Consignas: ¿”Lo peor ya pasó”? ¿O “Está pasando”?

dujovne en el centro

Por Jorge Raventos.   Esta semana, el Jefe de Gabinete, Marcos Peña, repitió una frase que ya había usado Mauricio Macri: “Lo peor ya pasó”. ¿Un furcio? El Presidente había acuñado ese pronóstico en marzo, al inaugurar las sesiones del Congreso. Después de eso vino la llamada turbulencia cambiaria, la devaluación y el ascenso a la estratósfera de las tasas de interés; el Presidente decidió acudir al FMI y tuvo que introducir modificaciones en su equipo, algo a lo que era renuente. ¿Habrá que suponer que Peña es mejor arúspice que su jefe? ¿Que esta vez sí ya pasó?

Después de que el Presidente decidió entregarle a Nicolás Dujovne la coordinación de la casi decena de ministerios del área económica, al ministro de Hacienda empezaron a tildarlo de superministro. Uno de los primeros en desvirtuar ese concepto fue Peña.

Es natural: aceptar que Dujovne es un superministro equivaldría a que las funciones del propio Peña hubieran quedado devaluadas.

La rectificación del jefe de gabinete sobre el papel de Dujovne podía leerse, entonces: “El único superministro sigo siendo yo”. No se lo llame celo ni competencia intraequipo, pero lo cierto es que desde el área de Peña se viene desplegando un amplio operativo de comunicación para subrayar que ni el propio Jefe de Gabinete ni sus dos subjefes han perdido peso ni -mucho menos- el aprecio o la consideración del Presidente. Destacados analistas se aplicaron a desmentir lo primero (el debilitamiento político del área) sobrevalorando lo segundo y tanto el Jefe como uno de sus subjefes recorrieron canales, emisoras y redacciones con idéntico espíritu.

En rigor, la pérdida de peso relativo de la jefatura de gabinete no está determinada por ningún súbito desapego presidencial sino por los hechos objetivos. El área de Peña había ejercido la coordinación económica hasta ahora y esa gestión no fue precisamente exitosa: debilitó inoportunamente al Banco Central, intentó desplazar a su titular, erosionó el área del gabinete que conduce políticamente la obra pública nacional (ministerio de Interior), fue renuente a la ampliación de consensos (tanto en relación con la oposición como en el seno de la coalición oficialista). Como resultado práctico del torbellino económico y cambiario motorizado por los mercados, el presidente decidió que la coordinación económica pasara ahora a manos de Dujovne. Un economista extraído de altos rangos de un banco extranjero, que se preparaba en la incubadora de la Jefatura de Gabinete para destinos mayores, fue desafectado esta semana: metáfora transparente de un retroceso de esa área. Una imagen completa esa: a la primera reunión del gabinete económico asistieron los dos subjefes de gabinete que con Peña componen el afamado tridente que Macri (hace ya muchas semanas) definió como “mis ojos, mis oídos, mi cerebro”); Mario Quintana y Gustavo Lopetegui se sentaron aplicadamente, como los demás ministros del área, a una mesa en la que la batuta la esgrime Nicolás Dujovne. Sería erróneo, sin embargo, deducir de eso que Peña ha perdido “la oreja” presidencial. Macri sigue necesitando ese pararrayos.

Por su parte, Dujovne, encargado de la vinculación de Argentina con el Fondo Monetario Internacional y primus inter pares de sus colegas del gabinete económico, está claramente encargado de una superfunción, pero falta corroborar que sea un superministro. El hábito no hace al monje. Sus poderes recién quedarán en evidencia cuando, a la hora de recortar egresos (o de mantener subsidios) y de definir rumbos, su opinión choque con la de otros miembros de esa supermesa o con la de Peña. Recién entonces se verá cuál posición prevalece (es decir, en favor de cuál arbitra el Presidente).

La procesión va por dentro

 Por ahora reina la disciplina impuesta por el sobresalto cambiario recién superado y por las dudas sobre el futuro.

Pero ese orden está determinado ahora por el reordenamiento de cargas que sobrelleva el oficialismo. La incorporación del radical Ernesto Sanz a la mesa política de la coalición ya produce chispazos. El menos importante es el que genera Elisa Carrió, quien hace meses que ningunea al político radical. Sanz y el jujeño Gerardo Morales tendrán que afilar sus artes negociadoras para dejar satisfechas las ansias de participación (y de garantías políticas) de su partido, que sospecha que la Casa Rosada privilegiará sus necesidades nacionales y postergará a los candidatos radicales en varios territorios que tienen influyentes gobernadores peronistas, indispensables para las necesidades de gobernabilidad del poder central.

