Facebook, Argentina y el misterio del cuarto amarillo

fb amarillo

 Por Jorge Raventos.    Desde que estalló el escándalo que involucra a Facebook (empleo de su formidable base de datos personales y perfiles de comportamiento para influir sesgadamente en procesos electorales) se ha informado, sin profundizar en el asunto, que la empresa Cambridge Analytics, instrumentadora de aquella información para esos fines, intervino en elecciones en la Argentina.

De confirmarse ese hecho, sería razonable suponer que la fuerza política que contrató esos servicios no haya sido el kirchnerismo: el escrutinio público, oficial y mediático sobre ese sector es tan estricto (llega hasta la difusión de conversaciones telefónicas privadas de la expresidente CFK) que si estuviera involucrado ya habría  habido una lluvia de denuncias. ¿Alguién usó los métodos de Cambridge Analytics? ¿Quién fue? Misterio, por ahora.

Mientras se desarrolla este caso, lo que queda claro es que la tecnología de la llamada Big Data puede ser malignamente empleada en el terreno político, utilizando datos de las redes para inducir comportamientos o manipular posicionamientos; para difundir información falsa y tendenciosa con objetivos direccionados, para hostigar masivamente a determinados sujetos valiéndose de perfiles automatizados en las redes, etc.

En vísperas de las últimas elecciones primarias, el gobierno nacional creó el Observatorio Nacional de Big Data, dependiente  de la Secretaría de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones. No se sabe si el organismo tiene información sobre estos hechos o si estudia, como se prometió al crearlo, algún marco regulatorio que impida el uso dañino de la tecnología y promueva, en cambio, su empleo para fortalecer la democracia.

En Italia, el controvertido Movimiento Cinco Estrellas (la fuerza más votada en las últimas elecciones) ha desarrollado una plataforma de internet llamada Rousseau -homenaje al pensador francés que postulaba la soberanía popular- con el objetivo de facilitar formas de democracia directa y la intervención sin intermediarios de los ciudadanos en la presentación de proyectos de ley. Las tecnologías que han sido (y son) empleadas para manipular y desorientar voluntades puede ser usada para alentar la participación social y transparentar la política y las instituciones.

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