SEGUNDO CENTENARIO abril 2020: Jorge Raventos

La vertiginosa difusión global del COVID19, convertida en pandemia, está cambiando muchas cosas en el mundo y también en la Argentina que, sin perder sus rasgos particulares, se ha visto despojada de su proverbial excepcionalidad.

El rasero del coronavirus empujó a un segundo plano la preocupación por la deuda externa y el riesgo país -dos marcas distintivas de Argentina-. La lucha contra la pandemia pasó a monopolizar la atención pública y  se transformó  en el eje reorganizador de la situación política.

El Poder Ejecutivo, como centro operativo del Estado, asumió un protagonismo  inexcusable ante la emergencia y la figura presidencial   ocupó decididamente el escenario. Como consecuencia, la oposición política y comunicacional se vió  despojada de lo que hasta allí había constituido uno de sus ejes especulativos: la descripción de  Alberto Fernández como un mero vicario y la de su vicepresidenta, Cristina Kirchner, como el auténtico controlador del poder político.

Hasta la irrupción de la peste, esa mirada podía resultar plausible para un sector de la opinión pública. Pero desde el mensaje por cadena nacional en el que el Presidente asumió con determinación el liderazgo de la lucha contra la pandemia, aquella visión dejó de ser verosímil.

Por otra parte,  el Presidente ha procurado  ejercer su liderazgo con prudencia y amplitud, buscando -y encontrando, en principio- la colaboración de las fuerzas políticas, sociales y espirituales: los partidos de la oposición, los gobernadores, los empresarios y los sindicatos, las iglesias, el mundo intelectual y académico.

En rigor, el desafío del coronavirus ofreció al sistema político una oportunidad de saltar por sobre la famosa grieta y encontrar el denominador común de la solidaridad nacional contra un enemigo que no es interno, sino ajeno, “invisible” y letal. La pelea en la misma trinchera genera nuevas relaciones de cooperación y convivencia. Inclusive para tratar las divergencias.

En el conglomerado opositor esa oportunidad fue mejor asumida  por quiénes tienen responsabilidades ejecutivas en provincias o municipios, que acudieron y colaboraron. La reiterada imagen de Horacio Rodríguez Larreta -conductor político del mayor distrito que controla la oposición, la Capital Federal-, trabajando junto al Presidente y participando en presentaciones públicas con el Ejecutivo nacional y con gobernadores, no sólo ha tenido valor simbólico. Seguramente proyectará consecuencias políticas.

Alberto Fernández buscó también el respaldo del mundo científico. Ante  la Asamblea Legislativa él había definido a su equipo como “un gobierno de científicos, no de CEOs”. La pandemia lo empujó perentoriamente a demostrarlo, y congregó a su alrededor a una eminente dotación de expertos seleccionados por sus saberes (es decir: sin atender a sus pertenencias o distancias políticas), para tomar decisiones con el mejor asesoramiento posible.

El gobierno decidió, desde el principio,  darle prioridad plena a la salud (“salud, por sobre economía”) y seguir los criterios de sanidad que aconseja la Organización Mundial de la Salud. Esa opción, que en primera instancia y ante la alarma generada por la pandemia, no despertó oposición, paulatinamente empezó a ser objetada por   muchos que  consideran que la proyección de ese criterio unilateral y sesgado conduce a  postergar una respuesta a la grave situación provocada por la forzada parálisis de la actividad económica que -llovido sobre mojado- se suma a un largo período de recesión.

Empezaba a discutirse la idea de la prolongación de la cuarentena y a la pintura local de sectores inmovilizados, trabajadores parados, monotributistas asfixiados, changuistas desprovistos de todo ingreso, comenzó a sumarse la mirada sobre países que no han aplicado cuarentenas rígidas (de hecho, sólo siete de los países del G20 lo hicieron) y de algunos que -como Suecia o Japón-, sin emplear restricciones duras ni paralizar la actividad productiva, exhiben buenas performances sanitarias, inclusive mejores que otros que eligieron tempranamente el camino opuesto.

Pese a las objeciones, la mayoría de los analistas -incluyendo a muchos que son reticentes frente al oficialismo- han coincidido en que las medidas adoptadas por el gobierno en la guerra contra el coronavirus fortalecieron al Presidente. Las encuestas de imagen confirman esa idea y registran que Fernández recibe respaldo inclusive de un amplio segmento de la ciudadanía que en los últimos comicios votó a Mauricio Macri

El ascenso de su imagen que hasta ahora han mostrado las encuestas se ha centrado en la pelea sanitaria, donde ha buscado rodearse y legitimarse con el aval de prestigio que se atribuye a la Organización Mundial de la Salud y a las expresiones locales de la especialidad.

