De ajustes, grietas y gataflorismos

fernandez trump

Por Jorge Raventos.   Con el cambio de titular de un ministerio -Habitat, Vivienda-, Alberto Fernández ha iniciado quizás una segunda etapa de su gobierno. Faltan semanas apenas para que se cumpla el primer año de su período (más importante aún: para que se abra el segundo, en el que la sociedad dará su primer juicio sobre la experiencia en las elecciones de medio término) y la Casa Rosada sabe que necesita hacer ajustes en su estructura y en su mensaje.

¿Ajustar contra Cristina…o con ella?

La despedida de María Eugenia Bielsa implicó para el Presidente despojarse de una figura en la que personalmente tenía muchas expectativas y que era ministra por obra de él. Muchos analistas sostienen que el reemplazante, Jorge Ferraresi, intendente de  Avellaneda, es “hombre de Cristina” (no de Fernández, quieren decir) y,por lo tanto deducen que la reestructuración que puede entreverse ampliará la influencia de la vicepresidente sobre el gobierno, como ellos postulan.

Sin desconocer que el nuevo ministro ha crecido a la sombra del cristianismo y se sienta a la diestra de la Señora como vicepresidente del Instituto Patria, cabe la posibilidad de que Fernández lo haya designado pensando, más que en eso, en su rasgo de intendente del conurbano. El Presidente está procurando consolidar su base de sustentación apelando a dirigentes con experiencia en manejo territorial y conducción política. Se reúne con frecuencia con jefes de ejecutivos provinciales y municipales, ya cuenta con varios de estos en los cuadros de gobierno. Está inclusive alentando a los intendentes bonaerenses a que impulsen el cambio de la norma que les veda la posibilidad de ser re-reelegidos (es decir: la de ejercer más de dos mandatos consecutivos), que, de cumplirse, daría lugar a sucesiones probablemente traumáticas en unos 40 municipios (particularmente en el Gran Buenos Aires).

Ferraresi está en la categoría que el Presidente buscaba y tiene además la virtud de que no sufriría la bolilla negra de CFK. Carambola.

El Presidente no parece dispuesto a admitir la interpretación que lo juzga inevitablemente condenado a depender de la señora de Kirchner o a enfrentarla. Es probable que, más bien, aspire a instrumentar en su favor la influencia de ella

Otro aspecto de los ajustes de sintonía que está intentando el Presidente se observan en el creciente rol que está jugando Martín Guzmán, al que Fernández ha ubicado como el ministro fuerte de esta etapa. El titular del Palacio de Hacienda ha impuesto su criterio sobre el Banco Central y lo ha hecho, hasta aquí, con éxito: ha conseguido reducir sensiblemente  la brecha entre el dólar oficial y el paralelo,lo que ha permitido, inclusive, que el Central comprara divisas cuando lo que venía haciendo (y quizás vuelva a hacer) es venderlas para sofrenar el ímpetu comprador del mercado.

El trípode de Guzmán tiene cuatro patas

La fuerza de Guzmán se apoya sobre (al menos)  un trípode: el Presidente, la señora de Kirchner y Krystalina Georgieva, la directora general del FMI. El ministro no ha conseguido este último respaldo sólo por ser el pivote de las negociaciones por la deuda, sino porque el Fondo encuentra en él un interlocutor idóneo y bien encaminado en las reformas indispensables, permeable a ellas pero también  capaz de resistir con razones que toman en cuenta las realidades políticas. Los funcionarios más lúcidos del FMI desconfían íntimamente de los ministros que tienen el sí fácil porque las discusiones que estos -por comodidad o ideología-  no dan se traducen más tarde en conflictos sociales de difícil solución.

La vicepresidente mantiene una relación fluida con el ministro y con su tutor académico, Joseph Stiglitz, y aprecia que la cuota de ortodoxia que Guzmán debe necesariamente aplicar estará matizada por sus ideas reformistas. Y Fernández es, al fin de cuentas, el que lo sentó en el ministerio y le cedió el timón en la exitosa negociación con los bonistas. Ambos -presidente y vice- valoran la buena comunicación del ministro con el Fondo.

El empresariado es una pata suplementaria de los apoyos a Guzmán. Ellos -sobre todo los principales, que componen la Asociación Empresaria Argentina y dialogaron con él en el Palacio de Hacienda- lo visualizan como el costado más receptivo del gobierno e imaginan que su fortalecimiento puede inducir una mirada más amigable y realista sobre el mundo de los negocios que la que observan (o temen) en otros rincones de la coalición de gobierno.

