Una elección en tiempos de grieta y “alienígenas”

chile

Por Jorge Raventos.   Argentina llega a su elección presidencial de hoy sumida en notorios desbarajustes y riesgos económicos y con el telón de fondo de graves crisis políticas en el vecindario. En Bolivia y en Chile el escenario de los conflictos se ha mudado de los recintos institucionales a las calles, los discursos fogosos se transforman en incendios.

Fuego en el vecindario

En Bolivia, la piedra del escándalo es una elección presidencial en la que el resultado de las urnas se ha tornado secundario frente a las  interpretaciones enfrentadas de los competidores. El Presidente Evo Morales, que triunfó, lucha por su cuarta reelección y procura evitar un ballotage que podría resultarle complicado; antes del recuento final de votos y con una aparente ventaja de 10,17 por ciento (condición constitucional para consagrarse sin segunda vuelta),  se proclamó ganador pleno y consiguió el aval de un cuestionado Tribunal electoral. Su principal adversario, el ex presidente  Carlos Mesa, considera fraudulento el resultado. Morales afirma que se someterá al monitoreo de la OEA y le solicita a esta institución que contabilice los votos uno por uno. Mesa  declara que no reconocerá ningún escrutinio que admita la victoria de Morales. El conjunto de la oposición acompaña a Mesa y reclama incondicionalmente una segunda vuelta. La resistencia al Presidente gana la calle y se asienta en centros regionales como Santa Cruz de la Sierra. Morales denuncia un intento de golpe, decreta el estado de emergencia y moviliza también  a sus partidarios.

En Chile, a partir de un aumento (de alrededor de 3 pesos argentinos)  en el precio del boleto de subterráneo, se ha desatado una incontenible movilización de protesta que tiene como primer blanco al presidente Sebastián Piñera pero que en los hechos cuestiona al sistema político chileno en su conjunto, un sistema en el que los grandes partidos se turnan amablemente en el manejo del gobierno pero que se encuentra patéticamente desconectado del conjunto de la sociedad.

La primera reacción del Presidente frente a  las protestas fue declarar que el país se encontraba “en guerra” ; dictó el estado de sitio y el toque de queda y sacó a la calle a las fuerzas armadas.

Más allá de las divergentes simpatías ideológicas de Morales y Piñera (de izquierda el primero, de derecha el chileno), llama la atención que la academia económica y “los mercados” reconocen tanto a uno como otro un comportamiento sumamente razonable y hasta “ortodoxo” en el manejo de las finanzas y la producción, y les reconocen importantes logros en sus gestiones. La economía boliviana ha sido bendecida por el FMI y el Banco Mundial y, de hecho, a Chile los círculos neoliberales lo han configurado en una suerte de modelo a seguir y le han cantado loas a su estabilidad.

Ahora, a la luz de la explosión social, muchos descubren que el país trasandino mantenía demasiados problemas bajo la alfombra. Perplejo ante la vertiginosa aparición de reclamos, un columnista del diario La Nación, que no disimula su simpatía por Piñera, procura entenderlos: “salarios relativamente estancados, delincuencia creciente, crisis migratoria, servicios públicos deficientes, impuestos abusivos y escándalos de corrupción que han involucrado a la clase política y empresarial se combinaron en una mezcla indeterminable de emociones y de hastío de los segmentos medios de la población que salieron a las calles (…) como si hubiera estado hipnotizado por décadas, para darse cuenta de que el modelo socialista o peronista de sociedad era el que realmente anhelaban”.

En rigor los salarios “relativamente estancados” son un eufemismo para aludir al hecho de que la chilena es una de las sociedades más desiguales de América; los “servicios abusivos” aluden quizás al peso de esos servicios sobre los ingresos de la inmensa mayoría, incluyendo en esa categoría el costo de la vivienda, los inalcanzables aranceles de la educación universitaria y el grave déficit de la salud pública (que no cuenta, es cierto, con un sistema similar al de las obras sociales sindicales que existen, por caso, en Argentina).

