Cayendo hacia arriba

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Por Jorge Raventos.   El último viernes el gobierno se permitió un suspiro de alivio: el dólar cerró a 38 pesos, un poco más lejos del 40 por donde había navegado buena parte del jueves. Los medios  afines titularon con amabilidad: “el dólar cayó a 38”. En rigor, hace tiempo que la divisa estadounidense viene cayendo hacia arriba. En enero de 2016 cotizaba a alrededor de 14 pesos; en abril de este año estaba a 20 y centavos; a fines de julio rondaba los 28 pesos. El viernes cayó a 38.

Con el dólar superando día tras día sus performances anteriores y el riesgo país y las tasas de interés emulando records históricos, los hechos están convirtiendo el discurso dominante en el gobierno en un bumerán.

En su etapa más copada por ese culto al entusiasmo que suelen predicar sus filósofos de gabinete, el Presidente decía cosas como estas: “La inflación es culpa de un gobierno que no sabe administrar, que no sabe gobernar: hace que lo que los argentinos ganamos valga cada vez menos (…) lo normal es que una  persona cuando va al supermercado sepa 90 precios, pero hoy nadie sabe ninguno”.  Pronunciadas apenas unos meses atrás, esas palabras suenan hoy como  un relato de anticipación. Tras la vorágine de miércoles y jueves  nadie sabe ya cuál es el precio del dólar y, como consecuencia, no se conoce el precio de nada: ¿a cuánto comprar o vender sea lo que sea? Así, la sociedad penetra en una paralizante situación de anomia. El desprecio por el peso reintroduce en el escenario la hipótesis de la dolarización.

¿Y dónde está el fusible?

El miércoles último, “el mejor equipo” delegó en su jefe, el Presidente, la función de fusible y lo expuso a un deterioro de autoridad formidable: inmediatamente después del breve aviso en el que Mauricio Macri comunicó ese día que el FMI facilitaría financiamiento y flexibilizaría el acuerdo suscripto hace tan poco por sus ministros, una oleada de desconfianza empujó el dólar fuertemente.  El Presidente había anunciado un acuerdo que todavía no estaba cerrado. Además, los trascendidos de esa tarde  de que no habría cambios políticos ni movimientos en el gabinete se tradujeron al día siguiente en una nueva trepada que llevó el billete norteamericano más allá de los 40 pesos (una cifra que el Banco Central consiguió  bajar unos centavos a costa de otros 500 millones de dólares de las reservas).

Resultaba ya evidente que el discurso entusiasta e impermeable del jefe de gabinete Marcos Peña , que a menudo ha conseguido el endoso presidencial,no convence (“No estamos ante un fracaso económico”, había aseverado Peña ante empresarios en el Hotel Alvear mientras el dólar saltaba); tampoco resulta suficiente como respuesta atarse al mástil del FMI. Perplejo, un alto funcionario comentaba ante los cronistas: “Dimos todas las señales que el mercado quería, pero no nos creen. ¿Qué más podemos hacer?”.

Se podría buscar una pista para responderle en una anécdota de Dustin Hoffman – quizás apócrifa, ya que algunos hacen intervenir en ella a Sir Laurence Olivier y otros al tambien actor, británico y también Sir, John Gielgud-. Un Hoffman jovencito le contaba a su veterano interlocutor cómo había preparado su famoso papel de Rico Rizzo en Perdidos en la noche: “Conversé con muchos miserables de Nueva York, aprendí a copiar sus frases y modismos, caminé con piedras en los zapatos para renquear como debía hacerlo el personaje”, se ufanaba Hoffman. Y Gielgud (u Olivier) le respondía, paternalmente: “Muchacho, ¿no habría sido más sencillo actuar?”.

En efecto,en la crisis argentina,  ¿no sería más sencillo actuar que, por ejemplo, subordinar la búsqueda de soluciones a que estas sean funcionales a una estrategia electoral que se vuelve  ilusoria si lo que se siembra son  condiciones de ingobernabilidad?

El gobierno no ganó una guerra

Como si el tiempo abundara, el gobierno decidió tomarse el viernes y el fin de semana para anunciar rumbos y medidas que planteará en Washington. Sin embargo, lo que provoca que las cosas se le vayan de las manos -señalábamos aquí una semana atrás-, junto con los números es  “la sensación (que inquieta a los inversores) de que el país no termina de componer un sistema político estable, que pueda impulsar y mantener reformas básicas”.

Un sistema de esa naturaleza se compone sobre la base de acuerdos centrales y de responsabilidades discutidas por las partes, no sobre la idea de que “los otros” deben cuadrarse y hacer la venia a un supuesto programa de  regeneración cultural y moral que exige la subordinación de los demás. Para actuar como el general McArthur en Japón hay que haber ganado una guerra. Y no se gana una guerra por ballotage.