Quizás por eso habría que poner en contexto el incremento de poder que se adjudica al Presidente: los garantes tienen un peso. Cabe preguntarse qué ocurriría si el poder político decidiera tomar caminos diferenciados del consejo sanitario o enfrentado a éste porque necesidades sociales, económicas o de seguridad pasan a ocupar las preocupaciones prioritarias.

Allí está  el nudo de un dilema político. El gobierno se ha fortalecido con el apoyo sanitario, pero es plenamente consciente de los daños que la inmovilidad económica produce a la sociedad. Alberto Fernández ha empezado a mostrar que se apresta a dar respuestas paulatinas a quienes llaman la atención sobre ese otro virus, el que afecta a la economía. Recibe el reclamo de quiénes quieren aflojar la cuarentena y las advertencias de los sanitaristas que le aconsejan mantenerla. Y corre el riesgo de no satisfacer ni a unos ni a otros.

Por eso habría que leer las encuestas con la conciencia de que en situaciones volátiles la opinión puede ser volátil. Ya  hay a la vista  señales de que la atmósfera de acompañamiento puede encontrarse con límites de distinto carácter. El desgraciado paso en falso del viernes 3, cuando cientos de miles de jubilados convocados a cobrar su delgada mensualidad se encolumnaron (o se agolparon) ansiosamente frente a los bancos, no hizo más que avivar y embrollar el debate sobre la cuarentena, su validez, su prolongación.  Esa notable negligencia puso en riesgo la efectividad de una medida en la que los argentinos han invertido tanto esfuerzo -y en la que el Presidente ha empeñado tanto capital político.

Antes de ese fatídico viernes 3 habían empezado a hacerse oír señales de reproche o distanciamiento, motorizados por grupos y voceros duros de la oposición política. Hubo reclamos para que se rescate urgentemente al resto de argentinos que han quedado varados en destinos externos (después de que ya se repatrió a más de veinte mil), cuestionamientos por el escaso número de pruebas para medir la amplitud social del contagio del virus y, finalmente, el llamado a “cacerolear”.

El llamado a las cacerolas pretendió subrayar una frontera con  con el ritual de los aplausos con el que se reanima por las noches la lucha unida contra la pandemia y se saluda a quienes están en la primera línea,  y quiso poner del otro lado de esa frontera a políticos y funcionarios. En general, puede decirse que se trata de una protesta antipolítica, pero cacerolear en la Argentina es sinónimo de protesta contra el poder.

Sin embargo, es significativo que la extendida insatisfacción por el desbarajuste organizativo en perjuicio de los jubilados no se canalizó el viernes hacia la protesta política. Esa noche las cacerolas no incrementaron su repiqueteo, apenas si se oyeron, como si se hubiera agotado aquella voluntad de protesta que asomó precozmente.

El gobierno, tensado por el dilema salud-economía, había cometido otros fallidos, como que el Presidente crispara el vocabulario para atajar presiones o actitudes empresariales. Su equipo, adicionalmente, incurrió en fallas clamorosas. La compra directa de alimentos a precios muy superiores a los que el propio Estado fija como tope, con el argumento de que los empresarios “se empacaron”, para decirlo con una frase de Talleyrand, “peor que un crimen es un error”.

 El Estado tiene autoridad legítima y debe usar con prudencia pero con energía ese poder que ostenta. No hacerlo debilita ese poder, no solo ni principalmente porque los adversarios saquen partido, sino porque la confianza social es indispensable- siempre, pero especialmente para afrontar un momento tan exigente- y es indispensable que quien encarna esa autoridad retenga esa confianza.

 En rigor, el gobierno neutraliza mejor los ataques (y se capitaliza) cuando hace clinch e integra a la -digamos- oposición moderada . En cambio, se debilita relativamente cuando opta por la confrontación o por practicar un estéril ping pong en los extremos, desafiando sectores que deben ser, más bien, conducidos.

 La política gana cuando su acción es coherente con un programa de unión nacional con una orientación clara, una negociación realista y una participación auténtica. Fernández pudo constatarlo cuando asumió el liderazgo y lo ejerció con equilibrio y voluntad de convocatoria. La confianza social es indispensable -siempre, pero especialmente para atravesar un momento tan exigente- y es indispensable que quien encarna la autoridad retenga esa confianza.

La autoridad también es desafiada desde la defensa cerrada de un localismo desenfocado y desorbitado. El Poder Ejecutivo tomó razonablemente la decisión de centralizar la compra de insumos estratégicos para la pandemia, dando un corte quirúrgico a una competencia de compras entre distritos que concluiría con algunos sobreabastecidos y otros desprovistos.

