Francisco, diálogo y fraternidad

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Por Pascual Albanese
. Mientras la prensa internacional abunda en elucubraciones sobre la posición de Francisco en la crisis venezolana , el Papa protagonizó dos acontecimientos que iluminan sobre el sentido histórico de su pontificado.

El primero fue su viaje a la Península Arábiga, cuna de la religión musulmana, graficado en una foto que recorrió al mundo en la que aparece besándose con el Imán Ahmed al-Tayeb, rector de la Universidad de El Cairo y una de las máximas autoridades espirituales y académicas del Islam sunita (rama a la que pertenece el 85% de los seguidores de Mahoma).

El segundo acontecimiento fue la asignación de funciones pastorales a nueve obispos chinos, en lo que representó el primer paso en la implementación del acuerdo celebrado en septiembre de 2018 entre la Santa Sede y el Gobierno de Beijing.

Iglesia e Islam

Francisco y al-Tayeb suscribieron el Documento sobre la Fraternidad Humana, que fija posición ante la problemática mundial: “Entre las causas más importantes de la crisis del mundo moderno están una conciencia humana anestesiada y un alejamiento de los valores religiosos, además del predominio del individualismo y de las filosofías materialistas que divinizan al hombre y ponen los valores mundanos y materiales en el lugar de los principios supremos y trascendentes”.

El texto rechaza enérgicamente cualquier tipo de fundamentalismo: “El pluralismo y la diversidad de religión, color, sexo, raza y lengua son expresión de una sabia voluntad divina, con la que Dios creó a los seres humanos. Esta Sabiduría Divina es la fuente de la que proviene el derecho a la libertad de credo y la libertad de ser diferente. Por eso se condena el hecho de que se obligue a la gente a adherir a una religión o cultura determinada, como también que se imponga un tipo de civilización que los demás no aceptan”.

La declaración conjunta sostiene que “el terrorismo execrable que amenaza la seguridad de las personas, tanto en Oriente como en Occidente, tanto en el Norte como en el Sur, propagando el pánico, el terror y el pesimismo no es a causa de la religión aun cuando los terroristas la utilizan, sino de las interpretaciones equivocadas de los textos religiosos”, y subraya que “es necesario interrumpir el apoyo a los movimientos terroristas a través del suministro de dineros, armas, planes o justificaciones y también la cobertura de los medios, y considerar esto como crímenes internacionales que amenazan la seguridad y la paz mundiales”.

Estas coincidencias fueron avaladas por un hecho de enorme contenido simbólico. En sendas ceremonias, Francisco y al-Tayeb inauguraron juntos una mezquita y una iglesia cristiana, que no casualmente lleva el nombre de San Francisco, no por el Papa sino por San Francisco de Asís, quien en febrero de 1219, hace exactamente 800 años, en plena era de las cruzadas, había viajado a la región y mantuvo un encuentro con el entonces sultán de Egipto, Al-Kamil, sobrino del legendario caudillo militar árabe Saladino, que quedó registrado históricamente como la primera tentativa de acercamiento entre la Iglesia Católica y el Islam. Sólo las grandes civilizaciones de Oriente y Occidente pueden recoger episodios de varios siglos atrás para ayudar a interpretar las realidades del presente.

El ideario de la fraternidad

Al regresar a Roma, Francisco afirmó que su presencia en la península arábiga abría “una nueva página en la historia del diálogo entre el cristianismo y el Islam”. El reverso de la medalla, alimentado por los voceros europeos y estadounidenses de la islamofobia, fueron las ácidas críticas de unos 2.000 exmusulmanes convertidos al catolicismo, quienes en una declaración pública emitida hace un año, ya advertían que “la ingenuidad frente al islamismo es suicida y muy peligrosa”.

Mientras esto ocurría en Abu Dhabi, Francisco oficializaba una nueva distribución de funciones entre los obispos chinos, reconocidos tanto por la Santa Sede como por el Gobierno de Beijing a partir del acuerdo suscripto en septiembre de 2018, que resolvió la vieja disputa sobre la facultad para las designaciones episcopales, convertida históricamente en uno de los escollos fundamentales para la presencia de la Iglesia Católica en el coloso asiático, otorgando a las autoridades chinas injerencia en los futuros nombramientos.

Así como en su diálogo con el Islam Francisco recoge la tradición del santo de Asís, en su acercamiento a Beijing el Papa jesuita reivindica a su admirado Mateo Ricci, un sacerdote de la orden de San Ignacio que hace cinco siglos inició una tarea para la evangelización de China, frustrada entonces por la incomprensión de Roma, que no admitió la incorporación a la liturgia católica de ciertas creencias ancestrales chinas, como el culto a los antepasados.

Esa redistribución de las diócesis obedece al reconocimiento papal de obispos pertenecientes a la Iglesia Patriótica China, creada por el régimen comunista en 1957, que habían sido designados por el Gobierno de Beijing al margen de la Santa Sede.

Esta decisión de Francisco formalizó la reunificación de la Iglesia china bajo la autoridad del Papa.

Pero, como ocurre con los islamófobos en el diálogo con el Islam, estas concesiones del Vaticano, indispensables para el éxito de la negociación, generaron también protestas en círculos católicos conservadores de Occidente y en un sector tradicionalista del clero chino, que tras padecer feroces persecuciones y funcionar virtualmente en la clandestinidad ahora se siente menoscabado al ser puesto bajo el mismo techo y en igualdad de condiciones con “la otra iglesia”.

El diálogo y la libertad 

Tanto en el Documento sobre la Fraternidad Humana como en el acuerdo con el régimen de Beijing, Francisco persigue dos objetivos fundamentales. Uno es el avance de la libertad religiosa para los católicos en países que, sea por razones religiosas, en el mundo islámico, o ideológicas, en China, imponen severas restricciones a su ejercicio. El otro es la profundización del diálogo entre la Iglesia Católica y las grandes civilizaciones de Oriente. Para Francisco, ese el camino para que la Iglesia sea efectivamente “católica” en el sentido etimológico del término, es decir universal.

Más allá del antagonismo 

El término “fraternidad”, que encabeza la declaración suscripta con al-Tayeb, tiene para el Papa un hondo significado conceptual. Según su mirada, que en este punto abreva en una corriente del pensamiento católico contemporáneo, la mítica trilogía “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, que alumbró la Revolución Francesa y el nacimiento del mundo moderno, derivó en el siglo XX en un antagonismo irreductible entre una idea de libertad a secas, expresada en el liberalismo, y un principio de igualdad a ultranza, encarnada por el comunismo, a expensas precisamente de la noción de fraternidad, que podía funcionar como factor de equilibrio entre ambos opuestos. En la visión de Francisco, las religiones tienen que erigirse en las principales portadoras del ideario de la fraternidad en el mundo de hoy. Desde esa clave habría que interpretar los distintos actos de su pontificado.

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