Tres pensadores para entender a la nueva derecha radical

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Por Borja Bauzá (Make Sense).    El año pasado se produjo un encuentro interesante. Thomas Chatterton Williams, un periodista estadounidense negro que ha echado raíces en París tras casarse con una francesa blanca, fue recibido por Renaud Camus, el escritor que ha puesto de moda la teoría conocida como “el gran reemplazo”; una teoría que sostiene que Europa está perdiendo su identidad por culpa de la inmigración. El encuentro tuvo lugar en un castillo medieval a pocos kilómetros de Toulouse (“la torre noroeste ofrece una posición ideal para vigilar la llegada de hordas invasoras”, escribió después con cierta sorna Chatterton Williams) y sirvió como punto de partida para un extenso reportaje sobre los orígenes franceses de la alt-right norteamericana.

La elección de Renaud Camus como punto de partida de ese reportaje no es casual. Es un personaje pintoresco –no sólo por vivir en un castillo medieval– y su nombre goza de cierto reconocimiento después de que académicos como Mark Lilla y ensayistas como Emmanuel Carrère le hayan dedicado alguna que otra declaración pública. Es decir: un buen cebo, capaz de atrapar al lector y hacer que siga leyendo. Pero Renaud Camus también es, pese a sus 72 años, una incorporación tardía; uno de los últimos en llegar. Por eso Chatterton Williams, una vez introducida la cuestión, le aparta para dejar paso a otros teóricos de su cuerda que llevan décadas en la brecha y cuya influencia es bastante más profunda. Personas como Alain de Benoist.

 

Alain De Benoist

Alain de Benoist es un pensador complejo y hasta cierto punto sorprendente. Su conservadurismo hardcore viene aliñado con una empatía más propia de izquierdistas concienciados que de supremacistas preocupados por el porvenir racial de Europa. Se considera enemigo del imperialismo –también del europeo; en sus libros ha cargado contra los cruzados, los misioneros y las expediciones coloniales– porque fomenta la “homogeneización del mundo”. Y esa “homogeneización del mundo” –dice– trae consigo la destrucción de las diferencias culturales y el auge del individualismo. En definitiva: la destrucción de la comunidad. Así, no es raro encontrar declaraciones suyas afirmando estar a favor de la diversidad y de lo que él llama “etnopluralismo”. Pero ojo: “etnopluralismo” a nivel global. Nunca en el mismo territorio. Los franceses en Francia, los afganos en Afganistán y los japoneses en Japón. Etcétera. Se podría tirar de refranero y decir que su visión del mundo se resume en “cada uno en su casa y Dios en la de todos”. El problema es que Benoist también es muy crítico con el cristianismo y ha escrito largo y tendido sobre la necesidad de volver al paganismo.

En una famosa entrevista concedida al diario progresista Le Monde en la década de los 90 hizo un llamamiento a la solidaridad con los países en vías de desarrollo para combatir la necesidad que obliga a sus habitantes a emigrar. Declaró que había que incrementar el intercambio comercial con esos países para agrandar sus economías y reducir, así, su dependencia de organismos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Más sorprendente todavía fue la exclusiva que le regaló a Chatterton Williams: dijo que en las últimas elecciones generales no votó al Frente Nacional de Marine Le Pen sino a Jean-Luc Mélenchon, viejo comunista y líder de Francia Insumisa, un partido con el que Podemos ha hecho buenas migas.
Este tipo de cosas han tenido consecuencias.
Algunas se han traducido en disgustos. Como la ruptura con su antiguo camarada Guillaume Faye, por ejemplo. Faye llevaba décadas al lado de Benoist; estuvo con él en 1968, cuando fundó el Grupo de Investigación y Estudio de la Civilización Europea, un think tank ultraconservador, y asumió también la etiqueta de Nouvelle Droite (Nueva Derecha) cuando los medios de comunicación decidieron colgársela a Benoist en la década de los 70. Parece que lo que distanció a Faye de Benoist fueron las abstracciones del último, que seguía predicando en contra de la “homogeneización del mundo” mientras las comunidades de inmigrantes árabes y africanos crecían cada vez más rápido en la periferia de las ciudades galas. Llegó un momento en el que Faye consideró que las prioridades habían cambiado y que las monsergas debían dar paso a una defensa activa de los “franceses nativos” frente a tamaña “invasión musulmana”. (Hace un par de años Benoist tildó a Faye de “extremista” durante una entrevista con un medio estadounidense.)
Otras consecuencias han sido más agradables. Debido a esa mezcla de conceptos –en contra de la inmigración pero a favor de la diversidad cultural, preferir a un oficial del Ejército Rojo antes que a un hípster de Brooklyn– Alain de Benoist ha sido citado como referencia indispensable por intelectuales, periodistas y activistas de varios países.

