De Clinton a Trump: “Es la economía,…”

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Por Pascual Albanese. De la mano de la marcha ascendente de la economía estadounidense, Donald Trump avanza hacia su reelección en noviembre de 2020. Las encuestas señalan una mejora en la imagen positiva del controvertido primer mandatario. Por primera vez desde su ingreso a la Casa Blanca, en enero de 2017, la imagen positiva de Trump traspasó el umbral del 45%. Según Gallup, en mayo trepó al 46%, contra un 50% de imagen negativa.
La razón, tal como lo popularizó Bill Clinton, es muy simple: “Es la economía, estúpido”. En julio próximo la economía norteamericana habrá alcanzado una década de crecimiento ininterrumpido, el período de expansión más prolongado desde que se empezó a medir su desenvolvimiento, a fines del siglo XIX. Es un nivel de crecimiento más débil que el experimentado en anteriores períodos de expansión, pero lo suficientemente sostenido como para dejar atrás el golpe de la crisis financiera internacional que estalló en septiembre de 2008.
El contraste es contundente. El desempleo cayó desde el pico del 10% en octubre de 2009 hasta un 3,6% en mayo pasado, el nivel más bajo de los últimos cincuenta años. En la última década, Estados Unidos creció un 46%. Su producto bruto interno aumentó de 14,5 billones de dólares a 21,3 billones. En ese período, la economía norteamericana creó diez millones de nuevos empleos, un récord histórico.
Es obvio que esto no es atribuible a Trump, aunque el mandatario capitalice esa bonanza. Pero sí es cierto que durante su gestión aumentaron levemente los ingresos de los trabajadores, lo que revirtió una larga tendencia a la baja, y también creció la participación de la fuerza laboral en la distribución del producto bruto interno, como resultado de un aumento de la población económicamente activa, que subió del 60,9% al 63%. La tasa de incremento de la productividad se duplicó en 2018, tras haber permanecido estancada en un nivel de crecimiento del 1% anual entre 2009 y 2016. Los índices bursátiles de Wall Street superaron todos los registros históricos.
Prosperidad vs desigualdad
Sin embargo, estos números esconden hondas desigualdades estructurales. Los ingresos aumentaron más para los más ricos que para los más pobres. La disparidad social aumentó. Mientras el ingreso familiar anual del 20% más pobre de la población aumentó un 14% (de 11.600 a 13.300 dólares), el 20% superior aumentó un 30% (de 171.000 a 220.000 dólares). Un informe del FMI consigna que el 40% de los hogares más pobres tienen una riqueza neta inferior a la de 1983.
Según un estudio del Instituto de Política Económica, un centro de estudios “progresista”, en la década del 60 un alto ejecutivo ganaba treinta veces más que un trabajador promedio, y ahora gana 300 veces más. El desempleo, si bien bajo, es mayor entre los afroamericanos y los hispanos.
La expansión económica presenta también notorias disparidades geográficas. Oren Cass, un economista del Instituto Manhattan, afirma que la mayor parte de la bonanza está concentrada en un pequeño grupo de ciudades, entre las que se destacan las “estrellas costeras”, Nueva York, Boston y Washington, en el este; Seattle, San Francisco y Los Ángeles, en el oeste, y Houston y Dallas, en Texas.
La contrapartida de esa prosperidad es el atraso en regiones como el Rust Belt (“cinturón oxidado”), golpeado por la desindustrialización, y muchas zonas rurales y ciudades pequeñas, donde Trump acumuló las diferencias electorales que le permitieron ganar en 2016. Si bien la pobreza descendió al 12,3% de la población, lo que significa un nivel semejante a la era precrisis, aunque superior a los niveles del 2000 y representa, asimismo, el índice más elevado entre los países desarrollados, en los estados más rezagados, como Lousiana, Mississippi o Virginia Occidental, esa cifra está cerca del 20% y es mayor aún entre los hispanos y los afroamericanos.
Los secretos del éxito
La clave de los logros de los que se ufana Trump no reside en sus zigzagueantes amagues de políticas proteccionistas, plagados de avances y retrocesos, sino en la drástica reforma fiscal, que redujo el impuesto de las ganancias de las compañías del 35% al 21%, lo que redundó en un gigantesco proceso de repatriación de capitales.
Diego Ferro, ejecutivo de Greylock Capital, uno de los fondos de inversión más importantes de Wall Street, afirma: “Acá los impuestos a las empresas eran altísimos. Trump cambió los incentivos para que las compañías americanas no retengan beneficios afuera y los traigan a Estados Unidos. Había un montón de multinacionales que por los costos altos e impuestos en Estados Unidos tenían gran parte de sus ganancias afuera y no las repatriaban”.
Un segundo factor fue la política de desregulación, sobre todo en asuntos medioambientales, que intensificaron las inversiones en el área energética por el desarrollo de la técnica del “fracking” para la explotación de los yacimientos de ”shale gas” y “shale oil”, cuyo explosivo crecimiento tiende a eliminar el crónico déficit energético y, en el mediano plazo, a transformar a Estados Unidos en el mayor exportador mundial de combustibles.
Esta política, tenazmente combatida por los ecologistas, implica también una reducción de los costos energéticos, que repercuten en la mejora de la competitividad de la industria estadounidense, lo que -unido a la disminución del costo fiscal- incentiva la tendencia a la relocalización en territorio norteamericano de plantas industriales que las compañías multinacionales estadounidenses preferían radicar en el exterior, especialmente en China.
Pero existe otra causa estructural, independientemente de las políticas en curso, que favorece a Trump: la “cuarta revolución industrial”, centrada en el desarrollo de la inteligencia artificial y el acelerado avance hacia la automatización de las actividades productivas, hace que el costo laboral tenga cada vez menos relevancia en la economía de las empresas, lo que reduce el atractivo de la mano de obra barata como razón para la orientación de sus inversiones, y favorece su repatriación. El hasta hace poco tiempo añorado y desplazado “made in USA” vuelve a ser parte de la economía estadounidense. Como el monarca de “El Principito”, aquella famosa novela de Antoine de Saint-Exupéry, quien para mostrar su autoridad salía todos los atardeceres a su jardín y ordenaba que “¡el sol se ponga!”, Trump se enanca en este fenómeno irreversible para vanagloriarse del éxito de sus políticas y pretende traducirlo en votos.

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