México: Revolución en la revolución

amlo en el zocalo

Por Pascual Albanese.   La victoria de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), unánimemente vaticinada por las encuestas electorales, constituye un punto de inflexión en la historia de México. Como suele ocurrir con estos acontecimientos disruptivos, es más fácil caracterizar lo que termina que identificar a lo que empieza. Queda atrás un siglo de vida política, iniciado con la revolución de 1912 e institucionalizado en 1928 con la creación del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó durante 78 de los últimos 90 años, un récord todavía no superado por ninguna fuerza política en el mundo y que el Partido Comunista chino, paradigma contemporáneo de perpetuación en el poder, igualará recién dentro de dos décadas.

Comienza una etapa signada por el ascenso de un líder carismático que encabeza un nuevo movimiento político desestructurado y heterogéneo, con un perfil ideológico todavía incierto, que en pocos años puso patas para arriba al sistema tradicional de poder, sin que asome con claridad la direccionalidad del cambio.

El ascenso de AMLO tiene aún mayor significación que la victoria de Vicente Fox, el candidato del Partido de Acción Nacional (PAN), la fuerza opositora de centro derecha nacida en 1935 que en el 2000 ganó las elecciones presidenciales y desplazó al PRI por primera vez en 70 años.

En aquel entonces, la apertura del sistema político consistió en el tránsito entre un régimen de “partido hegemónico”, con un partido dominante y una oposición tolerada, que no representaba una amenaza al oficialismo, hacia un bipartidismo con alternancia en el gobierno. El PAN gobernó con Fox entre 2000 y el 2006 y luego con Felipe Calderón entre 2006 y el 2012 y el PRI volvió al poder con Enrique Peña Nieto en 2012. Pero en las causas de aquel encumbramiento del PAN estaba el germen de lo que sucede ahora. Porque la victoria de Fox coronó un proceso de deterioro del PRI iniciado en la década del 80 con la fractura protagonizada por una escisión de izquierda, el Partido Revolucionario Democrático (PRD), liderado por Cuauhtémoc Cárdenas (hijo del presidente mexicano entre 1934 y 1940, autor de la nacionalización del petróleo), quien estuvo a punto de ganarle a Luis Salinas de Gortari (el artífice del NAFTA) las elecciones presidenciales de 1988, cuyos resultados fueron tachados siempre de fraudulentos.

Esa irrupción del PRD como tercera fuerza insinuó la instauración de un “tripartidismo imperfecto”. El PRI y el PAN se turnaban en el gobierno, mientras el PRD permanecía como una opción contestataria, aunque con una crecida presencia parlamentaria y el control de importantes gobiernos locales. Ese fue el punto de partida de la carrera política de López Obrador, un dirigente del PRI que emigró al PRD y que en 2000 ganó la alcaldía de México y desde allí se proyectó como una figura de relevancia y candidato presidencial de su partido, derrotado sucesivamente por Calderón en 2006 y por Peña Nieto en 2012. La novedad fue que tras su derrota electoral de 2012 López Obrador rompió con el PRD, al que acusó de reproducir las mañas del sistema y dejó prácticamente reducido la nada, y se lanzó a la formación del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), cuyo rasgo distintivo fue el ataque frontal a la corrupción del sistema político. Si en 2000 Fox fue el ariete contra el “priismo”, AMLO expresa el repudio al “prianismo”, apócope acuñado para simbolizar la alternancia entre el PRI y el PAN, que en estas elecciones recibió el apoyo de los restos mortales del PRD.

Lo que viene

Como ocurre con la irrupción de fuerzas políticas aluvionales, el fenómeno López Obrador se entiende mejor por lo que rechaza que por lo que afirma. Esa vaguedad de sus formulaciones programáticas ayudó a la propagación de interpretaciones más o menos extravagantes, alimentadas por la prédica de la elite política, económica y cultural mexicana, interesada en atacarlo por “populista”, identificarlo con el “chavismo” y alertar contra la conversión de México en otra Venezuela. Sin embargo, en términos regionales, AMLO se asemeja más a Lula que a Hugo Chávez.

Si bien López Obrador mostró siempre el perfil de un nacionalismo izquierdizante y su prédica proselitista exhibió una retórica anti-estadounidense, su gestión al frente de la alcaldía de México y el variopinto equipo de asesores que lo rodea reflejan un pragmatismo que tendrá que extremarse en la conducción de un país que, como sentenciara Porfirio Díaz (el último presidente de la era pre-revolucionaria), está “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Paradójicamente, la prédica anti-mexicana de Donald Trump, acompañada por sus iniciativas sobre la inmigración y la revisión del NAFTA, contribuyó al éxito de López Obrador, quien exacerbó el orgullo nacionalista de sus compatriotas.

Pero en las postrimerías de su campaña electoral, AMLO manifestó su voluntad de entrevistarse con Trump para discutir “cara a cara” los conflictos de una relación bilateral de carácter estratégico para dos países que son socios comerciales y tienen una frontera común de 3.200 kilómetros, transformada en la principal ruta mundial del narcotráfico, el mayor flagelo que azota a México. Valdría agregar que probablemente haya caído bien a Trump, quien viene de abrazarse en Singapur con Kim Jong-un, a quien poco antes había estigmatizado como el “hombrecillo cohete”.

Un detalle que suele pasarse por alto es que López Obrador pertenece a la Iglesia Adventista del Séptimo Día y otorgó en su coalición un lugar destacado al Partido del Encuentro Social (PES), una fuerza promovida por los pastores evangélicos. AMLO confunde a sus partidarios de izquierda por su encendida defensa de los valores tradicionales y su abierta oposición al matrimonio igualitario y la despenalización del aborto.

Entre sus consignas de campaña figura ”el bienestar del alma”.

En la sociedad azteca, el laicismo predominante en las elites contrasta con una arraigada religiosidad popular. Suele decirse que en México los ateos no creen en Dios pero sí en la Virgen de Guadalupe.

Más allá de que la inmensa mayoría de la población es católica y que los evangélicos conforman apenas una pequeña minoría, aunque en franco ascenso, el conservadorismo cultural de López Obrador sintoniza con ese sentimiento mayoritario.

López Obrador, el flamante mandatario de México, no representa un salto al vacío sino más bien una “revolución dentro de la revolución”.

Dato significativo

Pero esta sintonía cultural oculta otro dato significativo: el movimiento evangélico es la columna vertebral del electorado de Trump en Estados Unidos. Existe allí un canal de entendimiento que no sería conveniente subestimar.

En medio de estas turbulencias, cabe resaltar empero un importante factor de previsibilidad. México tiene el régimen político más estable y sólido de toda América Latina.

En los últimos 84 años, se sucedieron en el gobierno catorce presidentes que completaron sus respectivos sexenios. En ese contexto, López Obrador no representa un salto al vacío sino más bien una “revolución dentro de la revolución”. Es una nueva historia con final abierto.

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