Cuando estallan las garrafas y la corrupción

cuadernos

Por Jorge Raventós.   Es probable que si hubiera ocurrido en otro momento (bajo la administración anterior, por ejemplo o, quizás, un día antes de las revelaciones de los llamados “cuadernos de la corrupción”), la negligencia oficial que condujo a la virtual voladura de un colegio del conurbano a minutos del inicio de la jornada escolar y a la muerte de su subdirectora y del portero del edificio como producto de la explosión habría monopolizado las primeras planas y los espacios de televisión y seguramente habría determinado un temblor político en el área responsable.

 Cuestión de prioridades

La “tragedia que pudo haberse evitado” (según la expresión del intendente de Moreno) no tuvo esa repercusión, sin embargo. Probablemente porque no se dió en las circunstancias apuntadas más arriba.

Resulta interesante comprobar cómo, pese a los cambios políticos que algunos pintan como “epocales”, se modifican los elencos pero ciertos comportamientos se reiteran. Gobernantes que toman distancia de la situación dolorosa “para evitar su uso político” y funcionarios que culpan hacia abajo: al maquinista en la tragedia (que pudo haberse evitado) de la estación Once o al gasista matriculado convocado por el Consejo Escolar de Moreno que, según Sergio Siciliano, subsecretario de Educación bonaerense, debe dar explicaciones  “por un trabajo mal realizado o por una situación no contemplada”.

También está la indiferencia burocrática. Es evidente que el abandono de la infraestructura escolar no empezó ayer ni se puede solucionar radicalmente de un día para otro. Pero no resulta menos obvio que las emergencias deben atenderse expeditivamente, mucho más cuando los pedidos de solución se reiteran durante semanas.

El espacio para este tipo de consideraciones escaseó  esta vez. Los medios principales se dedicaron muy prioritariamente a informar sobre el meticuloso registro de un chófer que testimonia el cobro de millonarias sumas a contratistas del Estado y el traslado de esos montos a distintos domicilios, que incluyen protagónicamente los que ocuparon en la zona metropolitana el difunto presidente Néstor Kirchner y su sucesora y viuda, Cristina Fernández de Kirchner.

Para los editores periodísticos es mucha veces dilemático asignar la prioridad informativa. ¿Privilegiar lo que parece el inicio (o la confirmación) de un gran escándalo político-institucional o una tragedia humana que cobró dos vidas y por milagro no se convirtió en una especie de Cromagnon infantil en el que pueden rastrearse responsabilidades político-burocráticas?

Siempre cabe la posibilidad, claro está, de priorizar un tema sin por ello asordinar el otro. Y siempre hay motivos para hacer lo que se hace.

Teorías conspirativas y cortinas de humo

A la vista de esos dilemas no faltan malpensados que se asocian a las teorías conspirativas y sostienen que historias como la de los “cuadernos de la corrupción” son puros embelecos para distraer a la opinión pública. Se había dicho lo mismo del lanzamiento del proyecto oficial de reforma militar. Mutatis mutandi, el gobierno de La Plata quiere ver conspiraciones políticas en las protestas por la explosión de Moreno.

Es cierto que  todos los gobiernos, cuando no encuentran soluciones a las demandas sociales más acuciantes, se sienten tentados de usar recursos diversionistas para mantener al público ocupado en otros temas. No siempre esos procedimientos terminan de la mejor manera.

Si la vía libre al debate sobre el aborto, por ejemplo,  constituyó una variedad de esa especie, hoy el gobierno debe de estar arrepentido. La semana próxima, cuando el Senado se pronuncie (al día de hoy se estima que triunfará el “voto no positivo” y será rechazado el proyecto que adquirió media sanción en Diputados), es probable que haya agrias manifestaciones de descontento protagonizadas por el activismo propiciador del aborto libre, un sector al que el Ejecutivo -justa o injustamente- fue en la práctica adherido.

Es difícil que de ese colectivo el gobierno coseche algún tipo de apoyo político-electoral. Es probable, a la inversa, que la ambigüedad exhibida en el tema (apertura del debate, promesa de no vetar una eventual aprobación del aborto legal, compromiso de su ministro de Salud en una posición estrecha que define al tema como “una cuestión de salud pública”, en convergencia  con  el sector favorable a la legalización) le reste simpatía de aquellos que respaldaron el rechazo al aborto, una porción importante de los cuales han sido votantes de Cambiemos. Figuras como la vicepresidente Gabriela Michetti, los senadores Federico Pinedo y Esteban Bullrich y, muy notoriamente, la gobernadora María Eugenia Vidal, son custodios confiables de esos votos.

En cualquier caso, los hechos muestran que la eventual intención distractiva de los gobiernos puede tener resultados que trastornan los cálculos originales.

