Lo que no mata, fortalece

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Por Jorge Raventos.    El lunes 9 de marzo el gobierno de Alberto Fernández dio la primera puntada formal de la reestructuración de la deuda soberana. Ese día se publicó en el Boletín Oficial el decreto con el cual el Presidente autoriza al Ministerio de Economía a refinanciar 68.842 millones de dólares emitidos bajo ley extranjera.

La fecha del decreto evidenció un paradójico sentido de la oportunidad: ese lunes fue mundialmente  caracterizado como “lunes negro”; se precipitaron en picada la Bolsa de Nueva York (tuvo que suspender operaciones por quince minutos) y los principales mercados europeos, con caídas de entre el 7 y el 11 por ciento. Los analistas adjudicaron la crisis a la perspectiva de una recesión mundial provocada por la vertiginosa extensión de la epidemia de coronavirus y por el fracaso de las negociaciones entre la OPEP y Rusia, circunstancia que hizo caer el precio del petróleo cerca de un 30 por ciento.

Globalización y cuarentena

Lo ocurrido el  lunes 9 sólo sería el botón de muestra de noticias más inquietantes: la Organización Mundial de la Salud asignó a la epidemia de coronavirus el rango de pandemia por la amplitud y velocidad de su difusión, y reclamó medidas drásticas de los gobiernos para contener su propagación. Esas medidas indispensables  están normalmente asociadas, entre otros perjuicios, a quebrantos económicos: menos trabajo, menos producción, menos ventas. Italia ha cerrado sus fronteras y clausurado el grueso de su actividad habitual tras decretar la cuarentena de toda su población.

Donald Trump, que venía intentando menospreciar la peligrosidad del coronavirus, decidió el miércoles 11, sin aviso previo a sus aliados y socios políticos y comerciales, bloquear la comunicación aérea (personas y bienes) con Europa, para defender a su país -dijo- de “un virus extranjero”.

Esa medida de Washington provocó un segundo movimiento sísmico en las bolsas, más intenso que el del lunes 9. Hubo un jueves negro. Trump consiguió remontar las caídas bursátiles con otro de sus habituales pezzi de bravura: el viernes decretó una emergencia nacional que compensa tardíamente la subestimación con la que venía  tratando la amenaza de contaminación.

 La  irrupción de hechos inesperados que trastornan la situación mundial tiene efectos contradictorios (en el mejor de los casos) sobre la delicada situación económica argentina. El parate de la actividad  y los intercambios en el planeta (y muy específicamente en China, el gran cliente de nuestras exportaciones más emblemáticas) supone un impacto en el sensible punto del ingreso de divisas. Las tensiones con el campo erosionan suplementariamente desde adentro una fortaleza competitiva del país: la crisis global puede disminuir los índices de consumo, pero en modo alguno anula la demanda de alimentos. Como suele repetir el ex decano de la Facultad de Agronomía, Fernando Vilella, “la Argentina tiene problemas de oferta, no de demanda”.

El costado petrolero de la crisis motoriza  una caída del precio internacional del combustible que evapora temporariamente el atractivo de Vaca Muerta y prolonga la relativa inmovilidad que, por otros motivos (incertidumbre sobre normativas y reglas de juego) viene  imperando en ese campo.

 Lo que no mata, fortalece

Por una lógica de las compensaciones , la perspectiva recesiva de la economía mundial y la caída de los márgenes de rentabilidad de las inversiones  le da rasgos de plausibilidad al “alivio sustancial” que el ministro de Economía Martín Guzmán reclama a los tenedores de títulos argentinos (que han sido duramente devaluados por la crisis). En un mundo resignado a invertir  billones de dólares a tasas negativas, la perspectiva de cobrar con utilidades recupera atractivo, aunque por el momento los bonistas no se den por enterados. . El riesgo para el país reside en que el avance de la crisis devalúe tanto los bonos argentinos que abra las puertas a  los fondos buitre, cuya ganancia no se realiza en la mesas de negociación: ellos van por lucros mayores en el tablero de los tribunales.

