Entre la guerra y la paz

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Por Pascual Albanese. La incógnita estratégica que desvela a los analistas internacionales es si la competencia por el liderazgo global entre Estados Unidos y China desencadenará o no el equivalente, metafórico o no, de una nueva guerra mundial, ya sea sangrienta, como las dos primeras que asolaron el planeta en el siglo XX, o larvada, como la “guerra fría” que culminó en 1991 con la victoria norteamericana y la disolución de la Unión Soviética.

Este enigma es el trasfondo de una intrincada madeja de disputas y negociaciones entre Washington y Beijing, en las que se entrecruzan la denominada “guerra comercial”, que suele ocupar el primer plano de los titulares periodísticos, con la ardua competencia por el liderazgo tecnológico y la desenfrenada carrera por el dominio del espacio, dos temas menos publicitados pero estratégicamente más importantes, porque están íntimamente vinculados con la supremacía militar.

Todo indica que el presidente estadounidense, Donald Trump, y su colega chino, Xi Jinping, sellarán en los próximos días, antes de que expire la tregua establecida en la reunión celebrada en Buenos Aires en diciembre pasado en ocasión del encuentro del G-20, un acuerdo bilateral orientado a superar los litigios comerciales y evitar los efectos de una escalada proteccionista que perjudicaría fuertemente a ambas economías.

En este punto, prevalece en ambas partes el instinto de autopreservación. El inexorable avance de la globalización generó un nivel de interdependencia económica entre los dos países que determina que lo peor que le podría suceder a Estados Unidos sería un colapso en la economía china y, a la inversa, la peor noticia para China sería un colapso en la economía estadounidense.

El amor y el espanto

China es el mayor comprador mundial de productos estadounidenses y Estados Unidos el mayor importador de productos chinos. Las empresas transnacionales norteamericanas son un factor decisivo del “milagro chino” y, puesto que China se ha convertido en la principal fuente de inversión extranjera directa en el mundo entero, las inversiones de las transnacionales chinas en Estados Unidos pueden resultar un aporte fundamental para crecimiento económico en los próximos años.

El núcleo del acuerdo en ciernes es la decisión de Xi Jinping de acelerar la liberalización de la economía china y, consecuentemente, generar un formidable aumento de las exportaciones estadounidenses al coloso asiático, de modo de reducir drásticamente el déficit de la balanza comercial bilateral que tanto preocupa a la Casa Blanca. Esta concesión de Beijing coincide con el cambio en su modelo de desarrollo, que deja de estar basado en la exportación de productos industriales para centrarse en el fortalecimiento de su gigantesco mercado interno y el incremento de la capacidad de consuno de su población de 1.400 millones de habitantes.

Pero el centro de la disputa estratégica no reside en la puja comercial entre ambas superpotencias, sino en la carrera por la supremacía tecnológica y la competencia por la conquista del espacio. En lo inmediato y fundamental, está centrada en el terreno de la inteligencia artificial, a través del control de lo que la jerga científica bautizó como la tecnología 5G, un salto cualitativo que permite multiplicar por cien el número de dispositivos conectados a los aparatos inteligentes de lo que es posible con la actual tecnología 4G.

En la tierra como en el cielo

La llamada “cuarta revolución industrial”, cuya irrupción fue el tema principal de la última edición del Foro Económico Mundial de Davos, está basada en la tecnología 5G, que entre otras cosas hará posible la generalización de la robótica y la acelerada expansión de la denominada “internet de las cosas”. El desarrollo de automóviles sin conductor y de las ciudades inteligentes exige una impresionante cantidad de datos con disponibilidad inmediata, que solo pueden ser proporcionados por las redes 5G

En 2020 China tendrá en funcionamiento redes 5G a escala planetaria, mientras que Estados Unidos planifica inversiones de 275.000 millones de dólares para ganar esa carrera. La Casa Blanca arguye que China lleva la delantera por el decidido apoyo del Estado a sus gigantes tecnológicos. El plan “China 2025″, impulsado por Beijing para desplazar a Estados Unidos del liderazgo tecnológico global, que implica cuantiosas inversiones estatales para alcanzar ese objetivo, sería la prueba de esa aseveración.

El conflicto suscitado con la empresa Huawei, que desplazó a Apple como proveedora de equipo de comunicaciones y constituye la vanguardia mundial en materia de tecnología 5G, responde a esa lógica. Para Washington, Huawei, fundada por un exoficial del Ejército Rojo, es un instrumento del Estado chino y su expansión en el mercado global es una “competencia desleal” con las compañías privadas occidentales.

La diplomacia estadounidense desplegó una campaña para persuadir a sus aliados de la necesidad de vetar el ingreso de las redes 5G de Huawei. Los integrantes de la “alianza de los cinco ojos”, un acuerdo de inteligencia suscripto entre Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda, se comprometieron a frenar la expansión de Huawei.

Pero si existe un terreno de la competencia tecnológica y de la aplicación de las nuevas tecnologías que ni Estados Unidos ni China están dispuestos
a descuidar es la conquista del espacio, que en el siglo XXI, en esta nueva era de la “posglobalización”, tiende a erigirse en la nueva frontera para la humanidad. A la lucha por el dominio de la tierra, el mar y el aire se suma ahora la pugna por el espacio sideral, que compromete cada vez más a estados y empresas. Los recursos invertidos en esa dirección son ya incalculables. En las primeras 72 horas de 2019 el mundo se vio impactado por dos noticias históricas: el 1° de enero llegaron las primeras comunicaciones remitidas seis horas antes por la sonda New Horizon de la NASA, investigando a la Ultima Thule (más allá de lo conocido, el cuerpo celeste conocido más lejano) y el 3 de enero la sonda Gang-e4 (Diosa Luna), de China, alunizó en el lado oculto del satélite terrestre, empezó a enviar información y depositó en su superficie un vehículo autónomo que comenzó a recorrer su cráter.
Esta competencia tiene ineludibles connotaciones bélicas. China, y también Rusia, han desarrollado tecnologías orientadas a la destrucción del sistema espacial estadounidense. Estados Unidos incrementó sustancialmente el presupuesto aplicado a las armas espaciales y anunció la creación de una “fuerza militar espacial” como una nueva rama de sus fuerzas armadas. En este contexto, cabe inscribir la preocupación expresada por el almirante Craig S. Faller, jefe del Comando Sur estadounidense, sobre las implicancias militares de la base espacial china instalada en Neuquén.
Mientras la economía apunta a la cooperación sino-estadounidense, la geopolítica incentiva el conflicto. La política, rehabilitada en su majestad soberana, es la encargada de armonizar esas dos caras de la moneda. Trump y Xi Jinping tienen la palabra.

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