De las iniciativas y declaraciones recientes de Guzmán se desprende un camino de reformas y creciente austeridad fiscal: no habrá cuarta etapa del Ingreso Familiar de Emergencia (o, en todo caso, se reducirá el número de beneficiarios), se iniciará un proceso de sinceramiento de tarifas de servicios (es decir, una disminución de los subsidios), las jubilaciones no se actualizarán siguiendo la inflación, sino una combinación de aumentos salariales y crecimiento de los ingresos previsionales. Guzmán le adelantó a la AEA que sus previsiones de déficit fiscal son incluso menores al 4 por ciento (el presupuesto preveía 4,5 por ciento), lo que es una aproximación a lo que se conjetura que propondrá el Fondo (una cifra más próxima al 3 que al 3,5 por ciento). El país necesita refinanciar la deuda con el Fondo y también recibir de la entidad algunos fondos frescos, para esperar que vuelvan, de marzo en adelante, los dólares genuinos que provee el campo.

El vaticinio de Calvo

Quince meses atrás, Guillermo Calvo, un eminente economista argentino que, como Guzmán, enseña en la Universidad de Columbia, había previsto con lucidez: «Si sube Cristina, ella puede mirar para atrás y decir ‘miren el lío que nos dejó este hombre (Macri)  y ahora yo tengo que hacer el ajuste que él debió haber hecho y que no hizo’. De repente es lo mejor que le puede pasar al país, curiosamente (…) porque se va a aplicar el ajuste con apoyo popular, culpando al gobernante previo».

El respaldo que el programa de Guzmán encuentra en el conjunto del oficialismo (incluyendo a los voceros K) parece confirmar el vaticinio de Calvo y  es valorado por el gran empresariado, que comprende que ese programa necesita gran soporte político,  al menos para la primera etapa de su aplicación, mientras el esfuerzo se siente mucho y los frutos todavía demoran. Los sectores gremiales consienten lo que saben inevitable, sea con el silencio  o con quejas verbales (no hay medidas de fuerza), pero contabilizan las concesiones y buscan canjearlas, sea por cuotas de poder actuales  o por compromisos para una etapa próxima, estableciendo un plazo para esperar resultados.   Andrés Rodríguez, una voz fuerte de la CGT, líder de UPCN, señaló,por ejemplo, que este año los salarios “se están negociando con una tendencia a la baja, un elemento que tiene que contemplarse como un gran aporte del sector del trabajo”. Y agregó: “Ojalá que el año que viene sea mejor que este, todos velamos por que haya un repunte económico, que pueda generar una situación más equilibrada. Esperemos que no haya el año que viene negociaciones a la baja”.

Orgánicos y librepensadores

La serenidad  que muestran los sindicatos y, en general, el peronismo parecen decepcionar y hasta irritar a la oposición y también a un sector afín a ella del periodismo  que, en lugar de destacar que ese apoyo convierte en políticamente factibles algunas reformas que desde ese costado venían aconsejando o reclamando, prefiere denostarlo por  “oportunista”, o  criticar “el ajuste” y tomarle examen por izquierda al kirchnerismo, o mostrar su contrariedad porque el gobierno de Fernández no sufre rebeldías gremiales como las que le tocaron a Macri.

Efectivamente, el peronismo tiene en su memoria colectiva un sentido de disciplina y unidad que le permite darse períodos de paciencia estratégica. Esos rasgos escasean, en cambio, en fuerzas políticas más asentadas en el individualismo librepensador.

Pero todo tiene sus límites: la realidad puede forzar a los anárquicos a disciplinarse y a los orgánicos a insubordinarse.  Los dólares genuinos llegarán en marzo; antes hay que atravesar el siempre complicado mes de diciembre y un verano con pocas vacaciones y tarifas actualizadas. Sin contar los tirones judiciales y parlamentarios.

El gobierno probablemente deba hacer, más temprano que tarde, nuevos ajustes sobre sí mismo.

De Pompeya al centro

Mirando las peripecias de la elección estadounidense, la Argentina ha podido observar el espectáculo de la grieta en escenario ajeno. Aunque el paisaje -la elección presidencial en Estados Unidos-  sea diferente, muchos sucesos se ven familiares. ¿Una ilusión óptica?

