La evolución de América Latina

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Por Robert D. Kaplan*.  Muchos presidentes de Estados Unidos comienzan su mandato prometiendo prestar más atención a América Latina y luego no lo hacen. De hecho, la primera cumbre de un período presidencial es a menudo con el líder de México, ya sea en México o en Washington. El nuevo personal de la Casa Blanca seguramente reconoce la importancia de América Latina, sólo que las crisis en otras partes del mundo rápidamente se interponen. Cuando un presidente estadounidense termina de lidiar con Oriente Medio, Asia Oriental y Europa es tiempo de postularse a la reelección. O de retirarse, cualquiera que sea el caso. América Latina termina olvidada, una vez más.

Mientras tanto, la importancia de América Latina para Estados Unidos sigue aumentando. El comercio de EE.UU. con América Latina – tanto en términos de importaciones como de exportaciones – ha crecido del 18,9 por ciento  al 21,6 por ciento del total del comercio mundial de Estados Unidos en la última década. Al mismo tiempo, sin embargo, el porcentaje de comercio entre las economías más grandes de América Latina – México, Colombia, Venezuela, Brasil y Argentina – y Estados Unidos ha disminuido

dramáticamente. Por ejemplo, los Estados Unidos representaban casi una cuarta parte del comercio total de Brasil en 2002, pero la cifra fue de sólo el 12,5 por ciento en 2011 – una caída a la mitad. Y mientras que tres cuartas partes del comercio total de México se concretaba con Estados Unidos en el 2002, bajó al 64,2 por ciento en 2011. En otras palabras, mientras América Latina se hace más importante en términos económicos para los Estados Unidos,  Estados Unidos se vuelve relativamente menos importante para América Latina.

 Europa, China y otras partes del mundo se están acercando  claramente a América Latina en términos de comercio, lo que debilita un poco la influencia de Washington en las capitales de América Latina (aunque Europa ha sido un importante socio comercial de América Latina por el pasado colonialista de portugueses y españoles). Al mismo tiempo, desde la promulgación de la Doctrina Monroe en el siglo XIX, el poder de EE.UU. en América Latina ha sido demasiado abrumador para el desarrollo de  relaciones bilaterales verdaderamente saludables. No nos equivoquemos: el antiamericanismo vive en América Latina. No lo descarten como fuerza política. La pregunta es, ¿cuál es su efecto práctico, funcional?

Por el momento, las fuerzas anti-estadounidenses parecen temporalmente en retirada. Las eventuales desapariciones  del líder comunista Fidel Castro en Cuba y del populista anti-estadounidense Hugo Chávez en Venezuela despojarán a la izquierda latinoamericana de polos altamente simbólicos de referencia, sobre todo porque la realidad económica finalmente empujará a La Habana y Caracas a moderarse políticamente. Y sin Castro y Chávez como puntos de orientación ideológica, los regímenes de izquierda en Ecuador, Bolivia y Nicaragua verán su fuerza diplomática relativa debilitada. El presidente ecuatoriano, Rafael Correa y el presidente boliviano Evo Morales, para retener el poder tratarán de sacar provecho de un determinado estilo latinoamericano de populismo – es decir, con las masas en contra de la élite. Y pueden seguir teniendo éxito. Pero sin los líderes de Cuba y Venezuela como carismáticas estrellas deorientación, el populismo de estos otros dos países tendrá menos relevancia en términos de luchas de poder hemisférico.

Se podría esperar que Brasil, el gigante de América del Sur, condujera un bloque de estados que representen una alternativa al liderazgo de los EE.UU.. Sin duda, Brasil es una potencia regional, especialmente con Ecuador, Bolivia y Venezuela unidos al bloque comercial brasileño-argentino del Mercosur. Pero Brasil, pese a todos los informes de los medios de moda, se ve obstruido por la corrupción, por un sistema judicial débil y lo más importante, por la caída del crecimiento económico (de 7,3 por ciento en 2010 al 1,03 por ciento en 2012), así como porque los costos laborales han subido. La primera generación de reformas que representaban el milagro económico brasileño ahora debe ser seguida por una segunda generación. Los retos, para la presidente Dilma Rousseff de Brasil son, por tanto, inmensas. Por el momento, Estados Unidos no se siente realmente amenazado por Brasil y, de hecho, está bastante cómodocon Brasil a la cabeza de las iniciativas regionales. La relación de Brasil con Washington es de cooperación calculada.