En España, por ejemplo, sus valedores principales han sido Fernando Sánchez Dragó, Isidro-Juan Palacios y José Javier Esparza. Benoist ha correspondido a esa afición dejándose entrevistar en Las Noches Blancas y ofreciendo varias conferencias a su lado.

En Estados Unidos la filia que despierta es algo más polémica: Richard Spencer, líder de la alt-right estadounidense y “nacionalista blanco” (según su propia definición), le ha señalado en varias ocasiones como fuente de inspiración. Benoist tiende a encogerse de hombros cuando le preguntan por Spencer. Dice no sentirse identificado con la alt-right y dice, también, que no sabe por qué su líder se inspira en sus reflexiones. Sin embargo, ha aceptado invitaciones del National Policy Institute, el think tank racista que dirige Spencer, para dar conferencias en Washington.
Y en la dirección opuesta, en Rusia, también se encuentran admiradores suyos. Concretamente, el más importante de todos. Un pensador que –dicen– tiene influencia directa sobre el mismísimo Vladimir Putin. Por eso le apodan “el Rasputín del Kremlin”. ¿Su nombre? Aleksandr Dugin.

 

Aleksandr Dugin

Dugin es un moscovita cincuentón grande y barbudo. Su adolescencia fue, como la de tantos jóvenes soviéticos con inquietudes, una adolescencia gris y frustrante. No tardó mucho en juntarse con algunos intelectuales y librepensadores de corte excéntrico que odiaban tanto a la Unión Soviética como a Occidente. En estos círculos empezó a leer poesía medieval, libros sobre el Renacimiento y otros que versaban sobre lo que en las facultades de Humanidades se conoce como “Estudios Orientales”; estudios sobre la lengua, la cultura y la historia del próximo y del lejano Oriente. De esas lecturas pasó a otras más contemporáneas: fascistas italianos como Julius Evola, juristas antiliberales como el alemán Carl Schmitt y filósofos ultraconservadores como el francés René Guénon, padre del tradicionalismo espiritual.