La repetidamente elogiada institucionalidad chilena  se revela ante los hechos actuales como una institucionalidad de las elites, desintegrada del conjunto del tejido social al que siente repentinamente tan extraño como “una invasión extranjera, alienígena (…) que no tenemos las herramientas para combatir”,  según la confesión privada de la primera dama Cecilia Morel Moldes de Pïñera, que atina compasivamente a recomendar: “vamos a tener que disminuir nuestros privilegios y compartir con los demás”.

La multitudinaria movilización que virtualmente ocupó la capital chilena el viernes 25 de octubre -más de un millón bien contado de personas- permitió comprobar de qué lado de la grieta trasandina están “los alienígenas”.

Cuando pa’Chile me voy

Al oficialismo argentino seguramente le incumbe más lo que le ocurre al gobierno de Piñera que lo que sucede en Bolivia. Esto excede el dramatismo de las situaciones: Mauricio Macri y el presidente chileno, además de provenir ambos del empresariado de sus respectivos países y de haber convocado a sus administraciones a muchos hombres provenientes de la actividad económica privada, han funcionado como un equipo implícito en la región.

En algunos casos, ese compromiso superó ciertos límites. La ministra argentina de Seguridad, Patricia Bullrich, hizo declaraciones que la mostraron más piñerista que Piñera, si se quiere: ““Piñera está en guerra -afirmó-. Si le están incendiando medio país (…) ¿En Chile qué hay acaso? Un intento de hacer caer ese Gobierno (…) El Estado chileno tenía que salir a poner orden, porque no es una protesta social, sino una insurrección con carácter cuasi terrorista”.

Se trató, en rigor, de dichos extemporáneos: cuando la ministra se pronunció, el presidente chileno ya estaba pidiendo perdón por sus declaraciones belicistas de un día antes (refutadas hasta por el comandante de su propio ejército y por la multitud del viernes 25, que portaba infinidad de carteles con el lema: “no estamos en guerra”) y, aunque supo aludir a acciones de extremistas,  siempre estuvo lejos de caracterizar al conjunto de la movilización como especie alguna de “insurrección terrorista”.

El oficialismo argentino fue más osado que el chileno en las interpretaciones y detectó agentes cubanos y venezolanos en las puebladas trasandinas, una teoría en las que curiosamente avaló  las inverosímiles baladronadas de los decadentes jerarcas de Caracas.

Y cuando vuelvo de Chile…

Este tono, que en otra época histórica alguno habría definido como macartista, tiene sin embargo menos que ver con Chile que con la política nacional. El sector de Cambiemos al que adscribe la ministra Bullrich se prepara para la nueva etapa que se abrirá a partir del próximo lunes y, más específicamente, a partir del 10 de diciembre, cuando el actual oficialismo desaloje la Casa Rosada y se aposente en la oposición. Ese sector se dispone a actuar frente al gobierno de Alberto Fernández como si éste fuese el emergente terminal de un dispositivo controlado localmente por el camporismo (y la señora de Kirchner), mediaciones, a su vez,  del eje La Habana-Caracas.

Con esa caracterización de fondo, lo que este sector propone es una oposición dura al próximo gobierno.

En esa tesitura no cuentan con la adhesión de importantes cuadros de la coalición ni, más específicamente, del Pro: Horacio Rodríguez Larreta, María Eugenia Vidal, Rogelio Frigerio, Emilio Monzó -por citar sólo algunos de los más representativos- se inclinan por una oposición “civilizada”, predispuesta a cooperar en políticas de Estado y a llegar a acuerdos institucionales. En el radicalismo hay más proximidad con este mix de competencia y convergencia que con extremos de inflexibilidad o intolerancia.

