Europa: el retroceso de los partidos tradicionales

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Por Pascual Albanese.    Las elecciones para el Parlamento Europeo que tendrán lugar entre el 23 y el 26 de mayo se han constituido en el campo de batalla donde una flamante coalición de partidos de la denominada “derecha alternativa”, liderada por el “hombre fuerte” del gobierno italiano, Matteo Salvini, intenta instalarse como una alternativa destinada a modificar las reglas de juego y recortar las facultades políticas y de los recursos presupuestarios de los organismos supranacionales de la comunidad, con sede Bruselas, devolver a los estados miembros el ejercicio pleno de su soberanía y avanzar en la construcción de una “Europa de las naciones”. Esta heterogénea alianza del nuevo nacionalismo europeo está integrada por la Liga Nacional italiana, encabezada por Salvini, por los franceses de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen, la Alternativa para Alemania , los españoles del Partido Vox , el Partido por la Libertad holandés, el Partido de la Libertad austríaco, los belgas de la Nueva Alianza Flamenca, los griegos del Amanecer Dorado, la Unión Cívica Húngara del primer ministro Viktor Orbán y el Partido Ley y Justicia, del líder polaco Jaroslaw Haczynski. No participan los ingleses del Partido de la Independencia, promotores del Brexit, porque Gran Bretaña decidió dejar de pertenecer a la Unión Europea. Bloque de nacionalistas La característica distintiva de esta nueva coalición es precisamente que, a diferencia de sus correligionarios británicos, en vez de plantear la salida de sus respectivos países de la Unión Europea, se propone transformarla por dentro. A tal efecto, en esta elección intentaban conseguir un número de diputados suficiente como para transformarse en la segunda bancada del cuerpo legislativo supranacional, detrás del bloque de centro derecha integrado por democristianos, conservadores y liberales, cuya figura emblemática es la canciller germana Ángela Merkel, relegando al tercer puesto a la declinante socialdemocracia y sus aliados del Partido Verde. Para ello, cuentan con la ayuda del ideólogo estadounidense Steve Bannon, el exprincipal estratega electoral de Donald Trump, erigido hoy en artífice de la construcción de “The Movement”, una incipiente “Internacional Nacionalista” en la que pretende involucrar a un amplio arco de fuerzas políticas que incluye hasta al mandatario brasileño Jair Bolsonaro. Curiosamente, Salvini y los suyos se benefician también con la simpatía y el apoyo subterráneo de la Rusia de Vladimir Putin. Este último punto origina fricciones entre los partidos de la alianza: los nacionalistas de los países Europa Oriental, en particular los polacos y los húngaros, tienen hacia Moscú una hostilidad no compartida por sus socios occidentales. Pero éste no es el único punto de desavenencia en la coalición nacionalista. Los italianos de Salvini, que gobiernan un país cuya deuda pública asciende al 131% de su producto bruto interno, cuestionan la severa rigidez presupuestaria impuesta por el Banco Central Europeo. En cambio, los portavoces de Alternativa para Alemania aclararon expresamente que “nosotros no aceptamos ninguna flexibilidad en las cuentas públicas”. El eje Berlín París No es casual que en el terreno económico los alemanes sean una excepción dentro de la alianza nacionalista. Por su naturaleza, la Unión Europea es un bloque compuesto por estados nacionales nominalmente soberanos pero en la práctica articulado jerárquicamente en torno a un centro, donde está situada Alemania. Según sus críticos, el Banco Central Europeo se estructuró sobre la base del Bundesbank y el euro fue la nueva denominación del marco alemán. Para reducir esas prevenciones y legitimar ese predominio, Berlín buscó mimetizarse en el “núcleo duro” de Europa continental, integrado por Alemania y Francia. El eje Berlín-París fue el eje de la reunificación europea, impulsada en la década del 60 por el primer ministro germano Konrad Adenauer en sociedad con Charles De Gaulle, quien aceptó devolver a Alemania el protagonismo perdido por su derrota en las dos guerras mundiales con el objetivo de crear un bloque económico y político que pudiera manejarse con cierta independencia en la disputa entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Saldo beneficioso Este entendimiento entre Berlín y París fue beneficioso para ambas partes. En la década del 50, el líder socialcristiano bávaro Franz Strauss explicaba que la reunificación alemana tenía que pasar previamente por la integración europea, porque sólo una Europa unida podría tolerar la reaparición de una Alemania poderosa. En esa lógica, Alemania trató de aparecer siempre junto a Francia. Para Francia, esa necesidad alemana representa una fuente de poder que le permite ejercer un protagonismo político que está por encima de su potencialidad económica. Pero mantener esa hegemonía germano-francesa dentro de un bloque de naciones altamente desarrolladas exige una compleja trama de negociaciones y acuerdos políticos y económicos con las élites políticas y económicas de esos países, que están obligados a ajustar sus políticas domésticas a los requerimientos de un orden supranacional asimétrico en el que cumplen un papel subordinado. Estos arreglos internacionales permiten a esas élites aplicar políticas restrictivas con el argumento de que son parte de un mandato internacional. Merkel y Macron están hoy a cargo de esa misión en una etapa particularmente difícil, porque aquellas élites están sometidas a fuertes cuestionamientos internos, incluso en la propia Francia, como se desprende de la rebelión de los “chalecos amarillos”. La propuesta de esta dupla rectora procura una “reinvención de Europa”, a través del impulso de reformas estructurales orientadas a un salto de productividad en el conjunto de las estancadas economías del bloque comunitario, que permita amortiguar la honda insatisfacción social colectiva que nutre las reacciones nacionalistas. La mayor competitividad internacional de la economía germana hace que, pese a las resistencias expresadas en Alternativa para Alemania, el gobierno de Merkel sea el único de la Unión Europea en mantener una política flexible en materia inmigratoria. A diferencia de sus socios continentales, Alemania no sólo no tiene una alta tasa de desocupación sino que, por el paulatino envejecimiento de su población, necesita incorporar mano de obra extranjera a su sistema productivo. Lo que emerge en la Unión Europea es una polarización que sustituye al antiguo “bipartidismo imperfecto” cuyos actores principales eran las fuerzas de centro-derecha y la socialdemocracia. Este nuevo bipartidismo tiene como protagonistas al conjunto del sistema político tradicional y a un nacionalismo emergente centrado en la defensa de las soberanías nacionales y las identidades culturales de los estados. Estas elecciones del Parlamento europeo reflejarán la superioridad numérica del primero sobre el segundo, pero la novedad es que este nuevo nacionalismo, hasta ahora una expresión marginal, pasa a convertirse en un actor central del sistema político del viejo continente.

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