Un lúcido y afamado analista, George Friedman, resumió así el sentido de la grieta estadounidense: “La razón principal por la que aproximadamente la mitad del país votó por Joe Biden fue que éste no era Donald Trump. Muchos consideraban que Trump viola las normas fundamentales de la presidencia y la dignidad personal. Biden no presentó ninguna iniciativa política sorprendente, ni sus partidarios necesariamente querían que lo hiciera. Lo que querían era un regreso a la norma, Querían volver a lo que ven como rectitud y propiedad moral: un país unido en lugar de dividido. Del otro lado, poco menos de la mitad del país votó por Trump porque ven la norma como sofocante,  insoportable. En la superficie, parece representar cortesía., pero para ellos,  en el fondo, es un intento despiadado de aumentar el poder de la élite y asaltar los valores del país. Dicho de otra manera, la norma se ve como una forma de manipular a la sociedad en beneficio de la élite, que cubre sus acciones con una burla cortés. En opinión de los partidarios de Trump, la norma dividió profundamente al país en contra de los intereses y valores de los votantes de Trump. Para los votantes de Biden apoyar a Trump era inconcebible, ya que él estaba en esto por interés propio y en defensa de los valores más bajos ”.

En fin, lo de siempre:  incomprensión  e intolerancia recíprocas, en este caso encarnados en la mayor potencia de Occidente y del planeta. Y no como resultado de una crisis económica: Estados Unidos venía en un proceso de gran dinamismo y crecimiento que sufrió una pausa durante el primer trimestre de la pandemia para recuperarse vigorosamente hasta la actualidad. Esta vez lo que imperó sobre el dividido paisdaje  electoral no fue “la economía, estúpido”, sino una clave más compleja que puede incluir en cierta dosis la situación económica de corto plazo, pero sobre todo está signada por una pérdida de certezas de largo plazo, que han sido perturbadas por las grandes reestructuraciones (de empresas, de la familia, del trabajo, de la convivencia) asociados a la globalización y a la necesidad de competir en un marco de mayores exigencias.   Una de esas certezas, el supuesto de que la movilidad social ascendente estaba al alcance de la mano, se ha evaporado y el debate político ha sido reemplazado por las fórmulas simplificadoras  y las culpabilizaciones.

Aunque la personalidad de Biden parece menos obviamente confrontativa que la de Trump, la fuerte animosidad que éste suscitaba en la mitad de la población (probablemente amplificada por el hecho de que los mayores medios y el mundo del espectáculo y de la academia formaban parte de esa mitad) muy probablemente se reproducirá, invertida, en el próximo período. Biden se benefició del efecto unificador del “todos contra Trump”, pero ese factor desaparece ahora. “Qué felices éramos contra Franco”, decían las distintas fracciones españolas  que después del régimen del  Generalísimo tuvieron que hacerse cargo del país y empezaron a enfrentarse entre ellas. Biden tendrá esa debilidad, a la que se le sumará el hecho de que los demócratas  han perdido fuerza en la Cámara de Representantes y (al menos todavía) no han conseguido apoderarse de la de Senadores.  Biden necesita esgrimir el consenso como política y estará obligado a buscar compromisos, pero no le resultará fácil alcanzarlos.

Trump, entretanto, sale de la elección con 9 millones de votos más que en la anterior (2016) y ha contribuido a que los republicanos que competían en su boleta hayan crecido en igual medida. Sale, además, con un liderazgo que nadie puede confrontar hoy en el campo republicano, al que ha incorporado un  electorado obrero, latino y negro que antes era monopolizado por los demócratas. Sale, por otra parte, con su estilo de peleador que tendrá menos frenos desde el llano: asegurando que la elección le ha sido “robada”.

Las admiradas instituciones estadounidenses contemplan hoy no sólo la posibilidad de que la elección más participativa de las últimas décadas se judicialice en sus instancias decisivas, sino de que el Presidente hoy en ejercicio no asista elegantemente a la transición y posesión de su sucesor, sino que  pueda ser expulsado de la Casa Blanca como un intruso. Esta sería la situación en caso de que Donald Trump -si o cuando las autoridades electorales confirmaran su derrota- mantuviera su actitud de rechazar ese resultado de las urnas más allá del plazo constitucional en el que concluye su período: el próximo 20 de enero. “El Congreso está programado para contar los votos electorales el 6 de enero. Si según ese recuento el Congreso considera que Biden es el ganador, Trump debe irse – explicó a un medio porteño un experto de la Universidad de New York -.  Si se niega, sería considerado un intruso en el edificio y debería ser escoltado fuera de los terrenos de la Casa Blanca por la seguridad o el Servicio Secreto. Estas agencias de aplicación de la ley deben cumplir la ley y lo haría

Es improbable que deba llegarse a esos extremos. Pero, aunque Cristina de Kirchner en su reciente carta reclamó para la Argentina el rasgo de ser “ese extraño lugar en donde mueren todas las teorías”, está visto que las grietas pueden forzar situaciones inverosímiles en cualquier lado.

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