Se ha subrayado reiteradamente en esta columna que “los mercados” no miran sólo al gobierno de turno, sino también a la oposición que puede ser en algún momento alternativa. El gobierno se benefició al principio de su gestión del respaldo del peronismo “racional”, con el que consiguió ya dos presupuestos, decenas de leyes  y, sobre todo, la legislación que liberó al país del aislamiento internacional de la década anterior. Pero el oficialismo  prefirió empujar a esos aliados estratégicos al campo del kirchnerismo e identificarlo con éste cada vez que ese peronismo intentó objetar algunas de sus iniciativas porque, calculando en términos de estrategia electoral, el gobierno siempre ha temido la competencia de ese peronismo capaz de llegar a los sectores medios y ha preferído agitar como enemigo electoral la figura de Cristina Kirchner. Este es un bocado fácil, con un  techo infranqueable.

Así, el sueño del oficialismo, ya convencido de que no podrá eludir el ballotage de 2019, sería tener al kirchnerismo como rival en esa circunstancia. Ese sueño, que ha colaborado a realizar, es la pesadilla que agita a los mercados. Esa combinación equivale a una derrota porque demostraría que el sistema está fatalmente contaminado.

A falta de carisma y administración

Desde dentro de Cambiemos ha habido voces que reclaman un cambio, que implicaría dar señales claras. El capitán puede cambiar de instrumentos y de tripulación -para usar la gráfica imagen del ministro Rogelio Frigerio. Es evidente que debería hacerlo para afirmar su conducción.

No tiene demasiado sentido encarar una nueva discusión con el FMI desde la soledad de un poder que sufre una crisis de confianza. Habría que hacerlo después de demostrar la disposición a corregir: no sólo mover piezas en el gabinete (clásico signo de rectificación ante una crisis en cualquier país del mundo), sino  ampliar las bases políticas de sustentación del gobierno y discutir con esa oposición y con los sectores sindicales  la postura común a adoptar ante el organismo.

“Achicar el déficit” no es un programa, sino un objetivo. Un objetivo importantísimo, sí;  pero el programa (dónde cortar el gasto, cómo incrementar los recursos, qué sectores  afectar más y cuáles menos a la hora de la imposición o los ajustes) es lo que debe discutirse en una mesa interna amplia antes de revisar un acuerdo que si tan pronto debe ser corregido es porque no contempló esos protocolos oportunamente.

No sólo a la oposición debería escuchar el Ejecutivo, sino a sus propios socios. Un sector del Pro pide observar la situación sin falso optimismo, con rigor y humildad y abrir el diálogo.

El radicalismo, por su parte, también apuesta a una respuesta política de amplitud y sus economistas -por caso, José Luis Machinea- aportan consejos y argumentos; estiman que, dado el carácter excepcional de la crisis habría que apartarse (momentánea, excepcionalmente) de algunas medidas a las que el gobierno se ha aferrado: habría que restablecer retenciones a las exportaciones (sobradamente estimuladas con la devaluación del peso), volver a poner un plazo para que los exportadores liquiden las divisas, gravar las compras con tarjeta en el exterior. “Sólo se puede recortar sobre los márgenes y así no se puede cumplir el programa con el FMI. Hay que buscar la solución por el lado del aumento de ingresos”. En La Nación, un analista agudo y para nada enemistado con el oficialismo como Eduardo Fidanza señala que “lo que no otorgaron el carisma y la buena administración lo tendrá que proveer ahora una propuesta agónica: en la que el dinero que falta lo faciliten las elites económicas, no la gente común”.

La reunión que mantuvieron esta semana gobernadores justicialistas con líderes políticos y parlamentarios de ese signo (Sergio Massa, Miguel Pichetto) y con la dirigencia de la CGT es una señal de que se está insinuando un consenso en el sentido de ayudar a la gobernabilidad y sugerir reformas. En aquella reunión se decidió desarrollar una versión propia de un programa de equilibrio fiscal que, admitiendo el objetivo acordado con el Fondo (rebaja del déficit en 1,3 por ciento en 2019)  señala caminos diferenciados de los que dibujaron los equipos del gobierno. En buen romance: hay disposición a analizar acuerdos. Corolario: ese proceso requiere estar dispuesto a hacer concesiones a la contraparte.

Aunque sería ingenuo imaginar que las distintas fuerzas se olvidarán de las urnas del año próximo, este no parece  el momento -ni para la oposición ni para el oficialismo-  de que esas especulaciones prevalezcan.  Ahora se trata de asegurar la gobernabilidad, llevar la nave del país a aguas más serenas y ofrecerle condiciones de continuidad a una transición que requiere muchos actores y en la que ninguno está en condiciones de monopolizar la marquesina.

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