La derecha, al asalto de Europa

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Por Pascual Albanese.    Una amplia coalición de partidos de la derecha nacionalista liderada por el viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, jefe de la Liga Nacional, se prepara para participar en las elecciones del Parlamento Europeo, que tendrán lugar el 26 de mayo.

Se proponen de lograr un número de diputados suficiente para convertirse en la segunda bancada en el cuerpo legislativo supranacional con sede en Bruselas, detrás del centro derecha integrado por democristianos y conservadores nucleados en el Partido Popular Europeo (PPE), cuya figura emblemática es la canciller alemana Ángela Merkel, y relegando al tercer puesto a la alicaída Internacional socialdemócrata.

Además de los italianos de la Liga Nacional, la flamante coalición nacionalista está integrada, entre otros, por los franceses de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, la Alternativa para Alemania de J”rg Meuthen, el Partido por la Libertad holandés de Geert Wilders, el Partido de la Libertad austriaco de Heinz Christian Strache, los belgas de la Nueva Alianza Flamenca de Bart de Wever, el Partido Vox de España de Santiago Abascal, el Amanecer Dorado de Grecia de Nikolaos Michaloliakos, la Unión Cívica Húngara de Víctor Orban, y el Partido Ley y Justicia, liderado por el líder polaco Jaroslaw Haczynski, que por su condición de fuerza mayoritaria de su país enviará a Bruselas una de las mayores representaciones del sector.

Esta vez podrían no ser de la partida los ingleses del Partido de la Independencia (UKIP), porque para entonces Gran Bretaña habría dejado de pertenecer a la Unión Europea.

La gran paradoja

Paradójicamente, el principal común denominador de la coalición nacionalista es su rechazo a la institución supranacional que los cobija.

Consideran a la Unión Europea un instrumento para suprimir la soberanía de las naciones. Steve Bannon, ex estratega y asesor de Donald Trump, erigido en ideólogo y promotor de una “Internacional Nacionalista”, sintetiza acabadamente esa visión: “la política de hoy no es derecha o izquierda, conservadores o liberales, progresistas o reaccionarios, sino sobre aquéllos que ven en el Estado-nación un obstáculo que vencer y los que lo ven como una herramienta. Es un conflicto de base global”.

Pero, a diferencia de sus colegas británicos, que fueron los artífices del Brexit, esta nueva corriente nacionalista no se plantea independizar a sus países de la Unión Europea sino dinamitarla por dentro, a través de la drástica reducción de las facultades políticas y de los recursos presupuestarios de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y de todos las demás instituciones gestadas por la organización continental.

Europa blanca

Le Pen definió ese proyecto como la creación de una “Europa de las naciones”, en una expresión que evoca la idea de la “Europa de las Patrias” acuñada en la década del 60 por Charles De Gaulle.

Esta “Europa blanca” asumiría la defensa de la soberanía política y económica y el patrimonio cultural de cada uno de sus países, lo que implica la reafirmación de sus valores morales y religiosos tradicionales y el freno a la oleada inmigratoria, que consideran una amenaza contra esas identidades nacionales.

Si bien esos objetivos aparecen hoy en un horizonte lejano, en lo inmediato esta convergencia de fuerzas nacionalistas busca alcanzar una representación en el Parlamento Europeo que la transforme en el árbitro en las votaciones entre el bloque de democristianos y conservadores y la bancada socialdemócrata y, desde esa posición de fuerza, negociar una agenda propia y avanzar en la dirección propuesta.

Entre Trump y Putin

El mayor punto de fricción entre los miembros de esta alianza continental es la postura ante la Rusia de Vladimir Putin. Salvini, Le Pen y los demás socios occidentales de la coalición simpatizan con el líder ruso y exaltan su afirmación de los valores morales conservadores.

Moscú retribuye esa simpatía y alienta a esos movimientos, que concibe como herramientas útiles para debilitar a la Unión Europea. Pero los partidos nacionalistas de Europa Oriental rechazan la aproximación con los rusos. Lo paradójico de ese debate es que el proyecto de este nuevo nacionalismo europeo se inscribe en una corriente mundial que tiene como epicentro a Trump y a Putin, quienes confluyen en la crítica al “globalismo” (no a la globalización) y la reivindicación de los estados nacionales, una coincidencia que ambos se cuidan mucho de subrayar para no quedar expuestos a las acusaciones de complicidad derivadas de las investigaciones judiciales del “rusiagate”, pero que a la vez abre una hipótesis distinta, y más plausible, sobre los motivos por los que Moscú pudo haber apoyado al candidato republicano en las elecciones presidenciales estadounidenses.

Por eso Bannon se ha erigido en uno de los principales impulsores de esa incipiente “Internacional Nacionalista”, a la que ha bautizado provisoriamente como “The Movement ” (El Movimiento), una corriente cuya expansión no se limita a Estados Unidos ni a Europa sino a todo el mundo occidental, lo que incluye naturalmente a América Latina, por lo que pretende atraer al gobierno brasileño de Jair Bolsonaro, a través de su hijo, Eduardo Bolsonaro, un personaje cada vez más influyente en el Palacio del Planalto, y del flamante canciller Ernesto Araujo, otro ferviente admirador de Trump.
Pero aunque la sede de “El Movimiento” fue establecida formalmente en Bruselas, la capital de la Unión Europea, el epicentro de la operación continental de Bannon está en Roma, sede del primer gobierno “soberanista” de Europa Occidental. No en vano el ideólogo estadounidense definió a Salvini como “el heredero de Trump en Europa”. Salvini transformó el slogan de Trump de “America First” en “Prima gli italiani ” (Primero los italianos). En un monasterio situado en las afueras de la capital italiana, Bannon instaló la Academia de Occidente Judeo-Cristiana, a la que pretende constituir en un centro de formación de cuadros políticos del nuevo nacionalismo.
Cuando en 1864 Carlos Marx y Federico Engels fundaban la Primera Internacional bajo la consigna de “Proletarios del mundo uníos!”, que pretendía colocar la solidaridad de clase por encima de las nacionalidades, porque ”los obreros no tienen Patria”, jamás hubieran podido imaginar que 155 años más tarde, también en Europa, las invocaciones a una suerte de “nacionalismo occidental” (tradicionalista, blanco y con tintes racistas) podían hacer que las bases obreras europeas diesen la espalda a los partidos de izquierda para constituirse en la razón de ser de una posible “Internacional de las naciones”. No advirtieron que los trabajadores sí tienen Patria, y les cuesta mucho abandonarla, mientras quien no tiene Patria, o sea raíces, es el capital que, incentivado por la revolución tecnológica y la globalización, puede trasponer las fronteras nacionales a la velocidad de un clic en la computadora.

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