Populismo(s)

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Por Miguel Angel Iribarne. Uno de los signos de la perdurable fragilidad científica de la Politología está constituido por la enorme dificultad en consolidar un vocabulario genéricamente aceptado por la mayoría de sus cultores. En los casos de palabras como “democracia”, “socialismo” o “populismo”, por ejemplo, la equivocidad quizás alcance su máximo. Qué tienen en común –respecto de la primera- la democracia estadounidense con las “democracias populares” vigentes por casi medio siglo en la Europa Central y Oriental? Cómo confundir a Rosa Luxemburgo con Adolf Hitler, ambos autodesignados como socialistas? Dónde está el hilo conductor entre el “populismo” de Bolsonaro y el de Podemos?

La respuesta a esta última pregunta aparenta ser fácil para ciertos intelectuales y semiintelectuales satisfechos. El populismo consistiría en la exaltación de los lideres carismáticos y su relación directa con las masas, es decir en la tendencia “monocrática” que tiende a prevalecer en distintos países de las más diversas regiones del mundo. Ahora bien: esto no es una política, mucho menos una ideología, es simplemente un “estilo” que caracteriza el declinar de democracias cansadas o bloqueadas.

Todo indicaría que el vocablo populista se ha constituído en un arma arrojadiza destinada a fulminar a todas las tendencias abiertamente críticas de determinado estado de cosas político-económico, algunas de ellas opugnadoras también de lo “políticamente correcto” y otras no tanto. Estas breves líneas apuntan solo a intentar esclarecer los términos de la cuestión, para que llamemos de la misma manera a las cosas similares y de otra manera a las diversas. Así de simple, teniendo siempre en cuenta que –según el DANTE- “sempre la confusion delle persone – principio fu del mal della cittade…”.

En un trabajo de hace cuarenta años me atreví a identificar en el populismo la raíz de un proceso de decadencia histórica de la Argentina que ya por entonces databa de décadas. Ahora bien: qué entendía en tales circunstancias por populismo? Diría que un conjunto de vicios culturales expresados en la recusación general de las autoridades sociales –desde la escuela hasta la empresa-, el sempiterno estatismo y la irrefrenable demagogia de la clase política y sus intelectuales orgánicos. Sin perjuicio de las múltiples y muy honorables excepciones, advertía expresiones de estos vicios en el radicalismo yrigoyenista primero, en el peronismo luego y, finalmente, en la variopinta movida post-68 que, fogoneada desde Cuba, desembocaría en la guerra interna.

De cualquier manera, y mirando ya a toda la Región, en líneas generales puede percibirse un fondo común a distintas experiencias políticas concretas del siglo XX, que radica en un estatismo distribucionista. Llamaremos a esta versión, solo por razones cronológicas , Populismo I.

El proceso que hoy recorre Europa y que suele ser similarmente rotulado, se caracteriza en cambio, por un fuerte antiburocratismo, una tendencia hacia el libre mercado “hacia adentro” y un manifiesto reclamo de solidificación de las fronteras. Este es el Populismo II, cuyas afinidades con una serie de pulsiones propias del Partido Republicano de los EEUU y de su presente avatar, el “trumpismo” son evidentes
En otro lugar hemos expresado nuestros motivos para preferir, en este caso, la designación de tales movimientos como derechas identitarias, cuya agenda –como puede observarse- difiere marcadamente de los clásicos populismos latinoamericanos, cuya convergencia con la agenda cultural progresista se ha vuelto, por lo demás, patente.

Precisamente podría anotarse que el “populismo de izquierda” tiene patas cortas, en tanto y en cuanto el Establishment al que denuncia se sitúa ideológicamente en el progresismo, realidad constatada por una variedad de trabajos de gran calado, desde los filosóficos de AUGUSTO DEL NOCE hasta los sociológicos de CHRISTOPHER LASCH, entre muchos otros. El “populismo de derecha” tiene pues, al menos en el corto y mediano plazo. las mejores chances y la aparición de BOLSONARO confirma su recepción, que promete propagarse, en América Latina.

De todo lo antedicho resulta claro que el populismo es un término-concepto totalmente equívoco para un uso fecundo en el análisis politológico de largo aliento. No es otra cosa que la reacción visceral, y quizás pasajera, contra un determinado statu quo con el que habían terminado comprometiéndose todas las fuerzas políticas tradicionales. PARETO había descripto, en su célebre tesis sobre la “circulación de las élites” la necesidad en que éstas se encuentran de renovarse mediante la cooptación; y había alertado que cuando ello no ocurría por incapacidad o cerrilismo, la circulación empujada por los nuevos líderes naturales arrasaría con sus resistencias. En tal sentido, MONNEROT definió a las revoluciones como una ”aceleración brutal de la circulación de las élites”. En una época signada por el descrédito de las grandes ideologias y por la creciente complejización de las tareas de gobierno, el populismo puede ser el modo subrevolucionario de atacar a las democracias bloqueadas.

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