del cuerpo en el Río Chubut, aquel  diagnóstico y los comentarios pretendidamente graciosos sobre el hallazgo que  lanzó en un programa de cable incrementaron  la reputación de insensibilidad  que rodea a la (para decirlo con los términos  nada complacientes de la oposición) “coalición de la ceocracia”.  Razonablemente, el oficialismo le clausuró el micrófono a la señora Carrió hasta  que  pase la elección: que ella pierda votos en la Capital no es dramático, ya que  tiene una ventaja amplia sobre  sus seguidores. Pero  sus dichos pueden dañar  al oficialismo  en la provincia de Buenos Aires, donde la  ventaja es más estrecha.

Pese a esos hechos y a la intensa campaña de sospechas y desinformación  que el kirchnerismo  desplegó en las redes sociales, el caso Maldonado no es el cisne negro que ese sector  anhelaba. Es, en cambio, una interpelación al conjunto de las fuerzas políticas. Cuando se conoció la desaparición señalamos en esta columna: “Conviene  no juzgar el  caso Maldonado  ni exclusiva ni centralmente por el  uso  político-electoral  que se le  está dando. Hay dimensiones más trascendentes para analizarloEstá el ángulo de la  inseguridad y de las dificultades que afronta el Estado para  garantizar desde la vida de las personas al orden público, así como para investigar y resolver  delitos o siniestros.  La suerte de individuos, familias, aviones o mercancías puede  convertirse durante plazos indefinidos  en un agujero negro inescrutable.” Ese plano requiere un esfuerzo de conjunto, institucional: porque se trata de recuperar la capacidad de acción del Estado, la confianza de la sociedad en su autoridad y en los procedimientos de sus agentes civiles y uniformados. Es un plano esencial para el cambio que proclama el oficialismo.  Y para encararlo es imprescindible  afrontar  los acuerdos de Estado de los que habla menos.

 

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