Amenaza nuclear en Asia

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Por Pascual Albanese. Contra lo que suele mostrar la prensa internacional, la frontera más peligrosa del planeta no es la que en Medio Oriente separa a Israel del mundo árabe, sino la que en el corazón de Asia comparten India y Pakistán. Estas dos potencias nucleares, enfrentadas desde hace 70 años por una rivalidad ancestral de hondas raíces religiosas, están embarcadas en una disputa por el control de Cachemira, un enclave de mayoría musulmana controlado por la India, que ambas partes reivindican como propio.

Pakistán fue una creación del imperio británico en su fase de retirada, concretada a fines de la década del 40, apenas finalizada la segunda guerra mundial. En 1947, para evitar una guerra civil entre la mayoría hinduista y la minoría musulmana en el segundo país más poblado del mundo, Londres ideó una solución artificial, que consistió en acompañar la independencia de la India con la fragmentación del territorio en tres grandes superficies. En el centro de ese mapa quedó la India, un estado cultural dominado por la mayoría hindú. En el noroeste, Pakistán, con entidad musulmana y lengua urdú, habitado por una mayoría perteneciente a la etnia pasthún, que ocupa también parte de Afganistán. En el este, se creó Bangladesh, otro territorio de mayoría musulmana y lengua bengalí, asignado a Pakistán y denominado oficialmente Pakistán Oriental.

El odio genocida

Más de diez millones de musulmanes fueron forzados a abandonar sus lugares de origen en distintos rincones de la India y recorrer centenares y hasta miles de kilómetros hasta llegar a su nuevo hogar, en el éxodo más multitudinario que recuerda la historia universal. El día de la emancipación, y ya sin el control de las tropas británicas, comenzó una de las mayores matanzas de la historia moderna. Centenares de miles de musulmanes fueron asesinados por turbas hindúes que tomaron por asalto las caravanas que huían a pie de la India.

El carácter aparentemente absurdo de la solución planteada obedeció a la imposibilidad de brindar una respuesta satisfactoria al desafío de la coexistencia entre dos comunidades que durante 1.200 años convivieron en el mismo territorio en un estadio de permanente hostilidad.

El historiador musulmán Muhammad Qasim Hindu Shar estimó que la conquista de la región que abarca hoy los actuales estados de India, Pakistán y Bangladesh trajo consigo decenas de millones de muertos.

El prestigioso erudito islámico reconoce que, a lo largo de los siglos de dominación e imposición del Corán que comenzaron con la llegada de las tropas del Califato Omeya en el año 711, la población hindú experimentó un proceso de conversión forzosa, que incluyó la castración masiva, las masacres crónicas y las deportaciones. Esto explica que cuando en 1858 los ingleses tomaron el control de la India encontraron en los hindúes una extraña aceptación, motivada por el recuerdo del terror y los deseos de revancha acumulados durante siglos y que tampoco se saciaron durante la ocupación británica, que especuló con ese enfrentamiento para afianzar su dominio.

Desde aquellas masacres de 1947, se renovó la sed de venganza entre ambas comunidades. A ello se sumó el apoyo de Nueva Delhi a Mukti Bahini, un movimiento de la etnia bengalí que pretendía independizarse de Pakistán, objetivo que cumplió en 1971 luego de una sangrienta guerra, y la irresuelta querella por Cachemira, que en 1965 desató hostilidades en gran escala entre los dos países. Este litigio pendiente resucitó vigorosamente en las últimas semanas por los atentados perpetrados por el grupo terrorista islámico Jaish-e-Mohammed, partidario de la independencia de Cachemira, que India considera patrocinado por Pakistán.

Conflicto fuera de control

La diferencia entre aquellos sangrientos enfrentamientos del pasado con la presente contienda es que en las guerras anteriores las dos partes usaron solo armas convencionales, mientras que en la actualidad ambas cuentan en conjunto con alrededor de 300 armas atómicas, situadas además en una de las zonas más vulnerables del planeta por su alta concentración demográfica. En estas condiciones, el saldo de una guerra abierta podría resultar catastrófico, como sucedió siglos atrás cuando los musulmanes invadieron la India y terminaron con más de la mitad de su población.

Demográfica y económicamente, India es mucho más poderosa que Pakistán. Tiene 1.350 millones de habitantes contra 220 millones de su vecino de su vecino. Su economía es casi nueve veces más grande. Por su ritmo de crecimiento acelerado, tiende a convertirse antes de fin de siglo en la quinta potencia económica mundial. Cuenta con un Ejército de tres millones de soldados contra 900.000 efectivos del Ejército pakistaní.

Pero esa disparidad tiene como contrapartida que ambos países almacenan una cantidad similar de ojivas nucleares. Esa paridad atómica, unida al odio acumulado durante siglos, hace que el “equilibrio del terror” no tenga las características disuasivas que revistió, por ejemplo entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la guerra fría. Precisamente en plena guerra fría, a principios de la década del 70, Pakistán e India iniciaron sus respectivos planes nucleares. En aquel entonces, Pakistán contaba con el aliento subterráneo de Washington y la India con el patrocinio de Moscú.

Los pakistaníes comenzaron su actividad nuclear en 1971 y, después de sucesivas marchas y contramarchas derivadas de las presiones internacionales, realizaron su primera prueba atómica exitosa en 1998. India, que entonces denunció a Pakistán por la violación de los acuerdos internacionales de no proliferación, había realizado su plan nuclear también en secreto, con la excusa de tratarse de investigaciones científicas con fines pacíficos, y había detonado su primera bomba atómica veinticuatro años antes, en 1974.

La tensión entre los dos países se incrementó con la asunción en la India del primer ministro Narendra Modi, cuyo Partido Popular Indio reivindica un nacionalismo hinduista con fuertes tintes antiislámicos, a diferencia del espíritu laico que caracterizó al tradicionalmente dominante Partido del Congreso. Este cambio también encrespó la política doméstica. Porque, a pesar de esa larga historia de enfrentamientos, en la India habitan 150 millones de musulmanes, más del 13% de la población. Es el tercer país en número de fieles musulmanes, después precisamente de Indonesia y Pakistán. Para un sector del nacionalismo hinduista, esa minoría islámica podría constituirse en una poderosa quinta columna pakistaní dentro de su territorio.

Para China, ese desafío, no tan lejano de sus fronteras, exige una vigorosa acción diplomática para evitar una escalada del conflicto. Como superpotencia emergente, Beijing siente en juego su responsabilidad política en la seguridad regional del continente asiático frente a un polvorín que periódicamente parece a punto de estallar.

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