El coronavirus ya  obligó a Guzmán a mover el cronograma de su propuesta: había programado presentarla en la segunda semana de marzo, pero ésta ya terminó sin novedad. La pandemia   estira también el límite del 31 de marzo que Fernández innecesariamente se había autoimpuesto para cerrar un acuerdo con los acreedores. Negociar cara a cara se ha vuelto más difícil en las condiciones de los bloqueos y las cuarentenas. La perspectiva de un receso económico por culpa de la peste también ensombrece las negociaciones y aumenta las dudas de los acreedores: ¿cómo podrá pagar Argentina lo que en definitiva prometa pagar?, se preguntan. En semejante paisaje crepuscular, la palabra default vuelve a resonar en los mercados y se pronuncia con la cifra del riesgo país, que ya superó los 3.000 puntos. En ese contexto, la semana próxima el ministro Martín Guzmán dará a conocer su propuesta a los acreedores de deuda con ley extranjera.

Peste global, respuestas locales

Entretanto, la agitación  por la pandemia es el tema central. Los supermercados y las farmacias recuperan sus ventas mientras los aeropuertos y los hoteles turísticos se vacían. La enfermedad del coronavirus que estalló a fines del último año (COVID19 es la sigla inglesa por “corona virus disease) es una peste propia de la globalización: en un mundo hiperconectado, el virus puede desplazarse a gran velocidad desde un villorrio asiático a pueblos y ciudades de todos los continentes y reproducirse y atacar desde nuevos emplazamientos, como lo ha hecho, mucho antes de que las sociedades agredidas atinen a organizar su defensa.La enfermedad no reconoce murallas políticas, ataca simultáneamente en un escenario de fragmentación de la autoridad mundial y de estrategias  defensivas morosas o precarias. No por falta de información o de medios, en rigor: la comunidad científica mundial está interconectada y la información fluye a través de sus canales; en cuanto a medios, basta comparar los presupuestos de defensa de los países centrales y compararlos con los medios que se destinan a la salud pública o a la investigación científica asociada.

Dos años atrás, el sitio especializado entornointeligente.com recordaba una frase de Bill Gates, en la que el creador de Microsoft advertía que, a menos que se tomen medidas drásticas pronto, un patógeno que se contagia por aire y se mueve rápidamente “podría matar a más de 30 millones de personas en menos de un año”. Epidemiólogos y profesionales de la salud de todo el mundo -señalaba el sitio-  están de acuerdo: a pesar de los esfuerzos de gobiernos y organismos para prepararse para lo peor, el mundo no está preparado para un brote mundial de una enfermedad contagiosa mortal. Los hechos lamentablemente están confirmando el vaticinio.

La cifra aventurada por Gates estremece, pero los antecedentes de pandemias la vuelven lamentablemente ponderable. La influenza de 1918 – bautizada como “gripe española”, aunque su origen no fue español, sino probablemente francés o estadounidense-,  infectó a unos 500 millones de personas, un tercio de la población mundial de la época, y mató a unos 50 millones, cifra que supera el número de víctimas fatales, militares y civiles, de la primera guerra mundial. Es cierto: ahora tenemos vacunas y antibióticos, y en muchos lugares la atención médica y la prevención  se han generalizado y llegan razonablemente (aunque no equitativamente) a la amplia mayoría de la población. Pero también es cierto que los virus exóticos ahora viajan por el mundo y se reproducen a velocidad de jet.

Tras la pandemia de 1918, y al fin de la guerra, el mundo intentó darse un ámbito de orden, cooperación y acuerdos y se creó la Liga de las Naciones. El coronavirus se extiende, en cambio, cuando las organizaciones mundiales preexistentes (ONU están en discusión y todavía no se han establecido instituciones que puedan ejercer con legitimidad y eficacia las funciones embrionarias de un orden global. El espectáculo de los últimos años es más bien el de una centrifugación, un desmembramiento y la proclamada priorización de intereses nacionales por encima de compromisos colectivos.