Argentina, en tanto,  sigue siendo un lío autónomo. El país está estrangulado por distorsiones económicas porque el gobierno de la presidente Cristina Fernández de Kirchner sigue interfiriendo en los mercados para mantener bajos para los consumidores los costos de gas natural, la electricidad y otros bienes. Otra crisis monetaria se cierne en medio de creciente agitación laboral y el acceso limitado a los mercados internacionales de capital.

Pero quizás la tendencia que más actúa en contra de un resurgimiento dinámico del anti-americanismo es la formación de la Alianza del Pacífico entre México, Colombia, Perú, Chile y tal vez hasta Panamá y Costa Rica. Estos son todos países cuya principio filosófico organizador es la prioridad  de la economía sobre la ideología política, por lo que quieren aprovechar el libre comercio con los mercados asiáticos.

En resumen, el núcleo duro de la izquierda latinoamericana no sólo se debilita por la inminente salida de escena de Castro y Chávez, sino por las distracciones internas de Brasil y Argentina, y por la creciente proximidad de oportunidades de negocios con Asia. Si los Estados Unidos y México forjan una alianza basada en la cooperación energética y la reforma migratoria – con empresas estadounidenses habilitadas para invertir en el sector petrolero mexicano – se puede incluso imaginar una dinámica claramente pro-estadounidense en América Latina, excepto por el hecho de que la influencia política de México en la región está reducida y comprometida por su proximidad con Estados Unidos. En pocas palabras, México está profundamente inmerso en su relación con Estados Unidos como para ejercer una profunda influencia en el resto del hemisferio.

En todos estos acontecimientos, no se observa ningún indicio fuerte de la clase de crisis – u oportunidades – que le darían a un presidente estadounidense el incentivo para concentrarse realmente en América Latina. El crecimiento del comercio con la parte sur del hemisferio es un problema para los foros de negocios y  los departamentos del Tesoro y de Comercio, no tanto arar el Consejo de Seguridad Nacional o el Departamento de Estado. La verdad es que la política exterior es impulsada por crisis diplomáticas y militares la extremas del nivel que América Latina simplemente no proporcionan a menudo. Sin embargo, esta no es una mala noticia para América Latina, sino más bien una bastante buena. Siria, por ejemplo, es importante – pero es un desastre. Chile no es importante – pero es una historia de éxito relativo. La importancia y el éxito pueden ser mutuamente excluyentes en muchos casos.

Quien realmente desee ver la salida irónica de América Latina, considere  aMéxico: en gran parte del país, especialmente en el norte, los cárteles de la droga operan y la violencia impera. Sin embargo, México tuvo decimocuarta economía más grande del planeta en 2011 y, según el Banco Mundial, puede superar ese lugar en la próxima década, mientras  grandes países de Europa como España e Italia se hunden más en el abismo económico y social. Dentro de una década, a pesar de la violencia del narcotráfico, México podrá contar con servicios ferroviarios de alta velocidad que unirán puertos de aguas profundas sobre el Atlántico y el Pacífico. El dinamismo que se ve en algunas regiones de México, como Querétaro,  contrasta con el deterioro cada vez mayor y la atmósfera depresiva de una ciudad históricamente grande como Roma, la capital de un país sumido en la crisis.

Viajar desde México a Europa es ver cómo las capas tectónicas del poder están cambiando en el mundo y cómo Europa está perdiendo estatus en comparación con América Latina, y como la relación entre Estados Unidos y América Latina se está convirtiendo a la vez en más orgánica y sutil . El antiamericanismo en América Latina no va a desaparecer, pero bien podría ser menos relevante. Y a medida que los Estados Unidos se vuelve más independiente en materia energética, tendrá menos incentivos para estar obsesionado con Oriente Medio y podrá comenzar a redescubrir su propio hemisferio.

Nota del Editor: Este artículo se reproduce por gentileza de Stratfor. Robert D. Kaplan, prestigioso columnista de New York Times, Tha Atlantic, es jefe de Geopolítica en Stratfor.

 Stratfor ofrece una combinación de visión geopolítica, inteligencia basada en fuentes y un análisis objetivo para producir información confiable, previsión para empresas, organizaciones y agencias gubernamentales. Para obtener más información sobre las soluciones de Stratfor, haga clic aquí: http://info.stratfor.com/solutions/

 

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