El nuevo nacionalismo israelí

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Por Pascual Albanese.   Un nuevo nacionalismo asoma en Tel Aviv. La sanción de la ley que consagra a Israel como Estado Nación Judío y establece al hebreo como única lengua nacional, relegando a un segundo plano el árabe (idioma hablado por el 15% de la población), constituye un punto de inflexión en la historia israelí, pero representa también la culminación de un proceso cultural de carácter identitatario que redefine la naturaleza del estado creado hace 70 años.

La definición de Israel como el “hogar nacional para el pueblo judío” adquiere una renovada significación política.

Este cambio cultural se manifiesta en la vida cotidiana. Desde la ropa utilizada por las mujeres al aumento de restaurantes y hoteles “kosher”, donde hay que seguir estrictas normas alimentarias, pasando por los lugares donde no funcionan los ascensores en “sabath” (la fiesta de los sábados), se advierte que la sociedad israelí experimenta un giro profundo, que apunta hacia una redefinición de su identidad.

La principal expresión de este fenómeno es el avance de los “ortodoxos” en la población israelí, producto de la combinación entre un aumento de la religiosidad y un mayor índice de natalidad de las familias con prácticas religiosas más intensas.

Un estudio demográfico estima que en 2065 uno de cada tres judíos israelíes será “ortodoxo”.

El Ejército, tal vez la institución fundamental del Estado israelí, es una cabal demostración de esta tendencia ascendente: en la década del 90, apenas el 2% de los militares que hacían el curso de oficiales llevaba “kipá” (el solideo que distingue a los judíos ortodoxos), mientras que ahora ese porcentaje se acerca al 40%.

La reacción de las minorías nacionales no judías asentadas en el territorio israelí, principalmente la población árabe, así como el rechazo indignado de la izquierda sionista a una legislación que no vacilan de calificar de “racista”, es insuficiente ante la potente oleada nacionalista que reestructuró el mapa político y convirtió al otrora hegemónico Partido Laborista de David Ben Gurion en una expresión casi irrelevante, mientras que las formaciones de la derecha religiosa adquirían una mayor presencia en la coalición gubernamental encabezada por Benjamín Netanyahu.

Corrientes culturales en pugna

La pugna entre el nacionalismo laico y el fundamentalismo religioso acompañó a la historia de Israel desde sus orígenes. El nacimiento del sionismo, liderado por Teodoro Herz, a fines del siglo XIX, fue contemporáneo al fenómeno europeo de consolidación de las nacionalidades, que tuvo sus manifestaciones más relevantes con la reunificación de Italia y Alemania.

Este nacionalismo, como el europeo, fue laico, no religioso. Reivindicaba el principio del “Estado Nación” y reclamaba ese derecho de autodeterminación nacional para el pueblo judío, víctima de la discriminación y a veces de feroces persecuciones en la Rusia zarista, en la Polonia católica y en varios países de la “Europa civilizada”.

Ben Gurion y el laborismo israelí, que con impronta internacionalista y cosmopolita y su tinte ideológico socializante fue la fuerza política hegemónica en la larga lucha por la creación del Estado de Israel.

Durante el período que media entre su fundación en 1948 y su derrota electoral en 1977 a manos de Menahem Beguin, expresaron ese espíritu originario, mayoritario en la comunidad judía europea y estadounidense y entre los colonos que protagonizaron la epopeya de convertir a un desierto en una potencia tecnológica mundial.

Pero junto a esa corriente principal existieron siempre otras dos corrientes secundarias que en distintos períodos alcanzaron mayor o menor relevancia política.

Una es la derecha nacionalista, pero también laica, del Partido Likud, cuyo líder fue Beguin (antiguo jefe del Herut, una organización guerrillera que operó en Palestina durante la ocupación británica). Ya en la década del 30, mientras Ben Gurión y los laboristas apostaban a la negociación con las potencias occidentales para lograr la creación del Estado judío, Beguin optaba por la acción directa contra la ocupación.

La segunda de esas corrientes secundarias es el judaísmo ortodoxo, ampliamente mayoritario entre la escasa población judía que residió durante siglos en Jerusal én antes de la llegada de los primeros pioneros sionistas, a principios del siglo XX, y que nunca vio con agrado la fundación de un Estado judío, que a su juicio contradecía sus mandatos religiosos, que supeditaban la redención del pueblo judío al regreso del Mesías.

El frente nacional religioso

A partir de la década del 80, estas dos corrientes secundarias, pero coincidentes en su animadversión al laborismo, empezaron a establecer vasos comunicantes. La fuerza del Likud creció con dos fenómenos demográfico sucesivos. El primero fue la inmigración sefardita (la población judía proveniente de los países árabes). El segundo fue el inexorable crecimiento de la población “sabra”, primera generación de israelíes nativos y, por lo tanto, no vinculados, como lo estaban sus padres, con las comunidades judías de origen. Netanyahu es el primer jefe de Gobierno nacido en Israel.

Mientras tanto, dentro de la corriente “ortodoxa”, que crecía también dentro de los “sabras”, se experimentó una mutación. La desconfianza inicial hacia el Estado de Israel, que en algunos casos extremos llevó a una solidaridad con la causa palestina, entró en contradicción con el natural instinto de supervivencia ante las amenazas que se cernían sobre su existencia, multiplicadas por el surgimiento del terrorismo islámico. Emergió entonces un virulento nacionalismo religioso, que convergió con el nacionalismo tradicional del Likud.

Esa convergencia de fuerzas, que fue el factor determinante de la victoria de Beguin en las elecciones de 1977, resultó enriquecida por el aporte de la gigantesca oleada de judíos rusos que emigraron masivamente a Israel con la caída de la Unión Soviética y constituye la columna vertebral de la alianza que sostiene a Netanyahu y avanza con este proyecto de afirmación nacionalista, que no casualmente recibe el espaldarazo de Donald Trump, quien a su manera también intenta encarnar el resurgimiento de un “nacionalismo blanco” en Estados Unidos.

Las paradojas del destino hacen que Israel siga un proceso análogo a lo que sucede con los palestinos, cuyo conducción política originaria, expresada por el nacionalismo laico de la Organi zación para la Liberación Palestina (OLP), liderada por Yasser Arafat, fue erosionada a partir de la década del 80 por la irrupción del fundamentalismo religioso, encarnado por Hamas, que reivindica otro nacionalismo religio so, en este caso islámico, domina la franja de Gaza y periódicamente lanza misiles contra el territorio israelí.

 

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