A principios de los 80 fue expulsado del Instituto de Aviación de Moscú, donde cursaba estudios universitarios, por sus ideas contrarias al régimen soviético.
En el año 1989 visitó Occidente por primera vez. Según explica David Remnick, director de la revista The New Yorker y antiguo corresponsal del Washington Post en Moscú, Dugin lo aborreció al instante. En Berlín y París, las ciudades que le acogieron, concluyó que el comercio había destruido la cultura europea que había aprendido a amar a través de sus lecturas. Además, comprobó que los habitantes de ambas ciudades se encontraban sumidos en una “profunda soledad”. Lo único que salvó aquella experiencia fue –dice Remnick– las visitas que pagó a un intelectual francés llamado Alain de Benoist. Una admiración que perdura; en una entrevista concedida en 2012 declaró que Benoist es “el pensador vivo más importante de Europa”.
En la década de los 90, a principios, conoció a Eduard Limónov. Fue en una cena organizada por el escritor Aleksandr Projánov, uno de los principales ideólogos de la filosofía imperial rusa. Lo cuenta Emmanuel Carrère en la biografía que escribió sobre Limónov: “Esa noche, Eduard está triste. No es para menos: acaba de enterarse de que han encontrado en el maletero de un coche el torso aserrado de un amigo suyo y, al lado, su cabeza medio carbonizada. Conoció a este amigo, el jefe de batallón Kostíenko, en Transnistria, cuando hacía un reportaje para Dien. Pasemos deprisa por la república moldava de Transnistria: es el mismo escenario que las diversas repúblicas serbias de la ex Yugoslavia. Moldavia era un pedazo de Rumanía oriental anexionado por la Unión Soviética. Los moldavos son tan míseros que sueñan con volver a ser rumanos, que ya es decir. Cuando se desplomó la Unión Soviética declararon su independencia, con gran detrimento de los rusos establecidos en su territorio. Estos rusos, que eran una especie de colonos y ostentaban una posición dominante, se convirtieron en víctimas de las vejaciones y represalias del nuevo Estado, de mayoría rumana. A su vez, crearon una república autónoma (Transnistria, justamente) y tomaron las armas para defenderla. Eduard, que simpatiza sin reservas con su causa y no quiere perderse ninguna de las guerras que estallan una tras otra en los escombros del imperio, adoraba su estancia allá. Participó en una expedición punitiva contra los rumanos, atravesó una manzana de casas en ruinas bajo las balas de un francotirador, corrió por los campos sembrados de minas. Sobre todo, conoció al jefe de batallón Kostíenko, cuya historia cuenta ahora a su vecino de mesa, un barbudo al que le han presentado y que se llama Aleksandr Dugin”.

Dugin escuchó con atención la historia del tal Kostíenko, un ex comandante de los paracas rusos desplegados en Afganistán reconvertido primero en mafioso local y después, cuando el asunto de Transnistria, en señor de la guerra. Cuando Limónov terminó de hablar brindaron por su memoria. Acto seguido Dugin propuso otro brindis, esta vez por la memoria del barón Ungern von Sternberg; un aristócrata letón, antibolchevique furibundo, que en 1918 llevó sus tropas hasta Mongolia para luchar en la guerra civil rusa, se convirtió al budismo, fundó una secta y terminó ahorcado por el Ejército Rojo.
Según Carrère, en aquella cena Dugin y Limónov sentaron las bases de una conversación que duraría varios días y que desembocaría en la fundación del Partido Nacional Bolchevique; una formación nostálgica de la grandeza imperial representada por la Unión Soviética que pretendía combinar algunos ideales bolcheviques con grandes dosis de nacionalismo ruso. Una punkada política en toda regla que, como era de prever, no llegó demasiado lejos.

Primero porque sus dos ideólogos principales, los nuevos amigos Dugin y Limónov, no tardaron en pelearse. Dugin, que en aquellos tiempos se declaraba fascista sin ningún tipo de complejo, se rodeó de estudiantes ultraderechistas de clase media-alta y curas ortodoxos antisemitas. Limónov, por su parte, aglutinó a jóvenes de clase obrera más animados por el espíritu subversivo del partido –música rock y trifulca callejera– que por los artículos que escribía Dugin sobre el fascismo, el esoterismo o el glorioso pasado compartido por los allí presentes. Y en segundo lugar, porque tras una serie de actos vandálicos las autoridades rusas decidieron atar en corto al nacional-bolchevismo.

Dugin, como casi todo el mundo, ha evolucionado con los años. En el plano ideológico ya no se presenta en sociedad como fascista; por el contrario, considera que el fascismo, así como el comunismo y el liberalismo, son las tres ideologías de la modernidad y que, por tanto, deben ser superadas. A cambio ofrece su Cuarta Teoría Política; una tesis basada en recuperar y combinar la derecha tradicional –la de los valores– con la justicia social promovida por la izquierda clásica. Un “populismo integral” que destruya el consumismo y el cosmopolitismo. En paralelo, Dugin también ha impulsado una teoría geopolítica conocida como euroasianismo. El euroasianismo defiende la independencia de la civilización rusa frente al Occidente representado por las potencias marítimas –Estados Unidos y Reino Unido– o cualquier otra cosmovisión que aspire a dominar las estepas euroasiáticas. Pero en manos de algunos teóricos como el que nos ocupa, el euroasianismo también defiende que esa independencia cultural debe ser el primer paso hacia la creación de un nuevo imperio ruso.

