La muerte de un gran pensador: George Steiner

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(El Cultural)   George Steiner, uno de los intelectuales más destacados del siglo XX, falleció ayer en su casa de Cambridge a los 90 años, según confirmó su hijo a The New Yorker. Fue precisamente en esta publicación donde ejerció, de 1966 a 1997, la crítica literaria, convirtiéndose en un tótem en esta disciplina que contribuyó a repensar todos los cánones literarios y filosóficos de las literatura contemporáneas. Eterno emigrante, coleccionista de pasaportes de la Europa perdida de Goethe y Freud, Steiner nació en París el 23 de abril de 1929 en el seno de una familia judía de origen vienés que se trasladó a Nueva York en 1940 para huir del nazismo.

Obtuvo su licenciatura por la Universidad de Chicago, el Master of Arts por Harvard y el doctorado por Oxford y a lo largo de su vida fue profesor en algunas de las más grandes instituciones académicas del mundo anglosajón, de Princeton a la Universidad de Ginebra, pasando por Innsbruck y Cambridge. En el examen de su vida que Steiner publicó en 1998, Errataconfesaba, entre sus errores, el no haber sido capaz de formar una escuela surgida de su obra, pese a afirmar que la relación entre maestro y alumno es una alegoría del amor desinteresado y hacer mención, en los agradecimientos, a sus discípulos, si bien con un deje amargo.

Desde la tarima académica, Steiner no renunciaba a ejercer su condición de intelectual que representa la excelencia de un humanismo posmoderno, ni a expresar su implicación ética tanto en los dramas y contradicciones de nuestro tiempo como en las incertidumbres de un porvenir confuso y amenazador. Con estos mimbres desarrolló más de treinta ensayos, obras ineludibles como Tolstói o Dostoievski (1959), La muerte de la tragedia (1961), Lenguaje y silencio (1967), Nostalgia del Absoluto (1974), Después de Babel (1975), Antígonas (1981), Presencias reales (1989) o En el castillo de Barba Azul (1971), donde analizaba la contracultura de los 60.

Así como también algunas de sus obras más recientes, en muchos casos breves aunque lúcidos ensayos de los más diversos temas o recopilaciones de charlas y discursos como Lecciones de los maestros (2004), La idea de Europa (2005), Los libros nunca he escrito (2008), La poesía del pensamiento (2012) o Fragmentos (un poco carbonizados) (2016). «Para nosotros, el libro que mejor muestra a Steiner a los lectores es el que publicamos hace dos o tres años, Un largo sábado«, comenta Ofelia Grande, editora de Siruela, la casa que apostó por el pensador en España. «Creo que ese es el que todo el mundo debería leer en primer lugar, antes de seguir por uno u otro de los innumerables caminos que la obra de Steiner nos ofrece».

En algunos de sus escritos con impronta autobiográfica, George Steiner no se mostraba demasiado piadoso consigo mismo: se pintaba como “un mandarín autista”, totalmente imbuido de una herencia cultural que no le permitía manifestarse medianamente optimista en cuanto a la evolución de la Humanidad. A la vez se consideraba como alguien ajeno al privilegio de la creatividad, propia de genios como, por caso, un Chéjov que tan sólo con dos páginas era capaz de crear todo un mundo. Incluso parecía coincidir con sus detractores cuando se tachaba de “generalista demasiado superficial”. En cuanto humanista, se consideraba epígono de una estirpe sublime en trance de extinción y no tenía empacho en admitir que la excelencia en el cultivo de sus saberes conducía inexorablemente al elitismo.

Su afición a la montaña y su desdén hacia la playa puede ser otro índice de ello, porque cuanto más se escala menos gente se encuentra uno al paso. Quizá por lo mismo denunciaba la incongruencia de sus colegas-estrella que pretendían obtener de consuno el respeto de sus iguales y el éxito masivo. No ponía nombres, pero cuando aludía a “nuestros obesos mandarines” costaba no pensar en los autores de listas canónicas a las que Steiner se mostraba totalmente refractario. Otro gran intelectual procedente de la Literatura Comparada, Edward Said, desde su experiencia familiar palestina, lo sometió un día al sarcasmo público de contradecir una idea muy cara al autor de Después de Babel: la de que los judíos, siempre víctimas y desterrados, nunca habían podido ser verdugos. Nunca hasta, probablemente, ahora mismo, cuando el propio Steiner se ratificaba en su oposición al militarismo sionista.

Seguramente fue Después de Babel su libro más importante. En él, realizaba un elogio de la diversidad de las lenguas: de manera paradójica, Babel sería una promesa, una “recompensa de Dios”. «Yo no tengo lengua materna», explicaba en una entrevista publicada en El Cultural en 2006. «Lo cual no es tan extraño, hay muchas partes en el mundo en las que uno crece políglota, por ejemplo en Escandinavia o en los valles italianos de Friul, lo mismo que en Malasia… Yo aprendí casi al mismo tiempo francés, inglés y alemán, a los cuales se vino a sumar un poco más tarde el italiano. Me ha resultado siempre demasiado difícil aceptar que el mundo habría marchado mejor si no tuviera más que una o dos lenguas, y de ahí el mito de Babel. Después de Babel refleja una intuición: como Freud nos enseña, hay que poner boca abajo los grandes mitos, pues dicen lo contrario de lo que parecen decir. Lejos de ser un castigo, Babel es tal vez una bendición misteriosa e inmensa. Las ventanas que abre una lengua dan a un paisaje único. Aprender nuevas lenguas es entrar en otros tantos mundos nuevos. Hay una especie de ventaja contradarwiniana en la multiplicidad de las lenguas: es la riqueza adaptativa de la humanidad».

En esta idea basó Steiner su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias que le fue concedido en 2001 en la categoría de Comunicación y Humanidades. Su nombre también sonaba con fuerza cada año en la época en la que se empiezan a barajar candidatos para el Premio Nobel, pero la Academia sueca nunca se decantó por él. A su muerte deja viuda a la historiadora Zara Alice Shakow, con quien se casó en 1955, dos hijos y dos nietos, y también algún que otro error que no le importaba reconocer. «No haber comprendido que la gran poética de la segunda mitad del siglo XX sería la del cine. Y, asimismo, no haber medido la inmensidad del impacto de la web sobre todos los aspectos de la sensibilidad. En el futuro será necesaria otra poética distinta a la de Aristóteles. Estoy seguro que llegará», aseguraba.

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