Además, el aporte de los radicales al debate de la cúpula de Cambiemos no se limitará a esas “patéticas miserabilidades”. Desde la UCR se observan críticamente, si no las medidas económicas que impulsa el Pro, sí muchos de sus acentos y su letra chica. El diablo está en los detalles.

La conducción radical recibe el asesoramiento de técnicos con experiencia que aportaron, por ejemplo, el recurso táctico del achatamiento tarifario para tratar de hacer más digeribles los aumentos impulsados por Energía. La propuesta fue precedida por una crítica al estilo impolítico con que se formularon los aumentos.

Detalles: un reconocido especialista radical en energía (Jorge Lapeña) viene cuestionando la privatización de Transener. Otro radical, Ricardo Alfonsín se sumó a la crítica: “El gobierno debería explicar por qué prefiere que esté en manos privadas una actividad estratégica y además, monopólica. Si debatiéramos esto, que es cuestión de fondo, comprobaríamos que las preferencias del gobierno no son técnicas, sino ideológicas”.  Puede predecirse que el clima interno del radicalismo empuja a sus representantes a discutir en el seno de la coalición tanto cuestiones tácticas como técnicas, de procedimientos y gestión. Y también ideológicas. La crisis deja como saldo un retroceso de la concentración de decisiones e iniciativas que venía imponiendo el núcleo duro del Pro.

 No hagan olas

Más discretamente, como suele ocurrir, el propio partido del Presidente elabora las consecuencias de los errores que llevaron a la situación actual. Los grandes jugadores (en primer lugar los jefes de distrito de la Capital y la provincia de Buenos Aires) registran con preocupación que los tropiezos de la administración nacional se traducen en retrocesos en sus territorios.

Nadie culpa por esos pecados a Mauricio Macri. Ya se sabe que los fusibles están para resguardar al centro de la instalación. Peña y sus adláteres (más atrás, Aranguren y el presidente del Banco Central) son los blancos de las críticas.

Tampoco se suponga que en el Pro se ha inaugurado un torneo de tiro al pichón destinado a voltear al Jefe de Gabinete: las críticas son ambiguas, ponderadas y se vuelcan en círculos pequeños. Todos los actores principales son concientes de que este no es un momento adecuado para mayores pases de factura sino para los esfuerzos destinados a estabilizar el bote en el que todos navegan. Pero las situaciones quedan registradas.

La tendencia se invierte

En las últimas semanas han empezado a invertirse las tendencias en el oficialismo y la oposición. Hasta no hace mucho el oficialismo se regocijaba con las divisiones del peronismo (y las estimulaba, dentro de sus posibilidades) mientras, por su lado, gozaba de la relativa unidad que ofrecía el ejercicio concentrado del poder. Ahora, mientras el peronismo muestra señales de reagrupamiento y hasta parece  estar en condiciones de administrar las divergencias entre sus principales tribus ( básicamente: kirchneristas y ex-,anti- o poskirchneristas), es el oficialismo el que empieza a padecer fuerzas centrifugadoras.

El kirchnerismo empuja la oposición más intransigente, el peronismo de raíz federal coopera con el gobierno en algunos puntos en los que coincide, se diferencia en otros y sostiene iniciativas creativas. Por ejemplo, mientras el gobierno se ha encerrado en una negativa a cualquier alternativa al aumento de tarifas (y blande la amenaza del veto presidencial), los senadores del peronismo federal trabajan para modificar el proyecto de sus propias filas que ya tiene media sanción de Diputados.

“Más allá de la justicia del planteo, el proyecto de Diputados introduce cambios de reglas de juego en los contratos y eso es malo para el país, que necesita garantizar seguridad jurídica -explicó el martes el gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey-. Podemos aliviar las tarifas tocando los impuestos. Eso es distinto y los senadores pueden hacerlo porque los impuestos son una atribución.” Si ese proyecto avanza, los recursos que estarían en juego para el Estado serían unos 20.000 millones, cinco veces menos que la cifra que el oficialismo enarbola para acusar de irresponsabilidad fiscal a la oposición.

También, si ese es el proyecto que finalmente se sanciona en el Congreso el veto se convertiría en una medida mucho más costosa para la Casa Rosada.

Hoy el peronismo se permite soñar con un triunfo en 2019. El oficialismo, que lo daba por garantizado, también sueña y estudia variantes mientras atraviesa la meseta de la incertidumbre y lee encuestas que le dibujan una riesgosa pendiente.

¿”Lo peor ya pasó?”.  Involuntariamente, la propaganda oficial que se transmite por los canales acierta con el tiempo verbal adecuado: “Está pasando”.

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