Los “duros” -por llamarlos de algún modo- se sienten amparados por la exitosa cruzada callejera con la que el Presidente ha cerrado su campaña electoral: imaginan que Mauricio Macri peleará su liderazgo partidario desde esas posiciones y montado sobre esa épica. En su fortaleza particular -la ciudad de Buenos Aires-  el Presidente consiguió imágenes masivas que en otros momentos sospechaba muy lejanas y que, espiritualmente, le resultaban extrañas. Hubo un largo momento en que  su fuerza estaba más interesada en liberar las calles que en ganar las calles. Ahora, en la despedida y ante la perspectiva del desalojo, está consumando la creación de una fuerza política que, aunque ya había sido capaz de gobernar un distrito y de organizarse electoralmente en el país, todavía no llegaba a generar entusiasmos militantes. Ahora -veremos cuánto se prolonga el fenómeno después de que el gobierno haya expirado-  frente a la inminente victoria de una fuerza que  su sector ha pintado como expresión del Mal y del pasado, sus votantes se han volcado a la calle.

El paisaje del futuro

Si el fenómeno se mantiene vivo, esa presencia activa de una oposición que incluirá un ala (mayoritaria o no) dura  y exigente, será un elemento de importancia que el próximo mandatario deberá componer en la resultante que termine orientando su gestión, del mismo modo que la presencia de corrientes cooperativas y acuerdistas en el seno de Cambiemos será también una componente esencial de quienes aspiren a conducir esa coalición.

Cooperación, en primera instancia, requerirá la sociedad argentina deste esta misma noche, una vez que se oficialice el nombre del próximo Presidente. Se necesitará colaboración sensata entre el saliente y el entrante para que no se cumplan los peores vaticinios sobre la transición. La suba del dólar pese al notable empleo (y pérdida) de reservas , el retiro de depósitos de estos últimos días y semanas, el peligro de corridas, la necesidad de unificar personería ante acreedores institucionales y privados demandan actitudes inteligentes y responsables, que piensen primero en la patria y sólo mucho después en los intereses de facción.

La Argentina, que soporta una crisis larga y dura, ha eludido en estos años escenarios abismales como los que amenazan en estos días a nuestro vecindario regional. Ello puede asignarse a la madurez de la sociedad, que no ha olvidado sus peores experiencias, y también al  buen sentido de dirigencias políticas, empresariales, de gremios y de movimientos sociales que, más allá de que puedan existir otros motivos para criticarlas, se han mostrado capaces de contener, escuchar, transmitir, canalizar y también buscar coincidencias.

Recuperar la política

Cuando las sociedades no tienen un sistema razonable de representación, se encuentran impotentes ante las situaciones críticas, porque no se distinguen interlocutores válidos para arbitrar las diferencias. Esto se ve hoy en Chile.

La calidad de las representaciones puede y debe ser perfeccionada constantemente, porque la velocidad vertiginosa de los cambios sociales reclama adaptación permanente. Los ciudadanos actuales no se conforman con emitir un voto cada cierto número de años y otorgar así un cheque en blanco a los electos. Cuando las representaciones y las instituciones atrasan o dejan de registrar la vibración social, cobra protagonismo el factor calle.

La calle, las movilizaciones, las protestas funcionan como erupciones de demanda, pero hacen falta representaciones genuinas que traduzcan y elaboren los reclamos con criterios que los conduzcan más allá del pataleo momentáneo. La política implica convertir la piedra de la queja espontánea en el ladrillo de un diseño del mediano y el largo plazo, para empezar a construir lo que se verá como obra más adelante.

Para la lógica de los sucesos, la inmediatez, la “liquidez”, la fugacidad, hay instrumentos (calle, medios, redes) mejor preparados que los partidos y los poderes. Pero la estrategia de una sociedad necesita ir más allá de la urgencia, no sólo operar emergencias.

La política, tiene que actuar en un tejido de procesos, que necesitan persistencia, organización y acuerdos para perfeccionarse.

Una comunidad puede atravesar momentos de crisis si siente que existe unidad de sentido. De lo contrario, las esperanzas decaen, sobreviene la decepción, la centrifugación de la sociedad; se consuma el círculo vicioso de la decadencia.

Hoy hay que votar. Y de inmediato es preciso trabajar tanto frente a lo urgente como por la unidad de sentido.

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