El párrafo anterior puede parecer el resumen de la visión de un excéntrico. Pero Dugin es un excéntrico que conviene tener en cuenta porque su influencia sobre las élites políticas, militares y religiosas de su país es notable; a diferencia de su viejo colega Limónov, ferviente opositor de Putin y habitual de las comisarías moscovitas, los escritos de Dugin se leen con atención en el Kremlin, se estudian en las academias militares rusas y han seducido a varios líderes internacionales como Steve Bannon, ex colaborador de Donald Trump, o el ministro de Interior italiano Matteo Salvini.

Es más: se ha rumoreado que ejerce una influencia directa sobre Putin y que el giro euroasiático que éste dio en 2014 está inspirado en sus ideas. Un rumor que el propio Dugin se ha encargado de matizar en varias ocasiones. La última fue durante la espléndida entrevista que le hicieron Clara Ramas y Jorge Tamames el pasado noviembre para la revista Política Exterior; una entrevista en la que opina sobre el mandamás ruso sin pelos en la lengua y en la que explica por qué la ciudad es “el Anticristo”.
En esa entrevista surge, además, una cuestión muy interesante. Casi al final, Ramas y Tamames preguntan a Dugin por las dos líneas de pensamiento que asoman en la nueva derecha radical que domina el horizonte político. La tradicional con tintes anticapitalistas, por un lado, y la que abraza el conservadurismo en lo social pero fomenta la desregularización en lo económico. En su respuesta, Dugin arroja varios nombres: Trump, Viktor Orbán y el del propio Putin como ejemplos de líderes que si bien no son perfectos resultan pragmáticos para la causa; y Jair Bolsonaro como ejemplo de “dictador liberal” al que no hay que votar bajo ningún concepto por ser una “marioneta” y un “simulacro”. Un Pinochet de la vida, vaya.

 

Olavo de Carvalho.

En la primavera del 2011 Aleksandr Dugin recibió un e-mail. El e-mail, que venía firmado por un par de blogueros brasileños, ofrecía a Dugin la posibilidad de debatir sobre el rol de Estados Unidos en el “nuevo orden mundial” con un pensador tradicionalista brasileño llamado Olavo de Carvalho. Dugin aceptó y los blogueros brasileños se pusieron manos a la obra: crearon una bitácora especialmente pensada para alojar el debate, hicieron circular la noticia y pusieron negro sobre blanco una serie de normas.

El resultado fue un intercambio de impresiones kilométrico plagado de referencias filosóficas, culturales, históricas y políticas que iba muy bien –con ambos pensadores declarando su amor por la tradición y su odio hacia el “globalismo”– hasta que se impuso la realpolitik y hubo que elegir un mal menor: ¿Occidente o euroasianismo? Carvalho, que es anticomunista, católico y sionista, acusó a Dugin de ser el representante de una ofensiva geopolítica y cultural basada en el asesinato de decenas de millones de personas. Por su parte, Dugin acusó a Carvalho de ser un tradicionalista queer (“rarito”, aunque también se puede interpretar como “maricón”) y un poco traidor a la patria por haber elegido vivir en Estados Unidos. Un dato, éste, que Dugin también utilizó para sugerir a la audiencia que Carvalho había sido contaminado por el sistema político estadounidense dominado, en ese momento, por Barack Obama. Y así, lanzándose pullas una detrás de otra, el percal terminó como el rosario de la aurora.
Más allá del morbo que pueda suscitar ver a dos teóricos hechos y derechos cruzando insultos, este intercambio puede ayudar a entender la poca simpatía que despierta el líder brasileño en Dugin.
Olavo de Carvalho es, efectivamente, uno de los intelectuales más cercanos a Bolsonaro.

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