Ese es el estado del sistema política mundial en el momento de irrupción del coronavirus. Este ataque al planeta implica un desafío existencial más evidente -más presente- para las personas que el deterioro del medio ambiente y el calentamiento global, aunque forma parte del mismo conjunto de amenazas que requieren acción conjunta y urgente.

Tal vez una consecuencia benéfica de la pandemia resida en impulsar un espíritu de comunidad que integre dinámicamente identidades personales y nacionales en una visión compartida y trascendente.

De hecho, va quedando claro para todos que la lucha contra la epidemia requiere del esfuerzo compartido; la solidaridad  es pensar en el otro, pensar en uno mismo y en los próximos. Cumplir con los protocolos, bancarse responsablemente eventuales aislamientos o cuarentenas es una manera de cuidar a los propios, a los vecinos y a los ajenos, parte de una totalidad social en la que “naides es más que naides”, en la que hay que fortalecer al que está más frágil porque todos formamos parte de una cadena que se rompe por el eslabón más débil.

Autoridad y cooperación

Hay una épica en la lucha contra el coronavirus. El presidente Fernández parece haberlo comprendido y ha asumido personalmente la tarea de comunicar la seriedad con la que su gobierno toma la amenaza. Es una oportunidad para exhibir autoridad, visión y misión en un tema que interpela a toda la Argentina, por encima de las divisiones políticas.

Fernández empleó criteriosamente esta semana la cadena nacional. No tocó temas políticos ni mencionó las iniciativas que pensaba impulsar en el Congreso, Usó el procedimiento  para exponer un cuadro realista de la situación sanitaria actual ante la pandemia y para difundir una batería de medidas que la sociedad estaba aguardando. Principalmente el paso de las recomendaciones a la imposición de cuarentenas y aislamientos de quienes sospechen contagio, el cierre del ingreso al país de viajeros de los puntos más calientes de la epidemia y la disposición de un importante refuerzo presupuestario destinado a mejorar en todo el país las condiciones sanitarias, con la conciencia de que el contagio crecerá en el país y  hay que prepararse para afrontar su pico en el invierno.

El gobierno argentino, encuadrado en las previsiones de la Organización Mundial de la Salud, esperaba la irrupción del virus más cerca del invierno. Pero reaccionó rápidamente cuando comprobó que los tiempos se aceleraban.

A diferencia de Donald Trump o del brasilero Jair Bolsonaro, el presidente argentino nunca despreció la amenaza del virus; el ministro de Salud, Ginés González García,  se limitó a subrayar que el dengue parecía momentáneamente más peligroso.

Bolsonaro, que se reía del coronavirus, podría terminar siendo el vehículo de su introducción en la Casa Blanca.  El sábado último se reunió con Donald Trump , en la residencia que éste tiene en Florida. En esa reunión estuvo presente el secretario de Comunicación de Bolsonaro, Fabio Wajngarten, que ahora está aislado en Brasilia, infectado con el coronavirus: ese contagio despertó  alarma tanto en el gobierno de Bolsonaro como en el de Trump. El brasilero dijo haberse sometido a una prueba que descartó su infección, pero hará una segunda tentativa. Trump, por su parte, aceptó el sábado que será analizado.

Son tiempos de pandemia. Alberto Fernández podría encontrar en el virus un motivo para acelerar un encuentro con Bolsonaro, que hasta ahora está postergado. La embajada argentina en Washington, por su parte,  ya está gestionando una reunión con Trump. Tendría mucho sentido.

En tiempos de peste, recesión y crisis, lo razonable es racionalizar los esfuerzos, no comprar peleas inútiles, no alentar divisiones estériles, estimular la cooperación,  atarse a las prioridades que dicta el interés nacional.

 

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