Brasil refleja el avance de los evangélicos

evangelicos

Por Pascual Albanese.   Mientras la ratificación de la condena judicial contra Lula coloca virtualmente al expresidente fuera de la carrera presidencial y proyecta una mayor incertidumbre en el panorama electoral brasileño, a meses de los comicios presidenciales de octubre, conviene prestar atención a una corriente subterránea que amenaza con trastocar el escenario: el poderoso movimiento evangélico, que en sus diversas expresiones reúne hoy a más de un 30% de la población, visualiza una oportunidad excepcional para, ataviándose con la atractiva bandera de la “antipolítica”, alzarse con el gobierno en el país más grande de América del Sur.

Aunque la extrema volatilidad de la opinión pública impide todavía establecer tendencias firmes, vale tener en cuenta que en las encuestas electorales, después de Lula, el candidato que encabeza las preferencias es Jair Bolsonaro, un controvertido personaje, muy alejado de lo “políticamente correcto”, respaldado por el Partido Social Cristiano (PSC), una de las expresiones políticas fundadas o capturadas por los pastores evangélicos en los últimos años.

Corresponde colocar este fenómeno en una perspectiva regional. Los evangélicos son ya el 19% de la población latinoamericana, mucho más que el modesto 3% de hace sesenta años. En algunos países centroamericanos, como Guatemala, disputan la supremacía con el catolicismo. Si bien no constituyen un movimiento homogéneo, su corriente principal tiene una orientación nítidamente conservadora, asociada a la reivindicación de los valores culturales tradicionales y en la crítica a lo que estigmatizan como “ideología del género”, que promueve el matrimonio igualitario y la legalización del aborto.

Al igual que en EEUU con el Partido Republicano, su creciente participación política tiende a darse en sintonía con los partidos de la derecha latinoamericana. En ese matrimonio de conveniencias, la derecha tradicional encuentra un aliado que le permite penetrar en los sectores populares, donde los evangélicos tienen una in fluencia ascendente.

Esa estrategia empieza a rendir sus frutos. En Colombia, el movimiento evangélico, aliado políticamente al ex mandatario Álvaro Uribe, fue un factor decisivo en el triunfo del “No” en el plebiscito convocado por el presidente Juan Manuel Santos para ratificar el acuerdo de paz con los guerrilleros de las FARC. En Chile, Sebastián Piñera incorporó en su equipo de campaña a cuatro pastores evangélicos.

Sería ingenuo desvincular estos avances de la inyección de vitalidad que significó para la derecha evangélica la victoria de Donald Trump. En las elecciones de 2016, el candidato republicano capturó nada menos que el 81% del voto evangélico. Desde entonces, Trump se preocupa obsesivamente por retener ese apoyo, que es la columna vertebral de su electorado. Días pasados, se convirtió en el primer presidente estadounidense en hablar en la concentración anual contra el derecho al aborto que los evangélicos organizan anualmente en Washington. Incluso la polémica decisión de trasladar a Jerusalén la embajada estadounidense en Israel estuvo influida por la opinión de los evangélicos norteamericanos, que son defensores incondicionales del Estado judío.

Objetivo: Brasilia

En Brasil, la presencia política de los evangélicos dista de ser una novedad. En el Parlamento, existe la “bancada evangélica”, un interbloque transversal que nuclea a 87 diputados y tres senadores. El actual alcalde de Río de Janeiro, Marcelo Crivella, es sobrino de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, la principal organización de los evangélicos brasileños, que es dueña de un inmenso poder económico y tiene una activa presencia en numerosos países de la región. Crivella pertenece al Partido Republicano Brasileño (PRB), cuyo nombre está inspirado en el Partido Republicano estadounidense.

Ya en las elecciones de 2002, para asegurarse un resultado favorable tras tres derrotas consecutivas, el propio Lula había escogido como compañero de fórmula a José Alencar, un empresario textil paulista de confesión evangélica, quien fue vicepresidente durante sus dos mandatos. Este pragmatismo de Lula fue correspondido por los evangélicos, que lo acompañaron durante sus ocho años de gobierno, aunque después tuvieron un papel protagónico en la ofensiva que culminó con la destitución de Dilma Rousseff. Eduardo Cunha, entonces titular de la Cámara de Diputados y actor fundamental en el juicio político a Roussef (detenido por el “Lava Jato”), era parte de la “bancada evangélica”.

Paradójicamente, en el origen histórico de este avance de los evangelistas estuvo la mano del régimen militar brasileño (1964-1985). Los evangélicos representaban entonces menos del 8% de la población, pero los militares les brindaron apoyo para contrapesar la incómoda influencia de la Iglesia Católica, cuya jerarquía estaba mayoritariamente ganada por las tesis de la “teología de la liberación”.

La Iglesia Universal del Reino de Dios construyó un emporio televisivo, cuyo vértice es la TV Record, que es hoy la segunda cadena más importante de Brasil, después de la todopoderosa Red O’ Globo.

Con el impulso de esa plataforma mediática, los evangélicos implementaron un conjunto de iniciativas extraordinariamente creativas para generar prestigio en la sociedad. Un ejemplo fue su éxito en el mundo del fútbol con la creación del movimiento de “Atletas de Cristo”, surgido en la década del 80: seis de sus adherentes integraron la selección brasileña que ganó el campeonato mundial de 1994, celebrado en Estados Unidos. Joao Leite, un futbolista que militaba entre los “Atletas de Cristo”, fue la primera figura evangélica en proyectarse a la arena política en 1992 y es hoy un destacado dirigente conservador de Minas Geraes, el segundo estado brasile ño después de San Pablo.

En esa estrategia de construcción de poder, que supo aprovechar el conflicto del régimen militar con la Iglesia Católica, la necesidad de Lula de ganar a cualquier precio la elección presidencial de 2002 y el descrédito de la “clase política” generado por el “Lava Jato”, el movimiento evangélico conservador visualiza hoy la posibilidad de llegar al Palacio de Planalto, con la secreta expectativa de alinear a Brasil con la “era Trump”.

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