 El revés de la trama

Pero, así como en una nota anterior esta página no dió crédito a que la reforma militar pudiera reducirse a un subterfugio de ese tipo, el caso de “los cuadernos de la corrupción”  también merece una mirada diferenciada del conspirativismo. La prolija minuciosidad  descriptiva  del chófer del Roberto Baratta puede tener motivos misteriosos que sería bueno elucidar, pero resulta rebuscado imaginar que fuera inducida por el actual oficialismo.

Es el contenido de esas descripciones redactadas durante varios años el que revela la trama de una conspiración: una contra la transparencia de los negocios públicos. La Justicia lo ha considerado tan verosímil como para determinar más de una decena de detenciones (varias de ellas de altos empresarios, del llamado “club de la obra pública” en otros tiempos conocido como “patria contratista”). Baratta se ha acogido a la figura del colaborador de la Justicia y ya hay un empresario que se inclina por el mismo camino. Muchos aguardan confesiones caudalosas.

El estallido de este escándalo puede servir objetivamente como un sonajero diversionista, pero sería injusto atribuir esa función a una intención oficialista.

Aunque haya sectores que se indignen por ello, la sociedad tiene otras prioridades (economía, inflación, seguridad, empleo; también las condiciones en que se educa a los niños) pero no está en modo alguno desinteresada de las calamidades de la corrupción y los negocios sucios. Más bien espera que esas historias tengan un fin  en el que la Justicia actúe con energía y los malvados sean condignamente castigados. Es lógico pues que los medios les presten atención.

Como resultante de este affaire habrá, eso sí, nuevas presiones para que el Senado apruebe la ley de extinción de dominio (destinada a recuperar para el Estado toda clase de activos que integren la riqueza derivada de actividad delictiva).

Es obvio que Cambiemos querrá hacerle pagar al peronismo el costo de demorar esa norma y también cualquier reticencia que quiera imponer a las medidas de investigación (desafuero incluido) de la expresidente Cristina de Kirchner  que reclama el juez Claudio Bonadio. También en tiempos difíciles impera la política..

El peronismo federal seguramente admitirá aquellas medidas que reclama la Justicia que no impliquen la intervención de un poder sobre otro. No se opondrá a que se investiguen los domicilios de la expresidente, pero si las instalaciones del Senado. No admitirá el desafuero si no hay antes una condena firme. Es un argumento institucional.

La lógica del gobierno es aprovechar los flancos escandalosos del pasado reciente para debilitar tanto al kirchnerismo como al peronismo postkirchnerista. Este último sector debe encontrar la diagonal para diferenciarse políticamente de la cúpula K para impedirle al oficialismo usufructuar una polarización que siempre le ha convenido. Y también subrayará las asignaturas económicas, donde el gobierno está flojo de papeles, pese a la denodada propaganda oficial.

 Oda al entusiasmo (forzado)

Alejandro Rozitchner, el filósofo de cabecera del Presidente, exageró unas noches atrás por TV: “Más allá de esta tormenta o turbulencia, no estoy preocupado, porque este Gobierno va bien y va a ir mejor”,

Pese a que medita en oficinas de la Casa Rosada y asiste esporádicamente a las reuniones de gabinete, la visión panglossiana de Rozitchner no necesariamente debe ser atribuida a todo el gobierno. Sin embargo, el pensador suele reflejar bien las atmósferas que la cúpula del Ejecutivo busca transmitir.

Los altísimos funcionarios, por caso, se declaran muy satisfechos con su estrategia para calmar la “tormenta cambiaria”. Quizás lo hacen para  ocultar algunos signos de inquietud.

Por ejemplo: el ministro de Hacienda (“superministro” del área económica), Nicolás Dujovne, decidió modificar la cantidad de dólares oficiales que  licita diariamente; la redujo a la mitad.  Esa oferta ha sido uno de los instrumentos de aquella estrategia diz que exitosa, pero su uso determinó que desde la última semana de junio, momento en que ingresaron efectivamente 15.000 millones de dólares del Fondo Monetario Internacional,  hasta el fin del mes de julio se consumiera el 20 por ciento de aquella suma: 3.000 millones de dólares. Una herramienta cara, como se ve.

Y escasamente sostenible. Apenas Hacienda decidió administrar más cautamente su alcancía y redujo el monto de sus licitaciones, el dólar volvió a subir.

“Queremos  seguir siendo tan entusiastas como al principio”, confesó Marcos Peña una semana atrás. Resulta claro que, más que exhibir el entusiasmo que hasta hace algunos meses le brotaba con cierta espontaneidad, ahora el gobierno desea fervientemente recuperarlo. Y, sin el combustible original, sobreactúa. ¿Por cuánto tiempo es verosímil hacerlo?

Durante un período, los cuadernos cuadriculados del chofer Centeno y las novedades que produzca Comodoro Pi mantendrán alimentados a los medios e inyectarán fervor en el público propio.

Pensando en las urnas de 2019, el problema que debe resolver el gobierno es el otro público, el que alimenta su fervor con respuestas sobre empleo, precios, seguridad y  educación de sus hijos.

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