Venezuela, Nicaragua, Cuba: el canto del cisne

eje bolivariano

Por Pascual Albanese.   Lo que resta del “eje bolivariano” que hace unos años amenazaba erigirse en una poderosa fuerza emergente en el escenario latinoamericano padece una enfermedad terminal: Venezuela, Nicaragua y Cuba, los tres países que constituyen el remanente de aquella historia, atraviesan otras tantas crisis.En Venezuela y Nicaragua, sendas convulsiones amenazan derribar a los regímenes de Nicolás Maduro y Rafael Ortega. En Cuba, el gobierno de Díaz Canel busca una apertura gradualista para evitar el colapso.

Ecuador y Bolivia, los otros dos países de la región que coquetearon con aquel experimento, toman prudente distancia. En Quito, el presidente Lenin Moreno rompe con su antecesor, Rafael Correa, quien corre el serio riesgo de terminar en la cárcel por supuestos actos de corrupción.

En La Paz, Evo Morales, si bien insiste en forzar el texto constitucional para lograr su cuarta reelección consecutiva, desarrolla una política económica harto prudente, que hasta merece el elogio del Banco Mundial.

Los dos grandes

Brasil y Argentina, las dos potencias sudamericanas cuyos anteriores gobiernos habían cimentado vínculos amistosos con Hugo Chávez y sus aliados, impulsan sendos giros copernicanos en los sistemas de alianzas enhebrados por Lula y por Cristina Kirchner, actualmente procesados. Sus nuevos presidentes, Michel Temer y Mauricio Macri, embistieron conjuntamente contra la estructura de la Unasur, hoy paralizada. Símbolo elocuente de este drástico viraje es la resolución de la Asamblea Nacional ecuatoriana que resolvió retirar de la sede del organismo regional una estatua de Néstor Kirchner.

El nuevo mandatario colombiano, Iván Duque, y sus flamantes colegas de Chile, Sebastián Piñeira, y de Paraguay parecen dispuestos a profundizar el alejamiento entre sus respectivos países y el eje Caracas – La Habana – Managua.

La última esperanza “bolivariana” de encontrar un interlocutor político confiable y comprensivo en América Latina, que sustituyera al Brasil de Lula y Dilma Rousseff, acaba de esfumarse: los primeros pasos del futuro presidente mexicano, Andrés López Obrador, revelan su manifiesta voluntad de buscar un acercamiento con Washington.

Entre el atentado y la bancarrota

El confuso atentado con drones contra Maduro abrió un abanico de interrogantes, pero arrojó una certeza: el porvenir de su gobierno depende única y exclusivamente de lo que suceda dentro de los cuarteles. En Caracas, existe un régimen militar con cabeza civil. El “chavismo” volvió a sus fuentes. Las Fuerzas Armadas son el árbitro de la situación y resulta difícil penetrar el cada vez más hondo hermetismo castrense.

Nadie conoce a ciencia cierta la identidad ni la fortaleza de “Los Soldados de Franela”, la organización que se atribuyó el atentado, pero los indicios apuntan a que se trata de un grupo cívico – militar, conectado con la oposición política, que se plantea acciones armadas orientadas al derrocamiento de Maduro.

El cerrojo informativo impuesto por el régimen también impide saber con exactitud la cantidad de oficiales del Ejército presos por haber desobedecido órdenes superiores de represión contra las manifestaciones callejeras opositoras y/o por ser considerados sospechosos de conspirar.

No obstante, versiones fidedignas consignan que hay cerca de 300 uniformados detenidos y apuntan sobre la existencia de una brecha creciente entre la cúpula militar, comprometida con el régimen a través de una amplia red de negocios que incluye el narcotráfico, y la oficialidad joven, donde crece el descontento.

La debilidad de la oposición política, que ha sido incapaz de estar a tono con la dimensión de la disconformidad social, potencia el rol de la Iglesia Católica, erigida hoy en el principal contrapoder de Maduro. En tal sentido, juega un papel relevante la Compañía de Jesús, cuyo Superior General, promovido por el papa Francisco, es significativamente un venezolano, Arturo Sosa Abascal, destacado politólogo que en la década del 90 fue profesor en la Escuela de Guerra y conoce los matices de la idiosincrasia castrense.

Este antecedente torna más importantes las recientes declaraciones del sacerdote jesuita venezolano Luis Ugalde, de 79 años, también amigo de Francisco y ex Director Superior de la Orden en América Latina, quien subrayó que “en la transición tiene que haber militares democráticos, porque este gobierno es militar y el día que los militares digan no apoyamos la dictadura y vamos a rescatar la democracia como manda la Constitución, entonces ahí se produce el cambio”.

Según Ugalde, “el gobierno sabe que los militares lo quieran sacar y tiene miedo. En los cuarteles hay un malestar terrible”.

Cambiar o morir

La debacle económica de Venezuela golpeó con singular fuerza a Nicaragua y Cuba, cuyos gobiernos sobrevivían gracias al abastecimiento de combustible barato provisto por su socio de Caracas.

El cese de esa ayuda provocó un colapso en la economía nicaragense y un serio estrangulamiento en la cubana. Los dos regímenes tambalean, pero las situaciones internas de ambos son muy distintas y los pronósticos ameritan entonces marcadas diferencias. Existe empero un común denominador que también los emparenta con Venezuela: la debilidad de la oposición civil hace que la Iglesia Católica asuma un creciente protagonismo y que el arbitraje final quede en manos de las Fuerzas Armadas.

En Nicaragua, el presidente Daniel Ortega sustituyó a las Fuerzas Armadas por bandas paramilitares protegidas por el Estado para reprimir las masivas manifestaciones que copaban las calles de Managua y de las principales ciudades del país centroamericano.

El régimen “sandinista”, cada vez más parecido al de la dinastía de la familia Somoza, oscila entre un tímido diálogo con la oposición, mediado por la jerarquía eclesiástica, y un endurecimiento represivo que puede llevar a un verdadero baño de sangre.

Viraje cubano

En Cuba, el nuevo presidente Miguel Díaz Canel, en absoluta sintonía con su antecesor, el octogenario Raúl Castro, quien sigue ostentado el poder detrás del trono, se apoya en las Fuerzas Armadas para impulsar un viraje “a la china”, para amalgamar crecientes dosis de economía de mercado con el mantenimiento del monopolio del poder político de la burocracia gobernante, en la que el peso del Ejército supera a la menguante influencia del aparato del Partido Comunista.

La única y lejana esperanza de Caracas, Managua y La Habana es que China o Rusia les vuelquen su apoyo económico para hacer pie en América Latina, pero hasta ahora Beijing y Moscú prefieren una estrategia de penetración económica con eje en Brasil antes que comprarse un pleito con los Estados Unidos de Donald Trump.

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