Guerra fría y paz caliente

china eeuu

Por Pascual Albanese.   La evolución de la competencia por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y China es la clave del siglo XXI. Para entender su dinámica, hay que partir de la premisa de que no todos los conflictos tienen solución.

En ciertos casos, más que de resolverlos se trata de procesarlos, es decir de encauzar su desenvolvimiento dentro de ciertos límites.

Un ejemplo paradigmático es la disputa entre Israel y el mundo árabe, que atraviesa la política de Medio Oriente desde hace 70 años y seguramente lo seguirá haciendo durante las próximas décadas. Es exactamente lo que ocurre entre Estados Unidos y China.

Ninguna de ambas superpotencias está en condiciones de imponerse a la otra, pero tampoco pueden establecer un acuerdo estratégico permanente, sino entendimientos más o menos provisorios, sometidos a una reformulación periódica. Más que de una nueva guerra fría, como la que signó al mundo desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991, se trata de una “paz caliente”, cuyos difusos contornos sacudirán periódicamente el escenario internacional.

Durmiendo con el enemigo

Existen empero ciertos parámetros estructurales que permiten entrever, aunque con idas y vueltas, el rumbo de los acontecimientos. Por un lado, es impensable que Estados Unidos, con o sin Donald Trump en la Casa Blanca, se resigne mansamente a ceder a China su carácter de primera potencia mundial, ni tampoco que China renuncie a alcanzar esa codiciada condición en las próximas décadas. Por el otro, la interdependencia recíproca cimentada por el avance de la globalización genera la paradoja que lo peor que le podría suceder a Estados Unidos sería una catástrofe de la economía China y, a la inversa, lo peor que le podría ocurrir a China sería una debacle económica en Estados Unidos.

Pero las fuertes alteraciones en los mercados bursátiles y cambiarios internacionales ocasionadas por las recientes medidas y contramedidas comerciales y monetarias adoptadas por Washington y Beijing revelan que las turbulencias recurrentes, aunque pasajeras, serán en este nuevo contexto un factor de riesgo inevitable en el paisaje económico internacional y que en el futuro todos los países estarán obligados a prepararse para afrontar sus consecuencias.

Aunque para no quedar enredados en el análisis de esas crisis coyunturales, conviene focalizar la atención en los profundos cambios estructurales que están en marcha en las dos economías más poderosas del planeta y que reformularán el escenario mundial en los próximos años.

El nuevo modelo chino

Mientras Trump se empeña en adoptar medidas orientadas a equilibrar el brutal déficit que tiene Estados Unidos en su balanza comercial con China, el régimen de Beijing avanza en la transición entre un modelo de industrialización basado en las exportaciones industriales, derivadas de un aparato productivo caracterizado por la existencia de una mano de obra abundante, barata y relativamente calificada, y una nueva estructura económica orientada a satisfacer las crecientes demandas de consumo de su gigantesco mercado interno.

China pretende dejar de ser la “fábrica mundial” para transformarse en un “centro mundial de conocimiento e innovación” que le permita competir por la vanguardia tecnológica con Estados Unidos

Este viraje no es el resultado de una elucubración teórica sino de una necesidad política. China es la segunda potencia global detrás de Estados Unidos, pero su ingreso por habitante, a pesar de haberse multiplicado por quince en los últimos cuarenta años (una performance inédita en la historia mundial) es todavía seis veces menor al de la población norteamericana. El pueblo chino no sólo aspira a ser la primera potencia global. Quiere vivir mejor y el Partido Comunista está obligado a responder a esa exigencia.

Frente al garrote enarbolado por Trump, China esgrime entonces la zanahoria de ese enorme mercado de 1.400 millones de habitantes. Meses atrás, el presidente chino, Xi Jinping, sorprendió declarando que “no es intención de China tener superávit comercial”.

Más allá de su obvio sentido propagandístico, esa afirmación tiene un sustento real. El vuelco al mercado doméstico requiere un aumento de las importaciones chinas, que vienen creciendo mucho más velozmente que sus exportaciones.

Así como Estados Unidos es el primer consumidor de productos chinos, China es el primer consumidor de productos estadounidenses.

En su primera entrevista con Trump, celebrada en abril de 2017 en la residencia del mandatario estadounidense en Palm Beach, Florida, Xi Jinping le planteó que el mejor camino para superar esa abismal asimetría comercial no era reducir las exportaciones chinas a Estados Unidos, sino incrementar las exportaciones norteamericanas a China.

De hecho, la nueva clase media china, que asciende ya a más de 400 millones de personas (mucho más que la población estadounidense), satisfecha en sus necesidades básicas, se ha transformado en una verdadera aspiradora de bienes de consumo de alta calidad, en su inmensa mayoría importados de Occidente.

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