El poder nacional ha tenido también que reconducir fenómenos de indisciplina política que pueden volverse serios, motorizados a veces por el cruce entre lo sanitario y lo social y otras veces por una aplicación extremada del concepto “primero la salud”. En un caso, fue la actitud de los municipios que deciden clausurar sus límites para perfeccionar el control, con un método que objetivamente expropia atribuciones del poder de sus provincias y de la nación.

 Esa anomalía, aun instrumentada con criterio provisional y justificada con el argumento de la salud pública, es en los hechos “un remedio peor que la enfermedad”.  Las autoridades locales quieren ajustar los controles por el coronavirus, pero también porque temen que la parálisis económica, condicionada por la cuarentena, pueda provocar reacciones o, eventualmente, saqueos. El poder nacional, entretanto, está disponiendo ayuda con alimentos y una colaboración activa de las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas tanto en las tareas sanitarias como en las de apoyo alimentario.

En otros casos – un ejemplo, pero no el único, es General Pizarro, en Salta- con el argumento de no permitir el paso de extraños al municipio, se impide el tránsito de camiones que transportan mercancías destinadas al consumo interno o a la exportación.

Colocado en el centro del comando y al frente de un Estado que ha sido descalabrado durante años, el gobierno tiene que mantener el timón firme para que el rumbo sea el indicado y tiene que ordenar a la tripulación para que el desorden propio no se sume al desorden que provoca la tormenta sanitaria. Todo un desafío. No es el único. La cuestión de la deuda no está zanjada. Y Argentina tendrá que afrontar los cambios que ya se entrevén, consecuencia de esta gran crisis global, después de la cual muchas cosas pasarán a ser diferentes.

Si el mundo, como la Argentina, está en guerra contra la pandemia, conviene recordar que las guerras promueven cambios sociales que luego subsisten y se vuelven irreversibles. Cuando el genio sale de la lámpara es casi imposible devolverlo a ella.

Hoy se observa que la pandemia es un fenómeno que trasciende largamente la esfera de la sanidad pública. Ya antes de que surgiera la epidemia, nuestro país estaba productivamente estancado, pero también había una desaceleración de la producción industrial en los países avanzados. El parate es grave. Más del 90%  de las mayores empresas del mundo van a sufrir interrupciones de la cadena de suministro por el coronavirus.

Un informe del FMI estimó el costo anual esperado de la pandemia en unos 500.000 millones de dólares (0,6% del ingreso mundial). Quizás la teoría del derrame no funciona cuando se trata del crecimiento de la riqueza, pero sin duda se aplica a los procesos de recesión y empobrecimiento: hay una cascada que se traduce en mayor fragilidad social y consecuentemente, un debilitamiento de los sistemas inmunes de amplios sectores. Pero esas fallas de la inmunidad amenazan al conjunto de la sociedad que las alberga: cuando se quiebra el eslabón más débil fracasa la cadena.

La pandemia está creando conciencia sobre este hecho: se valoriza la autoridad que proteja, se valoriza la autoridad eficaz (hoy se notan los puntos de simpatía que ha conquistado la capacidad y la dotación de conocimiento y capacidad de acción de China, Singapur o Corea del Sur para contener la pandemia, así como la desconfianza hacia gobiernos chapuceros que subestimaron la amenaza, fueron negligentes o desorganizados). Se valoriza también la provisión de bienes públicos (sistema sanitario y de salud, en primer lugar) y la necesidad de un Estado que los garantice.

Es posible que, pasada la pandemia, haya una revisión general de ciertos consensos económicos que parecían absolutamente intocables. Los estados se ven forzados a inyectar grandes cantidades de dinero para que el sistema siga funcionando: por ejemplo, que las personas que se han quedado temporalmente sin trabajo sigan cobrando para poder pagar las facturas, o que las empresas que no pueden producir puedan pagar a sus trabajadores.

En Estados Unidos, el presidente Trump ha puesto en marcha un programa de medidas monetarias y fiscales por valor de varios billones (millones de millones) de dólares. En Francia, el presidente Macron ha anunciado que se suspende el pago de alquileres y servicios de luz, gas o agua, mientras el propio Estado se hará cargo de pagar los créditos bancarios de la gente que no pueda asumirlos por culpa de la epidemia. Alemania, que siempre ha practicado una dura ortodoxia financiera, se inclina ahora por liberalizar y dejar de lado exigencias para que la maquinaria siga funcionando.

Como suele decir nuestro amigo Castro, ante lo nuevo hay que pensar de nuevo. La pandemia ha hecho estallar lo nuevo en Argentina y en el planeta. La palabra china  para “crisis” (weiji) está compuesta por dos ideogramas, uno que significa peligro y otro puede traducirse como chance, encrucijada, oportunidad.

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